Escrito está en mi alma...
“Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuando yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribiste, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no acabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida,
por hábito del alma misma os quiero.
Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.
Garcilaso de la Vega
(1503 - 1536)
Regla número diez
“El amor es siempre un extraño en la casa de la avaricia”.
El cuarto nivel de Dante
Al anciano lo traen al hospital en una destartalada silla de ruedas. El que empuja es un morocho joven y fortachón. Sostiene en la mano la papelería necesaria para ingresarlo. Eloísa, la auxiliar, me alarga la historia clínica.
—¡Pobre hombre! —mastico entre dientes. El historial canta cuatro operaciones de cáncer en diferentes zonas del cuerpo. El resultado es ese saco de huesos con la piel pegada, escamosa y marchita que tengo enfrente. Advierto algo notable: el inmenso desamparo de los ojos, que de tanto en tanto pierden lágrimas. Ojos inteligentes, que me siguen.
El morocho se agacha para hablar en mi oído:
—Don Guillermo no está enfermo de nada, creo yo. Tiene hambre.
Eloísa toma de mis manos la papelería con el ceño fruncido. Oído de murciélago, el de Eloísa.
Hecha la internación, el paciente es sometido a las revisaciones que están a nuestro alcance. El hospital es carenciado, en este pueblo pequeño. Hacemos lo que podemos con el instrumental y medicamentos que conseguimos de los políticos antes de cada elección, cuando nos afilian y comprometen nuestro voto. Mientras dura el mandato, retaceamos lo imprescindible para que no nos falte en emergencias. Cuando empecé en el hospital, yo era un médico joven e idealista. Mis rebeldías contra el sistema casi me cuestan el cargo. Para esa época ya estaba casado, tenía dos hijos y mujer a quienes mantener.
Me fui quedando en el molde, como quien dice. Un molde con clavos que no dejan de lastimarme, por más que desee tomar distancia. No logro inmunizarme ante el dolor físico, o la patética soledad de los internados. El muro de indiferencia de las familias, que prometen “pasar a verlos” cuando las visitadoras sociales se hartan de insistirles, descubre las pústulas del egoísmo de los jóvenes que creen que a ellos jamás les pasará lo mismo con sus hijos.
Ahora, este Guillermo. Es norteamericano, según leo en sus documentos. Las operaciones que tuvo, no hicieron metástasis. Fueron focos malignos atacados a tiempo, tratados con eficacia de la mano de la suerte. Le descubro un peligroso ritmo cardíaco, al que se añade la desnutrición evidente y una deshidratación bestial. Ordeno un goteo de suero de inmediato. Se niega a comer. Recurro a alimentarlo a la fuerza. Elijo la sonda naso-gástrica, que soporta callado, sin resistir el manoseo, sin las náuseas que suele provocar ese elemento extraño dentro del cuerpo.
Hago mi ronda de la noche. La última cama de la sala de hombres es la suya. Está solo. Parece dormir. El pulso sigue acelerado. No me gusta. El morocho partió hace un rato prometiendo pasar en la mañana.
—¿Tiene familia? —le preguntaron cuando lo trajo.
—Sí, tiene. Tiene cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Pero viven en otros países... no sé bien en qué lugares...
—¿Y esposa?
—Bueno... la esposa —el morocho daba vueltas la gorra, indeciso—, la esposa también es gringa. Ella... ella me parece que no está bien de acá —señala la cabeza— si no fuera porque vivo en la finca, don Guillermo ya se hubiera muerto. De hambre... o de sed. La señora no le cocina. Si lo lleva al baño, se olvida que lo dejó en el inodoro... yo escucho los gritos y entro.
La auxiliar que escribe está atenta. Aunque incrédula, advierte que el joven no miente.
—No cocina... ¿son pobres? —el hombre niega con la cabeza—. ¿Está mal... enferma, o deprimida?... a mí no me mientas, ¿eh? —Eloísa está brotada de indignación.
—No, señorita. Deprimida no... yo vi unos deprimidos en la televisión. No son así. Ella se levanta temprano, escribe en la computadora, o revisa fotografías... o agarra el auto y sale como loca al banco en el pueblo. Grita porque dice que la roban: ¡Manga de ladrones! Nadie la quiere atender...
—Entonces, por qué no se ocupa del marido, por qué no le da de comer. Este hombre está inválido, abandonado, desnutrido —a Eloísa la voz se le escapa rabiosa.
