Doncella nací cuitada
Por Salvador de Madariaga (1886)
“Doncella nací cuitada,
doncella naciera yo;
yo no sabía de amantes
yo no sabía de amor,
que la aurora nada sabe
de los ardores del sol.
Pasó un hombre por mi vida.
Pasó un hombre por mi amor.
En los ojos luz llevaba,
en las mejillas color,
en los labios sangre roja
en las venas fuego y sol,
el color de sus mejillas
mi mejilla enardeció.
La luz de sus ojos negros
el alma me iluminó,
con el besar de sus labios
mi corazón encendió,
con el fuego de su sangre
mi doncellez abrazó.
Pasó un hombre por mi vida.
Pasó un hombre y se alejó.
De mi amor se llevó el ascua,
las cenizas me dejó.
Si se me llevó un tesoro,
otro mayor me dejó,
que si no hubiera pasado
por mi vida y por mi amor,
doncella como he nacido
doncella muriera yo”.
Regla número siete
“Cuando un amante muere, un luto de dos años es requerido del sobreviviente”
250 dólares por cabeza
La casamentera del barrio es todo un personaje. Es rusa. Inmigrante como todo el vecindario, escapó de un campo de concentración por milagro. Milagro producido por un precioso brazalete de platino con brillantes enormes, que escondió en los genitales burlando las requisas de los guardias. La alhaja, el revoloteo de sus ojos azules, la entrega del cuerpo una y otra vez, el asco, el odio que escondía en lo profundo, le dieron por fin la libertad.
A salvo en América, al coraje contenido lo transforma en un canto a la vida, a la redención. ¿Qué mejor oficio elegir?
—El amor es la única fuerza capaz de salvar a la humanidad —es su carta de presentación. Esconde entre el traperío que la cubre una libretita negra. Ningún viudo, soltero o solitario escapa de su lista. Ocupación, ingresos, domicilios, mañas y virtudes desfilan en sus páginas.
Asiste a todos los casamientos armados por sus servicios; en los velorios, el ingreso del solitario a su agenda es inmediato. Camina por las calles como un viejo barco, en un contoneo natural que nace en las caderas, moviliza sus collares de oro, tintinea en sus pulseras y atrae la atención sobre los pesados bolsos y carteras que transporta. Si alguien le pregunta por el contenido de su carga, suelta una risita maliciosa:
—A mí no me roba nadie más. Lo llevo todo encima. Y ésta —exhibe la culata de un arma— me defiende de los pillos.
Ese día regreso de mi trabajo y encuentro su esquela debajo de la puerta. Anuncia que pasará por mi casa alrededor de las cinco. Me pongo en guardia. Debo refrescar mi memoria con argumentos reales para esquivar su ofrecimiento.
Abrir el viejo baúl de cuero, revolver en su interior me contacta con el dolor como una cachetada. “Naciste en la cuna equivocada, en un tiempo nefasto”. Las palabras de mi madre, aquel terrible año 1933. Colocó en mi mano temblorosa una pequeña urna envío desde un campo de trabajo y una carta con el símbolo maldito: “Estas son las cenizas de su marido. Ha muerto a causa de un ataque cardíaco. Gastos de expedición: 3,50 marcos”. Como en un sueño, me parece escuchar, simultáneamente, las voces del violín que mi padre, en el fondo del único cuarto que compartíamos, sacaba una y otra vez de esas cuerdas que lo salvaban de la locura.
Tres meses más tarde, escapamos. Mi padre murió en el viaje y su cuerpo fue arrojado al mar. Mi madre lo siguió antes de darse cuenta que estábamos a salvo, antes de maravillarse con la primavera, que estallaba en yemas en los árboles de nuestra calle. Me contacté enseguida con el vecindario. Un viejo carpintero me regaló una mesa y un banquito. Las mujeres alborotaron mi cocina con cacharros, recogidos en los hogares de los que ya estaban instalados, y se sentían ricos porque comían y sus niños iban a la escuela. A la distancia el ariano demoníaco parecía esfumado en un escenario dantesco; creíamos que no nos podía alcanzar. Pero no era verdad. En 1935 nos enteramos de las leyes de Nuremberg, que deportaba ¿adónde? a 12.000 judíos polacos. Muchos de mis vecinos eran polacos. Me condolí, sabiendo que nadie puede llorar las lágrimas de otros.
Velozmente, llegó 1938.
—Tenemos esperanzas —un compatriota; abogado inteligente y sagaz, exhibe la noticia, en grandes titulares, de un periódico.
