31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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El laberinto

Por Jorge Luis Borges

“Zeus no podría desatar las redes
de piedra que me cercan. He olvidado
los hombres que antes fui; sigo el odiado
camino de monótonas paredes
que es mi destino. Rectas galerías
que se curvan en círculos secretos
al cabo de los años. Parapetos
que ha agrietado la usura de los días.
En el pálido polvo he descifrado
rastros que temo. El aire me ha traído
en las cóncavas tardes un bramido
o el eco de un bramido desolado.
Sé que en la sombra hay OTRO, cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que tejen y destejen este Hades
y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.
Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
este el último día de la espera”.

 

Regla número seis

“Los niños no aman hasta que no llegan a la edad de la madurez”.

 

“Venus cabalgando la estrella”, de Venus Rising (The Star) by Jean Leon GeromeEsas viejas sensaciones

Con la carta de Ni-Pu en el bolsillo de la campera, busco una piedra sin aristas y me siento. Debajo, el mar se mueve en un vaivén voluptuoso. Cuando rompe la espuma es marrón, oxidada. Se disuelve en la playa, carente del sentido de belleza del primer impulso. Si lo miro más lejos, mis ojos se encandilan en el cabrilleo del sol sobre la engañosa superficie, que parece levemente inquieta, cuando en realidad, bulle.

—Superficie levemente inquieta —me reitero—, el mar, y yo. Con un trasfondo fenomenal, de vida y muerte. De oscuridad y luz. De éxito y fracaso.

Entre todos los saludos, cartas y llamadas telefónicas de este día en que cumplo cincuenta años, busco la costa para tener próximo, encerrado en el cuadrado del bolsillo, el aliento, la presencia de Ni-Pu. La arena está tibia. El agua, fría. Me quito el calzado y las medias. Sumerjo mis pies y mis tobillos, que se azulan velozmente. Rasgar el sobre me transforma en el mitológico Epímeto, el que abrió la caja de Pandora. Como él, seré dueño del contenido. Lo bueno y lo malo, arrojados al viento. Me quedará el consuelo, como a él, que el residuo de permanencia lo conforma la esperanza, último aliento de los afligidos.

Mi sobre contiene fotografías. Ni-Pu y José, su marido, en el centro de un grupo de turistas en el Templo Borobudur. Otra, de un aborigen de Tanganam. Inclinada la cabeza sobre el trozo de ébano, en la que su mano hallará la entraña de la magia. Transformar lo informe en la grácil figura de una joven que carga una cesta de ratán con las ofrendas para las diosas. Una de José y los niños. En la última, ella sola. Atrás escribe: “Aquí estoy a orillas del mar que mira hacia donde vives. Me tranquiliza la certeza de que aunque sea a través del agua, seguimos conectados”.

Abro los dedos de los pies, por los que se escabullen, minúsculos, los granitos de arena. Arena en vaivén eterno, musicales al compás de esta agua que por cierto, es el único nexo mudo que nos queda, mi querida, bien amada, extrañada Ni-Pu. Si te hundes ya en el agua, ella y sus partículas serán las transportadoras del mensaje. El que no te di en la niñez. El que negué en la juventud. Por cierto, te sorprenderá en parte —no en esencia— el reverso de esta medalla que soy, y de la que con cuidado, oculté a tus ojos: en los afectos, cometo reiteradas faltas de coraje, siempre.

Tu presencia en el hogar de mis padres, y la de Suardana, tu madre, hubiera sido un eterno misterio para mí, si aquella puerta, aquel día, no hubiera quedado entreabierta. Con mis doce años curiosos, me oculté y supe de tus orígenes, de porqué vos y Suardana vivían con nosotros.

Eras la hija natural de un magistrado, nacida en una aldea donde las escalas sociales eran rígidas, y la presencia de ambas, una mancha a perpetuidad para tu familia enraizada en la tradición.

Suardana incorporada a mi madre como amiga y consejera. A cargo de esa inmensa tarea de ordenar comidas con muchos platos, educar a camareras, cocineros y choferes, portando un diccionario del nuevo destino en el amplio bolsillo. Mi padre, diplomático, era removido de un país asiático a otro, porque comprendía esa mentalidad, y porque era el académico poseedor de once utilísimos idiomas. Te das cuenta. Se podía expresar en once lenguas, y jamás encontré un hombre más silencioso y con tanta parsimonia como la suya. Una gran diferencia conmigo. Callaba pero siendo un guerrero valeroso, defendía escrupulosamente lo que a sus ojos era defendible. Callaba porque era fuerte... yo, por cobardía.

