31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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De: El nido de boyeros.

Por Rafael Obligado.

“...Se la ve en la canoa (una canoa
pequeña y blanca, con filetes negros)
reclinada en la popa, y con la pala
que le sirve de remo...

...Fatigada abandona, destilando,
sobre la falda atravesado el remo;
y tal, semeja un cisne que dispone
las alas para el vuelo.

Suele verme al pasar, y me amenaza,
fingiéndose enojada, con el dedo;
del recodo inmediato, vuelve el rostro
y me grita: ‘¡hasta luego!’ ”.

 

Regla número nueve

“Nadie puede amar a menos que sea impulsado por la persuasión del amor”.

 

“Cupido con antorcha”, por Elisabetta SiraniBotecitos en alta mar

Querida Margie:

Cuando avanzaste hacia el sillón donde estaba hundido, y extendiste la mano para decirme: holavossoselreciéninternado, tenías en la siniestra un pañuelo que apretabas como estrangulando a alguien. Tu voz no era voz. Era como un estertor de desahucio, qué sé yo. Mi postración era tal, que no puedo recordar con precisión los detalles. Solo eso. También, que sonreí cuando me contaste que tu nombre era Marjorie, por una pelotuda —así dijiste— intención sajona de tu madre, gallega por los cuatro lados.

El enfermero me buscó. Estuve ausente de la salita de televisión por cinco días. Me durmieron. Vos recibiste el mismo tratamiento, así que sabés de qué hablo. Abrir los ojos no era la resurrección de la carne. De la carne, en parte. Lo duro era la resurrección de la mente extraviada. Era sólo poder abrir los ojos, e inciertamente, entrever la claridad, sin noción de dónde estaba y por qué. No podía recibir visitas. Vos tampoco. Me alcanzaste una revista, que terminó en mi pie. Nada de lo que la revista dijera me importaba. De espaldas al televisor, incapacitado para juntar mi dispersión. Sin recuerdos de que alguna vez, cuando estaba sano, yo tenía una vida. Una casa. Una familia. Un perro negro y mis hermanos.

Yo andaba por mi cuarta internación. Vos por la primera. Tenías la edad de mi hija. Querías ser mi hija. Yo te miraba sin saber por qué. Como una estela en mi razonamiento ausente, pensaba que creías hallar en mí al padre que yo ni siquiera podía ser para mi hija. Inmerso en ese oscuro pozo, que me llamaba desde el fondo, en un siniestro imperativo: sólo matándote se acaba.

Casi al mes de conocernos, una tarde, te aferraste a mi mano y me dijiste:

—¿Sabés, Miguel? Vos y yo somos como dos barquitos. Al garete, en alta mar.

Te acepté la intimidad de la mano para darte coraje. Coraje chiquito, el único valor que poseía, deseando compartirlo con vos, tan joven y tan sola, en esa horrible soledad de la conciencia en conflicto con la realidad.

Vos creíste —yo te dejé creer— que podíamos salvarnos juntos. Que podíamos inventar una expedición heroica, tal vez a otro país donde no nos conocieran. Donde nuestras historias clínicas borradas volaran con el viento. Un país de mitos, con sabios que curan sin pasar por el espíritu de Freud; donde la química del cerebro es pan comido, la reconexión de neuronas fallidas, inmediata. Ciencia-ficción para dos desesperados. Ciertamente a la deriva. En un mar con olas altas, peligrosas. Desde la costa, los saludables, alertas, desean no ser testigos del naufragio.

A medida consigo un poco de equilibrio, y la remanida conciencia me retorna, debo decirte adiós y pedirte perdón. Perdón por no poder ser tu padre, sos mucha mujer para eso. Pero tampoco tu amante, porque no te amo.

Mientras la deriva era mutua sirvió para sostenernos, nos ayudó a emerger ya que hablábamos el mismo lenguaje. Ahora vos estás dada de alta. Yo también. Y mirá qué hermoso: en tu living, tus dos niños esperan tu abrazo para mitigar tu ausencia. En mi hogar, donde hubo dolor y aturdimiento, muchos brazos me aguardan. En el patio, Bartolo ladra intuyendo mi regreso.

Te llamaré algún día, no lo dudes. Para contarte cómo logré por fin, amarrar mi viejo barco al muelle escurridizo de la paz. Con mucho cariño,

Miguel

P. S.: Te pido leas este trocito del Demian de Hermann Hesse. Te ayudará a perdonarme.

“No soy un hombre que sabe. He sido un hombre que busca y lo soy aún. Pero no busco ya en las estrellas ni en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí. Mi historia no es agradable, no es suave y armoniosa, como las historias inventadas; sabe a insensatez y a confusión, a locura y a ensueño, como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse a sí mismos”.