“Conferencia en Evian, a orillas del lago Leman. Se realizará el 6 de julio, con la participación de delegados de 32 países, a los que se suman numerosas organizaciones privadas y personajes famosos: Pablo Casals, el Gran Rabino de Nueva York, un enviado del Vaticano. El Presidente Roosevelt, quien los ha convocado, intenta analizar y buscar una solución a la persecución antisemita en la Alemania nazi”.
Los doscientos periodistas de la prensa mundial, los acreditados ante la Sociedad de las Naciones, los historiadores presentes, los caucásicos, católicos o no, los enviados de países de todo el mundo, se niegan a creer las palabras del emisario de Hitler a la reunión: “Soy médico, Caballero de Héthars por generosidad de Su Majestad Francisco José. También soy judío. Traslado a su atención el mensaje por el que fui enviado aquí: Se fija el precio por cabeza de judío en 250 dólares. Si se compra toda una familia, sin importar el número de niños, el precio será de 1.000 dólares. Se venden medio millón de personas en lote. No se aceptan compras parciales”.
El mensaje del Reich es claro, y el contenido, feroz: “Si tanto aman a los judíos, cómprenlos o déjenlos en mis garras”.
Para ninguna de aquellas inteligencias reunidas en la sala, esto podía ser verdad. Otra provocación del loco. No era otra amenaza. Era una monstruosidad que esperaba. El enviado fue el único que lloró. Lloró la certeza del futuro personal, el de su familia detenida aguardando el resultado. Sus compatriotas, escondidos como ratas, o camino a los trenes de las sombras. Rechazó la oferta de ser salvado por un ofrecimiento presidencial, y con la dignidad de un Caballero de Los Siete Tilos, regresó empujado por su vigilante de la Gestapo a cumplir su destino de hombre nacido para morir. Me angustio sobre mis recuerdos. El papel con el envío de las cenizas, amarronado, permanece, lo puedo releer. La pañoleta de mi madre, la fotografía de mi casamiento. Parezco tan tonta, tomada de sorpresa por el fotógrafo. Kurt, sentado derechito, rígido dentro del traje prestado. Mi mano en su hombro, transitando el amor de locos que nos compelió a casarnos, no obstante el desastre que se avecinaba. Amor y dolor, como espejos reflejándome a cada paso de mi vida. Cuando tocan la puerta cierro mi baúl, conmocionada.
—Rosquillas de anís —anuncia la casamentera. Ubica su pesada humanidad en la silla, y me observa.
—Vendrán bien para el té —pero ya sabes, no me gusta andar con vueltas... Llevas muchos años de viudez. La soledad no le hace bien a nadie. Luces guapa y eres sana. No, no me detengas. Escucha.
Bebe el té a grandes sorbos y mastica con fruición.
—Afuera está la vida. Está el amor. Está el sol, que sale para todos. Mi recomendado es...
No la escucho. Parada en la ventana, miro afuera. En la calle corretean los niños detrás de una pelota. Dos muchachitas discuten por una bicicleta. Una pareja se besa como si ese fuera el último beso de sus vidas.
Le pido tiempo para pensar. No sé si seré capaz de cerrar para siempre mi baúl. Descorrer la oscuridad del cielo para contemplar la presencia de una estrella, o acompasar mi paso al de un nuevo hombre para intentar la vida. No quiero tener hijos. No quiero que nadie más nazca en el lugar equivocado. Me duermo y sueño. Con mi madre y con Kurt. Están de pie, sonriendo ante una puerta dorada, de la que emana una fosforescencia clara, como un velo de niebla. Desesperada rescato su mensaje: “Ante Dios son iguales todos los mortales”. Quiero gritarles: ¿cuál Dios?, ¿cuál Dios? Entiendo que no me oyen pero la dulzura de sus rostros me certifica que no sufren. Permanezco amodorrada en mi sudario de sosiego, las incógnitas de la duda reveladas. Abro los ojos y la claridad sigue conmigo: una mágica esencia luminosa que me transforma. Cambia mi enfoque. Retorna a mi corazón mi alma extraviada.
Si es verdad que la energía de las alas de una mariposa en China puede desatar un tornado en Alaska, ¿qué impedimento habría para que los sedimentos del dolor pasado, transmutados, reboten hacia mí para tocarme con la varita de la esperanza? Tal vez tenga razón esta moderna celestina, y el amor sea la única fuerza capaz de salvar al mundo. Haré un último intento. Aprenderé a rezar al Jesús de Jerusalén, para que mis rencores se laven. Transitando el camino del perdón, experimentaré, seguramente, la dicha de estar viva. Con alguien a mi lado.