31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Siglo I A. C. - Roma

“Un cinturón de castidad liviano —el cingulum pudicitae— se hace popular entre los patricios cuyas aventuras militares los alejan de los hogares por largos períodos”.

 

Regla número cinco

“Aquello que el amante toma contra la voluntad de su amada no tiene razón”.

 

Estatua de Cupido vendando los ojos de una mujerPor la hendija

Desde que nos enamoramos la palabra tiempo empezó a ser trascendente. Para mí, porque tu trabajo te alejaba por largos meses. Para vos, porque la separación te era dolorosa. Esa lejanía no se acortaba ni con tus cartas, muchas, ni con tus llamadas telefónicas. ¿Y sabés por qué no servían? Porque el famoso día que traspasabas el umbral, de regreso, nada parecía caber entre las paredes. Tu presencia lo desbordaba todo. Las plantas de interior pretendían huir hacia los patios; trepidaban inquietas las copas en el armario; las cortinas se encogían en sí mismas y tus hijos y yo apenas alcanzábamos a ser albergados por tus brazos, en un enlace con sabor a poco.

—Nos queda escaso el tiempo —murmurabas en mi oído, cuando la noche había cerrado, y yacías exhausto pero hambriento al lado mío, atrayéndome al contacto, urgido de nuevo, contagiándome calor. Estoy cierta que ese era “tu” momento. Dentro de mi cuerpo. Dueño de pedazos de mi piel, de mi pelo, de mi sonrisa, amo de tu pertenencia. Sólo tuya.

La seguridad que te daban estos trofeos se marchitaba pronto. El día que seguía, podía esconder un inmenso temporal. Con la fiesta de tenerte en casa, yo reía con el verdulero y mi risa te ofendía. Levantaba los brazos al aire, feliz y enamorada, y vos inventabas del otro lado del ligustro un admirador furtivo. Viéndote así, ensombrecido, hundido en el pozo de tus miedos, una inmensa compasión me recorría, movida de cabeza a pies. La luz de mi linterna no hallaba en el fondo de tu abismo el porqué de tus celos.

Me atacabas con la mirada, extraviado en tus laberintos. Me arrinconabas contra un muro, para interrogarme, forzarme a confesar un hecho que jamás había ocurrido. Matabas de un tiro certero a la alondra de la que decías estar enamorado. Cercenabas sus alas. Limitabas su espacio aéreo, donde ella se encontraba en libertad... cuando partías. No el uso de la libertad que temías. Solamente la minúscula, estimulante de la risa; el bullicio de desparramar alegría conectándome con la vida. Me conformaba con pequeñeces, si esto te garantizaba seguridad. Con precisión de cazador, tus rejas, doradas por fuera, me encerraban. Cada día pretendías más: era tu posesión, una propiedad que, enfermizo, sobrevalorabas.

Pero cuando se está enamorada como yo lo estaba, se cede paulatinamente, hasta que la concesión se hace resignada, y el dolor afloja.

Abandoné la idea de pintarme. Le dije no a esas pequeñas escapadas al cine, a charlar naderías en medio de un té fuera de casa.

—Que vengan tus amigas cuando quieran —decías con esa ternura que te fluía, mansa cuando me mimabas—, pero la calle... vos sos provinciana. No sabés los riesgos que se corren en esta gran ciudad. Sobran los lanceros y caraduras.

Y otra noche en tus brazos:

—Me desespero cuando no te tengo cerca —añadías con evidente amargura—. Sos mi vida entera. Cuando estoy con vos, te veo más linda que a Marilyn y más inteligente que a la mujer de Sartre. No me gusta su existencialismo, pero por lo menos piensa.

Yo me echaba a reír.

—No soy linda. No soy brillante. Todo lo inventás, en ese ratoneo que conozco bien. Soy común. ¿Qué pueden verme o decirme? —tus ojos me seguían la línea del mentón. Tus dedos acoplados a mi espalda, atrayéndome de nuevo, sin necesidad, porque no me había ido. Yacía mansa a tu lado, en el sosiego.

—Lo que vi yo. Lo que sos. Hay muchos tipos por ahí, solitarios y perceptivos. No quiero que nadie te adivine. Que nadie se te acerque —culminabas con un dejo autoritario.

Hacer el amor como desesperados. Abrazarnos, pasar a la ternura. Discutir. Hablar. Pelear. Reconciliarnos, con la misma vehemencia del enfrentamiento, hacía que nuestra relación se moviera veloz como una flecha, hiriendo o besando.

Recobrado el equilibrio, de retorno, yo decía:

—¿No podés quedarte un poco más? Te extrañamos tanto... Hasta Colita... se niega a comer, no persigue a la pelota por varios días...

El Particulares Negro humeaba en tus labios. Reías con el recuerdo del terrier malcriado. Tu risa era tan contagiosa. Recorrías mis hombros, encerrabas mis senos. Un reconocimiento de escultor que pretende conservar el instante precioso para internarlo en la memoria.

—No, vieja... ¿te das cuenta cómo crecen los chicos? Cada día, más compromisos... más deberes.

—¿Por qué no me permitís trabajar?

Y la rencilla, antigua como nuestra relación, me catapultaba de golpe, de la luz a la oscuridad. La discusión comenzaba así, como una bolita de nieve, que enseguida era un alud que no aguantaban mis hombros.

El remate, siempre el mismo: Mientras viva, mi mujer no trabaja afuera. Mientras viva, ningún jefecito te pondrá la mano encima.

El famoso tiempo se nos evaporaba. Vivir con vos era tan intenso como exponerse a una fogata al aire libre, cambiante con el viento. Luces y sombras, rodeándonos y consumiéndonos; a vos, por tus celos. A mí, por mis desconsuelos. Mi cachito de felicidad la compraba renunciando a ser yo. El tuyo, engullendo mis retazos.

—Nada es fácil en el amor —decías, como si yo no lo supiera, intentando nuevamente la concordia.

Tenías razón con lo del tiempo. Nos quedó corto para madurar. De golpe, el cachetazo de la realidad. Te fuiste, esta vez para siempre. Recuperándome, en medio de la lucha, miro el cielo para buscar tu huella. La estela de tu esencia inmortal, que tal vez se divise en la cola de una estrella fugaz, la de los deseos, para que yo pida. Y lo hago. Pido que tengas paz. Pido que puedas seguir volando, libre, como lo hacías aquí, cuando vivías y dentro de la cabina de tu avión, oteabas ese azul que ahora es tu casa. Que absorbas la luz en el remolino de las nubes. Pido que sepas cuanto te quise. Como te esperaba... con el amor contenido, floreciendo al verte. Ahí, cuando nos encontremos, estará tu sonrisa. Tomados de la mano, hallaremos la hendija en el cielo, que seguro existe, para espiar juntos a nuestros hijos y reír con nuestros nietos. Como vamos a estar solos, el tiempo eterno será nuestro y podremos, al fin, estrecharnos seguros y dichosos. En el cielo no hay sombras.