31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Poema

De Gutierre de Cetina
(1520-1557)

“A los hombres, por ser más principales,
se la puso (Dios, la cola) delante y puso en ella
más guerras de virtudes principales.
A la mujer, tan delicada y bella,
no quiso poner cola; mas que fuera
su ansia principal, la guarda della.
Por estas causas quiso que tuviese,
según dicen algunos, un secreto
lugar do la guardase y escondiese.
De aquí nació el amor, porque, en efecto,
amor no es otra cosa que un deseo
de darle a nuestras colas su receta”.

 

Regla número ocho

“Nadie debería ser privado del amor sino con la mejor de las razones”.

 

Ninfas y centauros en un fresco de Rafael (1513)El pánico del reptil anciano

La noticia se publica con grandes titulares: “Niña negra, norteamericana, brutalmente asesinada por sus padres”.

“En nuestra populosa y civilizada ciudad, un suceso que conmueve. Una joven pareja de color fue investigada por la policía local, a raíz de la denuncia de una asistente social. La profesional solicitó una investigación para determinar el paradero de una niña de dos años, hija de estas dos personas, inmigrantes africanos que no se expresan correctamente en inglés. Ellos son residentes de su área de trabajo. Tomada por sorpresa en un allanamiento domiciliario realizado con cautela, la mujer, que estaba sola en la casa, en medio de una crisis de llanto, acusó al marido de la muerte y posterior entierro de la niña en el fondo del jardín.

”Un intérprete solicitado por las autoridades, transcribió la espeluznante declaración: la niña de dos años, llamada Mitzi, norteamericana, fue sometida un mes atrás a la castración del clítoris, de los labios mayores y menores por su padre. Se utilizó una navaja de afeitar, sin anestesia alguna. Drogaron antes a la niña con un poderoso somnífero para que no gritara. Fue cosida con hilo y aguja, se le colocaron gasas esterilizadas sobre un ungüento sin etiqueta que está siendo analizado en el laboratorio policial. Posteriormente, la envolvieron en gruesas toallas para evitar hemorragias. No obstante el vendaje, la niña amaneció muerta, desangrada. Fue entonces cuando este par de bárbaros decidió el entierro del cuerpo. El padre de treinta años, fue detenido horas mas tarde. En completo dominio de sus facultades, fríamente, expuso que la infibulación practicada a su hija era una noble tradición de su país. Interrogado sobre lo que denomina ‘tradición’, expresó que una mujer que honra a su marido no goza en el acto sexual, sensación que por derecho, corresponde al hombre. Según su concepto, así evitan en su tribu, desde siempre, que la mujer cometa infidelidad”.

 

Nueva York. Comentario de Angela Wrigth, de 15 años, referida al hecho:

“Cuando aprendí en historia que un señor feudal tenía el Derecho de Pernada sobre las jóvenes que se casaban, vomité en el baño todo el desayuno”.


Miami. Pancartas en las calles:

“Instruyan a los bárbaros o regrésenlos a sus países”.


Estocolmo. Ingrid, 18 años:

“No se conforman con castrarlas. Esa mutilación, al ser cosida la víctima, deja una abertura del grosor de un palito de fósforo. Orinar y menstruar son etapas de la tortura, si sobreviven. Al casarse, y luego del parto, las zurcen nuevamente: el pene del amo debe satisfacerse en un túnel angosto. Pienso meterme en los movimientos feministas. Tal vez algún día huya de los bárbaros practicando el lesbianismo”.


Boston. Entrevista a una socióloga de 43 años:

“No nos conformemos con la historia del hombre. Si nos introducimos en la evolución de su cerebro, entenderíamos mejor sus acciones, la raíz de su crueldad —basada en la fuerza— que los machos usan contra las hembras. Sabemos, académicamente, que los mamíferos superiores, en lentísima evolución sobre el planeta, poseemos tres clases de cerebro.

”El más antiguo se llama Reptílico. Nos remonta a la era salvaje, cuando intentábamos pararnos en dos patas, nos manejábamos a puro instinto y el macho era el mandamás de su hato. Vigía atento, secretor de la adrenalina que lo impulsaba a la huida o a la matanza, indiscriminadamente; a tumbar a la hembra para perpetuar la especie, a conseguir alimento, a encontrar guaridas en el frío, a orinar grandes chorros para determinar los límites de su territorio; cegatón de fuerza extraordinaria, todo un jefe.

