31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Castidad

Aunque estaba pronta a entregarse, me abstuve de ella, y no obedecí la tentación que me ofrecía Satán.

Apareció sin velo en la noche, y las tinieblas nocturnas, iluminadas por su rostro, también levantaron aquella vez sus velos.

No había mirada suya en la que no hubiera incentivos que revolucionaban los corazones.

Mas di fuerzas al precepto divino que condena la lujuria sobre las arrancadas caprichosas del corcel de mi pasión, para que mi instinto no se rebelase contra la castidad.

Y así pasé con ella la noche como el pequeño camello sediento al que el bozal impide mamar.

Tal, un vergel, donde para uno como yo no hay otro provecho que el ver y el oler.

Que no soy como las bestias abandonadas que toman los jardines como pasto.

BenJarach De Jaen
(¿? - 976)

 

Regla número uno

“El matrimonio no es una excusa real para no amar”.

 

Venus and Cupid by Francois BoucherPasión en el desierto

Mi amigo-cómplice silba arrimado a mi ventana. Me incorporo con el sigilo aprendido en el pecado. Furtivo como un gato ladrón, me deslizo de la cama. La compañera de vida, a la que amo y respeto con reverencia, sigue quieta, los párpados en reposo. Alá sea bendito. Que sus sueños sean placenteros.

—Tu hijo lo ha descubierto todo... hay escándalo en su casa... pronto estarán acá —cuchichea en mi oreja.

—¿Todo? —tartamudeo, hundido en la aflicción.

—Todo —recalca, al mismo tiempo que pone en mis manos una bolsa.

—Hay dátiles... queso de cabra.. agua... una manta de lana. Hace frío. Debes irte... ya —se aleja en la oscuridad sin despedirse.

Me desplomo en la arena de la puerta. Ovillo mi cuerpo, arrollo mis brazos en busca de cobijo. Siento el frío de mi sangre, detenida. Aunque mi corazón resuena, descarriado, mortal como una metralleta. En un segundo, roto. Por fuera y por dentro. No hace mucho me acosté plácido, sonriendo junto a mi esposa bien amada. Sin conciencia de culpa. Satisfecho de mí mismo. El Observador de mis actos no duerme. Su mano se alarga. Me señala para destruirme. Sólo Su Potestad puede segar así mi vida y la vida de los que amo, sin preaviso ni equívoco.

Cuando la turba derribe mi puerta, no tendré ya ni esposa ni hijo. Mis amigos me despreciarán. En el fondo, celosos de la mala pasión que encendió mi sangre y borró mis consignas.

Los limosneros no querrán mi limosna, temerosos del Observador de dogmas y preceptos. Los ancianos no volverán a mirar mis ojos. Seré un leproso sin pústulas ni escamas. Y ella... ella será arrastrada al pozo cavado frente a la plaza. Mi mente repite esa escena macabra que presencié otras veces con el mismo horror: los parientes varones de la adúltera, con palas y picos, arremetiendo la tierra con odio. En cada hendidura, parten un pedazo de carne, arrancan los ojos, vomitan su furia... y su miedo. Como si la arena no fuera arena, sino ese cuerpecito tibio y sedoso ayer entre mis dedos. Mi hijo, feroz, con la razón perdida, al frente de la horda.

La cubrirán entre insultos y empujones con el sayal negro igual que el velo. La arrojarán al hueco, refugio final de su vergüenza, babeada de escupitajos y de sangre. Las manos —azucenas de olor— atadas atrás. Lacias y solas.

El insulto inmemorial del macho cerrará sus oídos. Hasta que el piadoso camión de piedras lapide en su seno el latido fetal incestuoso que jamás tocaré.

Camino sin mirar atrás, hasta el árbol que planté cuando nació mi hijo, sintiéndome una bestia. Hasta la luna se escurre cuando miro al cielo, oculta en nubarrones. Interrogo Al Que Todo lo Ve y lo Sabe: ¿Por qué permites el amor nuevo para un hombre viejo? ¿Por qué me abandonaste, inasistido el primer día que la vi? ¿Cómo consentiste mi ceguera que ahora nos deshonra? La respuesta —si la hay— castiga mis flancos con la arena caliente que azota mi desdichado cuerpo.

La soga es ruda y la rama es fuerte. Estalla la tormenta. Empuja el cuerpo inerte, que se retuerce con el viento. Liviano, muy liviano. Libre al fin del deseo furibundo de la carne. Y el alma pobrecita, se arrodilla. Debe pedir perdón por el pecado de haberse enamorado en el tiempo y el lugar equivocados de la única mujer vedada.