31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Refrán armenio:

“Solo una espada no se oxida jamás: la lengua de la mujer”.

 

Regla número dos

“Aquél que no es celoso no tiene capacidad de amar”.

 

Amantes sentados con Cupido, detalle de “La embarcación para Cerigo”, por Jean Antoine Watteau¿Solitarios o pastillas suizas?

A los pueblos chicos suele endilgárseles un rótulo descalificante: ...pero infiernos grandes. No porque la gente sea mejor o peor que en las ciudades, qué esperanza. Es la chatura del medio, el orden sin altibajos, la monotonía que los apresa la que desarrolla esas naturales capacidades de atisbo, casi de espionaje que es el pan nuestro de cada día de sus habitantes.

Es bien sabido: cada uno ve a su alrededor según funcione su mente o lloren las heridas de su corazón. En este trozo de pampa, que no es poca cosa, ya que lleva el nombre de un general —ausente sin aviso en los libros de historia que hablan de batalla—, vegetan los personajes de esta historia.

Las matronas dignas, embanderadas en una suerte de Liga Por La Preservación De La Moral, consideran lógica su intromisión en la vida ajena. La tenacidad para obtener datos que corroboren sospechas, un premio que debe festejarse.

En las mesas de té compiten. Calculan matemáticamente las lunas que transcurren desde el casamiento de Juanita y el arribo del bebé; ya no caen en la trampa de los sietemesinos, por supuesto. Como tampoco se tragan que Marta viajó a la capital para quitarse un quiste en el ovario.

—Si aquí tenemos al doctor Álvarez. Buen cirujano, mejor persona —arroja el dardo una flaca, desde el extremo de la mesa.

—¿Se acuerdan cuando recién llegó? No quedó nadie con apéndice. Le sirvió para comprar su primer auto —la que habla es la suegra frustrada del galeno, que de la noche a la mañana se casó con la enfermera. La hija despechada, cambió de religión, incrédula hasta de San Antonio.

—Ayer pasé por lo de Eugenia. Le hice una torta con nueces, que le gusta tanto. ¿Pueden creer? Me recibió en la puerta.

—Antonio estaría borracho de nuevo. Dicen que los hijos, si aparece por la casa un compañero, corren a sacar la botella y el vaso de la mesa. Lo enderezan en la silla, le ponen un diario en la mano para hacer creer que lee, que está distraído y por eso no habla...

—Pobre Eugenia... claro, si miramos bien, ella se la buscó. Se encandiló cuando él le contó de sus viajes, de la familia escocesa, del castillito de los parientes. ¿Se acuerdan, aquel 9 de julio, cuando él se apareció en la misa con la pollerita a cuadros y la gaita? Para Eugenia, el papelón del siglo... ¿Y el hijo más chico, que le daba tirones a las sogas del instrumento?

La carcajada se generaliza. Levantan la mesa, ayudan con las tazas a la que las reunió. Caminan con la última risa por las calles atardecidas, hacia el hogar. Hay que preparar la cena, mientras ven el programa de Su. ¡Lo bien que les vendría un premio! Aunque dicen...

Mañana será otro día. Largo para olfatear algún gato encerrado. Hasta no averiguar qué o quién pudrió al gato, los teléfonos sonarán al rojo vivo. Las lenguas, lanzadas en carrera, disputarán llegar a la cabeza.

Algunas familias resultan inaccesibles a la malicia. Es la gente especial. Esa a la que todos respetan porque, de una u otra forma, dependen de su gracia. El comisionado, que ubica a los haraganes en cargos de morondanga con suelditos de hambre pero algo es algo. El director del hospital, venerada institución con ambulancia, médicos sin especialidades, pero portadores de una inequívoca humanidad. El dueño del diario. Dios nos libre si se ensaña con alguien. El cura y el pastor. La corta lista la remata el boticario. Más bueno que el pan, es la voz que se alza cuando se lo menciona. El farmacéutico se llama Román. Es plantígrado, de cara ancha y corazón en juego. Los conoce al dedillo en salud y en enfermedad. Su negocio no sabe de turnos ni de horarios; atiende a todos con la sonrisa abierta y la palabra justa, invierno y verano.

—A ver, doña María —rebusca en los cajones de la vitrina—, estas pastillas de clorato le quitarán ese dolor de garganta. —Palmea a la viejita en el hombro con generosidad cómplice:— Es una muestra gratis, no se aflija. Yo le cobro a los ricos.

Si los pudientes están realmente enfermos, tras sigilosa acordada con el médico, encarga medicamentos de vademécum, caros, del extranjero. El ana-ana y las diferencias de cambio de moneda son el agua y la harina que amasa su sólido bienestar.