Dicen que los niños, al crecer, pierden la memoria de sus primeros intentos de aprehender su entorno. Te aseguro que no es tan cierto. Mi primer recuerdo viene del sonido de tu risa, y del perfume de tus manos, en esos propósitos de madrecita de cuatro años, pretendiendo que soltara una silla para la aventura de caminar sin tu ayuda. Cuando al final caía, te tirabas al piso junto a mí; ese dorso aceitunado de piel que era tu mano, acercándose para secar mi llanto. ¿Te acordás lo llorón que era? Ahora sé que lloraba para asegurar que me rondarías para consolarme, Ni-Pu, la bien amada.

Crecimos juntos. Peleamos a la par, con idéntico conflicto con Pitágoras y las ecuaciones. Sólo la paciencia de Suardana, haciendo resúmenes y empujando nuestra pereza, logró que nos tituláramos académicamente en algo juicioso para el porvenir. Amábamos la naturaleza. Empezamos temprano el interés por mariposas y colibríes. Paladear y oler las plantas raras que encontrábamos. Me acuerdo de una fenomenal pelea, porque tu herbario ganó una distinción que yo me corría como fija.

—No importa el premio —dijiste—, importa el esfuerzo que pusimos.

Colocaste el trofeo en mi cuarto, y te inclinaste para hacerme cosquillas en la oreja. Tu pelo de seda, largo y liso. Derramado sobre mi cara, tapándome. Oscureciendo mi visión, oscura desde adentro por un sentimiento extraño. Ese fue el preciso instante en el que supe que te amaba. Mejor dicho: que te deseaba. Y si el deseo adolescente es amor, sentí que se revelaba mi propia epiphaneia, como a los Reyes Magos en el catecismo de mamá, cuando las apariciones de su religión se entrecruzaban con el budismo de la tuya. Juventud tironeada, la nuestra, por dos expertas en demostrarnos que “su” verdad era camino, pero soltándonos para que halláramos la propia. Que personas trascendentes, ambas ¿verdad?

Por aquellos días, vividos a fondo a tu lado, empecé a percibir el mundo asiático a través de tus ojos. Religiones, costumbres, culturas que me entregabas en conferencias compartidas en viajes, en charlas al borde de la alberca. No creas que recuerdo mucho lo que hablabas. Me perdía siguiendo el giro de tus manos, preso del sonido de tu eterna risa y de esas gotas de agua que, empeñosamente traslúcidas, pretendían seguir adheridas a la piel de tu espalda, en una deliciosa curva desnuda. No hablé aquel día del trofeo. Enmudecí en esa juventud en la que me querías conectar con Elisai, el maestro del Zen. Tal vez para que en esa interacción, propuesta magistral de esta enseñanza, me animara a decirte mi verdad. No podía. No podía porque creía que había tiempo. Que te encontraría siempre en casa. Eras mía y estarías esperando.

Mi estancia en Europa, inmerso en el negocio de perfumes, se alargó demasiado. Mi negocio florecía. Debía cuidar mis logros con celo, en un mercado competitivo y a veces poco honesto. Viajar a América. Abrir otras puertas. Una vorágine exitosa, una vanidad que me hizo perder tu rastro.

En América presenté esa esencia exótica que lleva tu nombre. Una mezcla del árbol de jazmín con flores rosas o amarillas, que estrujamos juntos en el patio del Templo de Tamán-Ayún. Esa fragancia, agregada a la exudación de tu piel, cuando la exponías al sol, y de ella brotaba esa sutil, tenue respuesta de tu interior inexplorado.

La caja, lujosa, muestra el leve rasgado de tus ojos, que me miran. Lleva tu nombre, se vende porque es íntimo. Para mí, sólo un pálido reflejo de mis sensaciones primitivas. Consolidé un porvenir que dejó de interesarme apenas se hizo palpable. Me torné pobre de solemnidad cuando me enteré que te perdía. Mundo lleno de ironías —palabras quietas de Suardana. Cuando me alerté, te habías casado con José. Un joven honorable, de Denpasar, al que conociste en un curso de hotelería. Ambos con idénticos ancestros. Un José silencioso, buen amante, que te adivinó y tuvo el coraje de confesártelo. José, el dueño de la fantasía, el romántico que te catapultó a ser madre de estas dos preciosos jóvenes, tus hijos.

¿Pudieron haber sido nuestros hijos? Tendré que retomar el Zen para tratar de encontrar una respuesta. Como toda respuesta valiosa, tarde para llevarla a cabo pero enriquecedora como experiencia, tal vez para otra de nuestras existencias.

Entretanto, debo salir del agua, que está fría. Una ola enorme, inesperada, estalla en mi flanco y me empapa. Miro el firmamento y sonrío, aliviado. Te llegó el postergado mensaje, el inconfeso. Nuestro mar me devuelve tu eco. Consolándome, como antes.