31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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San Gabriel
Sevilla

Federico García Lorca (1899-1936)

“Un bello niño de junco,
anchos hombros, fino talle,
piel de nocturna manzana,
boca triste y ojos grandes,
nervio de plata caliente,
ronda la desierta calle.
Sus zapatos de charol
rompen las dalias del aire
con los ritmos que cantan
breves lutos celestiales.
En la ribera del mar
no hay palma que se le iguale,
ni emperador coronado,
ni lucero caminante.
Cuando la cabeza inclina
sobre su pecho de jaspe,
la noche busca llanuras
porque quiere arrodillarse.
Las guitarras suenan solas,
para San Gabriel Arcángel,
domador de palomillas
y enemigo de los sauces.
—San Gabriel: el niño llora
en el vientre de su madre.
No olvides que los gitanos
te regalaron el traje”.

 

Regla número tres

“Nadie puede estar sujeto a un doble amor”.

 

Detalle de “Cupido tallando su arco”, por ParmigianinoBomba en el tiempo virtual

Con Anita nos conocemos de toda la vida. Pero amigas, amigas somos desde que se me ocurrió estudiar psicología. Apenas colgué el título el tenor de nuestra relación varió. Sus visitas se hicieron más frecuentes y tomar un tesito cotidiano se volvió rutina. Advertí que me transformaba en una escuchadora valiosa para la catarata derramada entre sorbo y sorbo. Sus ojos buscaban mi aprobación.

—Largué la carrera —anunció una tarde, tres años atrás.

Se despatarró en la hamaca del jardín, acomodó su vestidito hindú coquetamente, para completar:

—No me puedo concentrar... no soporto memorizar los versos de Verlaine cuando espero que me llame Julián. Y te aseguro, la gramática de los franceses es lo más jodido de aprender.

—Pero estás casi al final de la carrera —argumenté desde mi mejor postura de madre supletoria.

—Por más que te lo explique... a pesar de tu título... no sé si me entenderás. Desde que Julián apareció en mi vida, me di cuenta de un montón de cosas: yo era un vaso vacío. De buen cristal, bien construido, pero vacío. Sí, no te rías. El vaso que soy, tocado por sus manos, se transformó. Me despierto y oigo música. Hasta el viento, que se cuela y agita el voile de mis cortinas... en ese aire está su voz... Julián usa una entonación especial cuando me nombra... es un dulce... también un sibarita exigente —remata vivenciando recuerdos picantes.

La miré asustada. Anita tenía la mirada perdida, distanciada de mí, de la taza, de la realidad. Parecía hipnotizada, en otra dimensión.

—Lo que tenés, amiguita, es un soberano enamoramiento. ¿No estarás colocando demasiadas flores a un matorral común?

Ella me observó con verdadera lástima.

—¿Te enamoraste de alguien alguna vez?... Si nunca te pasó, no podés entender —meneó la cabeza, enfatizando:— Estás como aquel curita, nuestro asesor espiritual en el colegio... se escandalizaba con las confesiones, colorado como un tomate, y casi sin terminar de oírnos, nos amenazaba con el horror del fuego que quemaría nuestro cuerpo y haría trizas nuestra alma... ¿Por qué tanto miedo, si él, a la pasión la tocaba de oído?

—Ya no quedan de esos curas... ellos, como yo, aprenden, aun sin experimentarla, que ese delirio existe... Me da miedo que tu entusiasmo te haga caminar por la cornisa, que pierdas pie.

—Lo que decís es cierto, pero se queda en eso: una certeza intelectualizada. Ni vos, ni aquel cura, conocían este ímpetu como algo que se enciende, arde como una antorcha, te provoca vibraciones inigualables, convoca los placeres y la belleza, todo junto. ¡Cuando Julián me abraza, o sólo me roza, tengo la seguridad de estar viva..!