También están los mañosos de siempre. Los escucha con serenidad de obispo. Luego mortero en mano —como antes— diluye polvos coloreados de rosa o de azul con agua mineral. Estos placebos magistrales, cargados de la fuerza de su buen deseo y la credulidad del paciente, curan desde una calvicie hasta la rigidez del macetero, en un abrir y cerrar de ojos. Si la autosugestión ya consagró en el otro siglo al farmacéutico de Nancy, su ídolo, el doctor Emile Coué ¿por qué no ha de servir a sus amigos de siempre? Después de tantos años, está seguro de una cosa: la salud no es cuestión de remedios. Es un asunto personal, entre el cuerpo y la mente. De una intimidad secreta, que acepta y nos sana, o nos hace salir de la mejor clínica del mundo con las piernas tiesas.

Una vez a la semana la bicicleta de reparto de la botica entrega en la Sala Maternal varios tarros de leche en polvo y paquetes de pañales. La Maternidad está regenteada por doña Lucrecia, esposa de Román y madre de Enriquetita. Cargo compartido con un grupo de matronas intocables. El agradecimiento a este aporte generoso, hizo que la única competencia que intentó instalarse cerrara a los dos meses. A la nueva farmacia no entraban ni los perros. Encima, el boticario no era tal. Resultó ser solamente idóneo. No es lo mismo aserrín que pan rallado, vociferaban indignados. Para colmo, del pueblo vecino. Un pueblo que imbatible, les gana cada año el campeonato de fútbol zonal. Un bochorno para los pataduras que boicotearon de entrada al idóneo, haciendo gestos de mano caída, con un tilde por demás vergonzoso. La retirada del intruso significó para ellos una victoria con ribetes épicos.

—A lo mejor en una batalla así ascendió el general de nuestro pueblo —comentario cáustico, de “aquí no se salva nadie”.

Prosigamos con la familia de Román. A doña Lucrecia la conocen. Dama refinada, desde chica. Por un berretín alcurnioso de su madre, supo que no se señalaba con el dedo “excepto que la mano tuviera guante”; que la única revista que podía hacerlas codear con la sociedad de Buenos Aires, inaccesible y remota, transpirar las tardes del Pellegrini entre las patas de los caballos o palpar los alabastros de las lámparas del Jockey Club, idealizar a don Marcelo Torcuato, con galera y guantes, en una sonrisa exclusiva para ellas, era esa aterciopelada, preciosa publicación que se llama El Hogar.

Por el satín de sus hojas, intima el interior del país y ellas, con señoras de hasta tres apellidos. Se visten en sueños con atuendos de París, y se cuelgan estolas de zorros de plata sobre collares de perlas con broches fulgurantes. A esa revista, que hojean una y otra vez, le deben el conocimiento, la cultura de asombro, anonadante, cuando como al descuido, dicen:

—Me parece que prefiero los castillos del Loire... exudan pasado... transmiten emoción, como si alguna vez hubiera bailado en sus salones...

La madre de Lucrecia es imbatible en sociales. Lucrecia, su heredera. Y ahora, en tercera generación, Enriquetita. Una joven preciosa, con una gentileza que conmueve. Dos veces maestra: de escuela y de música. Para colmo el diminutivo le calza como un guante. Ni el más osado podría llamarla sin ese ínfimo: ...tita. Azúcar obligado, homenaje de los tímidos, adulonería de las viejas o acíbar de las envidiosas.

—Una verdadera monadita —ponderan las invitadas al té. La joven entretiene la tarde. Sus dedos languidecen con Chopin, su suspiro se une al de las damas. Efluvios que se escapan a través de las ventanas abiertas donde están las oscuras golondrinas pasionales. De pronto, revive en un bolero que conmociona al grupo. Desde Hojas Muertas, son arrastradas con el viento a los zaguanes de la juventud olorosos a glicina. Al intercambio febril de apretones sudorosos con galanes aceptables, que se quebraban con la tos seca del padre o el golpe de los cubiertos ruidosos sobre el mantel. Códigos familiares sin palabras. Hora de cenar. Final de la visita.

El farmacéutico envejece. Excesivos el peso para esos pies que ya no remedia con plantillas, y las madrugadas de frío cuando atiende urgencias que no puede esquivar. La aparición de un egresado joven, con el título recién impreso lo decide. A Ernesto —que así se llama— lo conoce desde chico. Se crió bien, en un clima saludable, obediente a una madre piadosa y exigente, que lo acompaña el primer día de trabajo.

