31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Niño de marfil

Lucía Dolores Meso

San Miguel del Tucumán (febrero de 1988)

La luna se esconde,
no quiere alumbrar
por donde,
una estrella,
se pone a buscar.

A la ronda, ronda,
de la luna nueva;
les falta un lucero
para armar la rueda.

Va a nacer un niño
con piel de jazmín
y van a llevarlo,
¡no lo dejen ir!...
El niño ha nacido
y a buscarlo van
con ramos de lirios,
hasta el Tucumán.
¡Quédate conmigo..!
No parece oír;
quiere hacer la ronda,
quiere sonreír.
Acuna un lucero
la luna, en Tafí.
Ángel pequeñito,
niño de marfil,
ojos asombrados
que no quiso abrir.

A la ronda, ronda,
de la luna nueva,
¡ya tienen lucero
para armar la rueda..!

 

Regla número cuatro

“Es bien sabido que el amor crece o decrece”

 

“Invadiendo el reino de Cupido”, por William Adolphe BouguereauCompañeros de viaje

—¿Cuántos millones de gente dijiste que éramos? —ella habla con desánimo.

—Los que anotaste el mes pasado... más los recién nacidos... —el hombre revuelve el café, distraído. Los ojos se le obstinan en las colinas próximas, ciegos al verde o al sol, que intima velozmente con el paisaje.

La mujer teje mecánicamente, los dedos tensos como cables. Cuando él se incorpora y abre la puerta, ella persigue por un segundo una mariposa amarilla que se cuela por la hendija.

—Parece que hay isocas —comenta, sin esperar respuesta. Retoma velozmente su labor. Tal vez, si continúa tejiendo día y noche, como lo viene haciendo desde años atrás, cuando regresó del hospital con las manos vacías, todos los recién nacidos tendrán su abrigo. Remata con cuidado el extremo de la manga de la batita rosa, alisa la prenda con delicadeza y se la frota contra la mejilla. Se dirige a la habitación del fondo; apiladas contra las paredes, bolsas celestes y rosadas desbordan prendas para niños. Una cuna blanca anida solitaria a un osito de peluche, recostado sobre la pequeña almohada; en el piso una diminuta bacinilla azul; un elefante con aretes de oro; cortinas con duendecillos de musculosas rojas y un ángel dorado que se balanceaba suavemente desde el techo. Abstraída, sortea la cuna y toma un nuevo ovillo de lana de la bolsa, mide a ojo el grosor de las agujas y ya sentada, se mece en su viejo Thonet. Si no se entretiene, seguro que pronto ningún niño del mundo tendrá frío.

Afuera el marido consigue arrancar la camioneta. Cada mañana la misma sensación: compulsivos deseos de huir de la locura, de respirar. La ruta solitaria, abierta, lo recibe; ella será testigo que este hombre viaja con la sombra de un niño en el asiento del acompañante, y un vacío angustioso que le empaña la visión, como únicos camaradas de viaje.