”Cuando la hembra engendraba la cría, cuando la paría en soledad, sin socorro alguno, empezó el miedo del grandote. Era rudo. Era fuerte... pero la debilucha engendraba y paría. Estoy segura que fue una hembra la que encendió el primer fuego, la que arracimó a la cría en sus ancas, la que miró hacia arriba, intuyendo poderes mayores, aún desconocidos. Creo que el reptil que hay en el hombre poco evolucionado, es el que otorga autoridad a estas atrocidades a las que titulan ‘tradición’, cuando en el fondo, son solamente miedo”.


Mendoza, Argentina. Leticia, 22 años:

“Cuando me gradué, mis padres me regalaron un viaje. Siempre me tentó lo menos trillado, y entusiasmada con Yul Brynner en el rol de Rama V, Rey de Siam, incluí Tailandia en mi itinerario. Junto a cientos de peregrinos, me descalcé en templos refulgentes, y con respeto, pretendí entender la religión del Buda. Los cinco mil kilos del Buda de Oro, la lánguida postura del Reclinado, el Irisado, Majestuoso Buda de Esmeralda, que solamente es tocado por manos reales dos veces al año en el recambio de ropaje. Incursionar en otros credos, acrecentar vivencias, una emoción tras otra.

”Visité palacios fabulosos, insertos en una naturaleza explosiva, sometida apenas por jardineros y guardabosques, perseguida por el chillido de los monos, encantada con la gentileza de la gente.

”Volé hasta el norte, a la ciudad de Chiang-Mai. Una avioneta pequeña me acercaría más tarde hasta Mae-Hong-Song para, embarcada en un bote, remontando el río Mae, arribar al fin al puerto en cuya aldea vivían las Mujeres Jirafas. Un guía joven me sustrajo del fondo del bote, que no tenía ni asientos ni toldo. El calor era insoportable. Cubría mi cabeza un pañuelo, que mojaba en el agua, encima, un sombrero de paja, además de una sombrilla. Subimos una cuestita, y apareció el caserío. Casuchas de cañas y hojas de palmera, livianamente sostenidos los techos por endebles vigas de madera. Un escenario armado para turistas, algo irreal, a punto de romperse.

”Ellas, las pobrecitas Mujeres Jirafas, birmanas de la tribu Paduang, exhibidas en grupos de dos o tres, tiesas debajo de aquella inútil protección. Las manos delgadas, las muñecas aprisionadas dentro de aros rígidos, igual que sus cuellos y la parte baja de las piernas. Estáticas y lejanas, las encías sumidas, y un estupor de angustia acorralada en el fondo de sus ojos. Son privilegiadas. Nacieron un miércoles de luna llena. La usanza las hace merecedoras del suplicio de deformar su cuerpo para agradar a sus dioses con un método inmoral y bárbaro.

”Les compro unas postales. Me permiten tomar unas fotografías a cambio de unos míseros bath. Nadie sonríe. Nadie habla. Aunque el sol revienta mis sesos, siento frío y veo todo negro. Los hombres dormitan en hamacas, algunos me espían desde sus estanterías de Coca-Cola, postales y abalorios. Regreso al bote en un retorno apresurado: de la edad de piedra a la bendita civilización. Mis ojos están húmedos, con lágrimas que no ayudan a nadie, que no son nada comparadas a la tristeza sin futuro de estas pobres mujeres comercializadas en la ignorancia por un asqueroso tratante de la miseria”.


Kuala Lumpur. Esquela pasada por debajo de la puerta de un colegio católico:

“Ayuda, por favor. Al que encuentre esta carta: ayuda. Me llamo Jazmín. Tengo diez años y soy musulmana. Si no recibo ayuda pronto, mi padre Mahomed, dueño de la tienda que está en esta calle, me venderá a un marido de setenta años. Ayúdenme, por favor. Gracias”.


Año 1997. Fondo de Población de la ONU. Estadística del horror: 130 millones de mujeres-niñas mutiladas con infibulación no solamente en África. Hay conocimiento de crímenes similares en Europa y Estados Unidos.