Con naturalidad, es invitado a cenar los sábados en casa de Román. Los domingos, con otros amigos, los jóvenes van al cine. Cómodos. Con la comodidad de la cabeza sobre una almohada cuya altura es la medida justa.

—Una pareja perfecta —doña Lucrecia ya tiene in mente la casa que les van a regalar. Amplia, con jardín para los nietos y parrilla para la carne del domingo.

Enriquetita, con la sumisión conocida, acepta el galanteo tímido de Ernesto. Una tarde en el cine, él la toma de la mano en una caricia inesperada; se inclina sobre el oído de la chica, y con una intrepidez sorpresiva le suelta: “Enriquetita... estoy enamorado de vos... te elegí como madre de mis hijos”. Un proyecto de vida en tiempo récord sin escaramuzas pasionales. Descarnado. Enriquetita no se sorprende. A la declaración la veía venir; lo que no supo adivinar era la forma o el lugar de la propuesta. Hasta había divagado que una noche cualquiera, Ernesto le golpearía el vidrio del cuarto, y se metería con ella entre las sábanas. Un sigilo picaresco, una ventolera apasionada antes del gran sí.

Cinco son las amigas confidentes de la joven, cinco que siguen los avances del romance como un folletín por entrega. Todas opinan. La más zarpada, la insta:

—Si el primer beso no es de lengua, largálo, estás a tiempo.

Y otra, desconfiada:

—Mirá que hasta ahora, nadie lo vio de noche por lo de Rosita.

Rosita vive del otro lado del arroyo, en una casa que hace esquina, en el barrio prohibido. Sobre la puerta de acceso, con el orgullo del oficio más antiguo de la tierra, hizo grabar dos R enlazadas. Nombre y apellido de la regente de las chicas que desmadran a los jóvenes, entretienen a los alicaídos e impiden que los viejos maduren.

Enriqueta lucha con dos fuerzas: el temor de perder el cetro de la dignidad heredada que la resigna. La otra, la escondida, la disuelve con la habilidad de sus preciosos dedos, en ese trocito diminuto pero atrevido, que se alza pidiendo a gritos la caricia, entre sus muslos.

La tarde que la inaugura como novia oficial, Ernesto la guía por el codo, advirtiéndole sobre baldosas flojas y promontorios de raíces dañinas hasta la puerta de su casa. Sereno como agua de tanque.

No agrega una sola palabra a la propuesta. Como si el gato le hubiera comido la lengua y estuviera desnudo de palabras. Atento sólo al movimiento de los visillos de las casas vecinas, donde los vasos de la sobremesa se aquietan en el trinchante para que el ojo no se pierda nada.

—Bueno, Enriquetita... aquí estamos. ¿Te parece bien que mañana, después de cerrar la farmacia, venga con mi madre?

La muchacha, que esperó la despedida con los ojos cerrados, los volvió a abrir para recibir un incierto apretón de manos y un poco de sudor en la mejilla. Ernesto transpira y la humedad pringosa de su labio superior, se adhiere a la piel de Enriquetita, súbitamente desamparada.

En la vida, ciertos hechos nos toman desprevenidos. Esta formalidad del candidato, sumada a su certeza de ser aceptado, la congela. Cualquier ilusión de desmesura, huye espantada. Descienden los brazos que volaban hacia el cuerpo masculino; la boca se cierra en un hermetismo de vergüenza. Cuando abre la puerta para entrar a su casa, comprometida para siempre, no entrevé la receta que aquiete la bulliciosa, entusiasta corrida de su sangre, o el entrevero loco de los huesos, o cómo hará para resucitar sus sueños. Advierte que cae velozmente en una trampa, de donde jamás podrá escapar.

—Estar con Ernesto va a ser más duro que encerrarme en Sing Sing. Pero es el único candidato a la vista... y la farmacia quedará en familia. Se anima, enterada desde los pies a la cabeza que este alegato de consuelo jamás la hará feliz.

Se casa con Ernesto a los seis meses. Las cinco amigas le regalan, cada una, un amuleto para la felicidad; lo que las amigas desconocen es que para que un amuleto responda, es menester el agregado de la magia. No cualquier magia. Sólo la magia del fuego, esa que el novio no posee.

Sobre el pueblo del general pasan los días, se enciman los meses, se vienen los años. De vacas gordas y de vacas flacas. La pareja ya casó a las dos hijas. Una vive en Córdoba. La otra en La Pampa. Enriqueta libre de compromisos, enrarece. Ahuyenta a las amigas, decae a ojos vista.