Ese final: “estar viva”, saltó muchas veces desde mi fondo a la superficie; era como un dedo acusador: Anita está viva. Y yo ¿qué hago? Derribar murallas para entender a Freud, quemar mis ojos para socializarme con Lacan, hurguetear en teorías sobre perturbaciones producidas en sueños e insomnios, ¿me hacen vibrar? ¿Estos últimos seis años de mi vida lejos de mi patria, persiguiendo la verdad o el mito que en el cromosoma 18 se podría encontrar el asiento de la manía bipolar, inaugura una chispa, aunque sea pequeñita, parecida al calor volcánico que se desprendía de la piel de Anita, como si la piel ya no pudiera retener tanto fulgor apasionado?

Finalizo el viaje, y vuelvo a casa. Me reinserto a la actividad en la clínica, doy alguna conferencia interesante. A solas con mi verdad, vegeto.

Y recupero a Anita, luego de llamarla varias veces a su casa. Mientras preparo las tazas, me acuerdo de sus confesiones, que todavía me producen ese cosquilleo conocido: una mezcla de envidia con mucha admiración. Para enamorarse como ella, hay que ser valiente. También recuerdo que a los tres años de noviazgo, tenía elegido el barrio donde viviría con Julián y se sabía de memoria la ubicación de los muebles; habíamos consultado en revistas de plantas de interior si el ficus y la dracena rubra combinaban, y una tarde de calor insoportable, pateamos el Once esquivando vendedores ambulantes para elegir la tapicería. Tendré que esperar su arribo para entender por qué todavía no se ha casado con el Julián de sus sueños.

—Muchas de nosotras —señaló mi hermana con tonito corrosivo— dudamos que el tal Julián exista.

Anita ya no languidece dentro de la gasa hindú. Tampoco centellean los ojos, que me eluden todo el tiempo. Sí, por supuesto, sigue con Julián. Pero en los últimos años, la empresa donde trabaja le dio otro cargo. Viaja por todo el mundo. Salta de un hotel a otro, pobre querido mío. Te das cuenta, el país cambió. Ahora, si querés llegar arriba, tenés que hacer sacrificios, si no te serruchan el piso. Nos vemos menos. Pero seguimos con nuestros planes, nos queremos como siempre —argumenta medio a la defensiva.

Falta algo en la parrafada. Falta énfasis. Mi amiga miente.

Está bien, como ratón de biblioteca, no tuve tiempo para enamoramientos fulminantes. Como dijo Anita, no me sentí viva, en resonancia con mi par. Sólo que los años de prestar atención a otros, me volvieron perceptiva, descubridora de omisiones y silencios.

Hay un vapor apagado en aquella voz. Hasta las manos permanecen herméticamente trabadas en la falda. Ya no aletean, como antes, cuando viajaban por el cielo, abiertas como alhajeros a la espera del mejor brillante.

Su tristeza me lastima, como me dolía su alegría de antes, así que decido recomendarle una colega para que la ayude. Mientras la selecciono, llego tarde al final.

Somos un grupo acongojado el que la despide en el jardín donde los sueños descansan en paz. El mismo grupo de compañeras de colegio, la familia de Anita, otras personas que no conozco.

—Se enteró de la forma más brutal —lloriquea la hermana de Anita dentro del auto con que la acerco a su casa—. La llamó la suegra por teléfono. Le largó la verdad sin anestesia. Le contó que cuando Julián volvió del último viaje a Japón, trajo una sofisticada computadora. Explicó que el SIDA, para él, había pasado a la historia. Que en un “party line”, no había peligro de contagio. Que con su unidad integrada, un periférico sexual y su CD-ROM interactivo, lo del sexo dejó de ser un problema. Es el feliz poseedor del ciberespacio, inyección casera de placer.

—Se encierra con cara de perro en ese cuarto a oscuras, se coloca unos arneses como de caballo y con las teclas llama a una pelirroja con grandes senos que se mueve como una víbora —dijo la señora—. Buscáte otro hombre, Anita. Resígnate. Yo no voy a tener nietos. Mi Julián te cambió por la computadora.