—Esta es una menopausia severa —el padre, que los visita después de cenar para hablar con Ernesto de política o de fútbol, la sigue con la mirada, preocupado.

—La revisación no dio nada... los análisis están bien... ¿Qué le parece si hablo con la psicóloga? Esa, la nueva que vive frente a la plaza. Un poco de terapia, fuera de la casa, que la obligue a salir... —Ernesto revuelve el café y se estira sobre el sofá. Hombre práctico con una quietud saludable. Sabe que la solución existe. ¿Qué mujer se muere de menopausia? Ninguna.

—Le agregaremos esas pastillas de Suiza... el prospecto dice que contienen lo necesario para menopausias con esta característica —don Román habla como para sí, aunque en el fondo, lo acecha el temor por esta hija que languidece sin motivos.

Enriquetita habla con la psicóloga, y no olvida la ingesta de pastillas. En las mañanas, se mece en las hamacas de las hijas, en el fondo. Teje distraída, o mira pasar las nubes.

Hasta que una mañana...

—Señora... en el zaguán la busca un señor... —dice la mucama.

—¿Es alguien que pide? Dale un paquete de fideos... hay pan de ayer en la bolsa —Enriqueta lee en el jardín, y habla sin mirar a la muchacha.

—No, señora. No es uno que pide. Está bien vestido... vestido raro... y tiene una valija...

Cuando se enfrentan, no lo reconoce.

—¡Enriquetita! —exclama él—, ¿tanto cambié? ¡Soy Juancho, tu primo! —la abraza desde la cintura, la levanta en el aire, la da vueltas. En el giro, se le escapa un zapato, la hebilla del pelo se desarma. Ella se desarma toda porque Juancho huele a hombre, y el beso que le estampa, sonoro, estremecedor, hace tintinear los caireles de la araña y ahuyenta de un manotón los preceptos arraigados.

Los otros parientes de Juancho viven en el campo. Sin hacerse cargos por rogativa alguna, se instala en la pieza para huéspedes.

El ritmo de la casa cambia como por encanto. Juancho viene de la India; se viste con camisolas blancas, ata su cabello ensortijado con una goma de tres vueltas, de una oreja le pende un arito de oro, usa babuchas con bordado y cuando se calza —rara vez— el pie tiene andares de silencio, porque sus chapines son de seda, puntiagudos como los de un maharajá. El cuerpo musculoso despide neblinas tormentosas. Y su risa..., amorosa o desfachatada, es más contagiosa que el sarampión. Produce iguales ronchas en la piel rubia de la joven señora, atrapada de nuevo, pero a gusto.

Obliga a Enriquetita a sentarse con la espalda al norte, para aprovechar la energía del planeta. Le enseña a cerrar los ojos, a respirar profundo. A sentir, a acariciar su cuerpo desde adentro. A aceptar la emoción, en este extraño encuentro de ella, la de afuera, y esta incógnita de ella, la de adentro.

La joven se abre a la energía, como una corola al amanecer, ávida de la gota de rocío. De noche, resplandece.

Juancho le regala una túnica blanca, con encajes. Una chalina misteriosa, que la envuelve como una telaraña tenue pero sólida, de color violeta, la acompaña.

De noche, mientras don Román pierde o gana a su yerno al ajedrez, Juancho enseña a la prima a jugar al solitario.

Usan una mesita cuadrada, con mantel que toca el piso.

—Hasta mañana —se despide Ernesto cuando el suegro ya partió—, no te dejes hacer trampa —recomienda a la esposa subiendo los peldaños hacia el dormitorio. Con la misma sonrisa confiada, con sus certezas de siempre, sin conflictos.

Juancho mueve las manos con las cartas sobre la mesa, con los dedos livianos de jugador con experiencia.

Enriquetita espera. El largo, increíble dedo grande del pie de Juancho investiga entre las faldas. Como un pintor sin manos, sensual y erótico, acaricia tibiamente la entrepierna de la prima que tuvo dos hijas y ningún orgasmo.

Con las manos, que no se juntan —porque las empleadas jamás duermen—, distribuye cartas con su gran sonrisa. Su mirada caliente empuja el titubeo, alienta al río a desbordar el cauce.

Enriquetita ahoga el largo, milenario grito tapando su cara con las manos. En la radio, el barullo de los tambores de una zamba mitiga el estertor caliente, el suspiro final, gemido y grito.

—Realmente —comenta don Román a su yerno en la farmacia— estas pastillas de Suiza son muy caras. Pero se pueden recomendar sin miedo. Por la gracia de Dios, Enriquetita es otra.