—Es que doña Lucita es avara, y no lo quiere a don Guillermo. Si revisa los armarios, puede ver: montones de aparatos eléctricos que trajeron cuando vinieron acá y compraron la finca, sin usar en las cajas. Don Guillermo estaba fuerte, cuando vinieron. El mejor gringo del mundo. En la casa hay de todo. Buenos muebles. Estantes con libros, discos que él escucha cuando ella sale... Ahora, ni pan viejo hay. Desde que no puede caminar, sin comer... creo que no aguanta más, pobrecito.
El morocho se toma un respiro y suena su nariz para justificar las lágrimas.
—Don Guillermo cocinaba bien... sabrosito. Pensaba poner un comedor para la gente que pasaba por la ruta. Mire si le gustaba cocinar... tiene libros de cocina de todos los lugares del mundo...
—¿Avisaron a los hijos? —Eloísa pasa de la bronca a lo práctico inmediato.
—Doña Nela —doña Nela es la única amiga de la señora— mandó unos mails... eso, por computadora. Ella viene mañana, hoy viajó a San José... Doña Nela puede contarle más cosas, señorita.
La enfermera de la noche lo vio tan quietecito en la ronda, que no se detuvo ante la cama. La de la mañana, a gritos, pidió auxilio. Don Guillermo —quién sabe cuándo— se quitó el suero y se arrancó la sonda naso-gástrica. Ya estaba frío cuando lo encontró. Los ojos, ausentes al fin de la realidad terrible de su vida, suavemente apoyados. La piel clara, los mechones canosos, que me trajeron la imagen de mi padre ayer nomás.
Cuando deshacen la cama, cae un librito negro. Librito que ojeo más tarde. No es un diario. Se ve que lo empezó cuando la debilidad lo retuvo en la silla de ruedas. Alcanzó a escribir retazos de su vida, que me lo revelan, desnudo en el amor y el dolor. Cómo descubrió la pasión, el día que vio a Lucita por primera vez. El encantamiento con su belleza, contenida en un pequeño cuerpo bien proporcionado, donde el imán eran dos preciosos ojos de color azul. La alegría que explotaba en su risa. Los dientes pequeños y parejos. La agilidad de sus movimientos. La gracia sensual para bailar. “Parecía una bailarina de caja de música” —dice—, “así que cuando me dijo sí, le compré una. Venía en una caja azul, que giraba al son de Ojos Españoles.
”—Para qué gastaste en esto —dijo cuando se la entregué—, tenemos que usar la plata en algo práctico.
”Los enamorados primerizos como yo, no perciben señales. Ese día pensé: ¡qué suerte tengo! ¡Además de hermosa, cuida el bolsillo!
”Por años seguí así, encandilado esperando recuperar la danzarina azul. Demasiado soñador, evidentemente. Prisionero sin rejas de la cárcel con reglamentos a los que debíamos acceder los chicos y yo, si queríamos tener algo de paz. Mi adaptación a sus modales bruscos, a la rudeza de la intimidad, a la distancia, que se hacía pozo, cada vez más hondo. La locura —sin aceptar que éramos dos viejos— de vender la casa que nos aproximaba a dos de nuestros hijos, porque en este país la tierra era barata, y cumpliría su vieja ansiedad de terrateniente —postergada porque se casó con un débil, incapaz de hacer negocios rendidores.
”Yo la miraba, incrédulo. Por fuera, era la misma. El cambio era de adentro. Parecía furiosa con ella, con nosotros y con la vida.
”Nuestros hijos volaron apenas descubrieron lo anchuroso del cielo. Quedamos solos. Dos mundos diferentes bajo el mismo techo”.
—El cáncer —muchas veces— es la somatización de realidades que nos negamos a aceptar —el psiquiatra que lo apoya en su primera operación en la garganta golpea con una lapicera el escritorio, esperando. Un rubio desleído, que seguro desquita las broncas personales en la pelotita de golf. Hay un palo apoyado en la biblioteca y una pelota en el piso.
“—Creo que se equivoca, doctor. Soy un hombre feliz, con una esposa que amo... tenemos cuatro hijos... —miento sin saber que miento. El autoengaño es mi bastón, me sostiene.
”—Trate de no tragarse tantas cosas... si se enoja, lárguelas... si se equivoca, pida disculpas. Se sentirá mejor, más equilibrado —estrecha mi mano y me despide.
”Pasé nuestra vida juntos disculpándola. Disimulando”.
Sigo leyendo. “Los telones de la mentira cayeron recién cuando me invalidé... ella me hundió en la silla de ruedas, como quien sepulta a un enemigo.
”La silla de ruedas no me sirve para escapar, ahora que estoy lúcido. No tengo fuerzas en las manos para lanzarla a la Panamericana y morir aplastado por un auto.
”Tapo mis oídos cuando grita:
”—¡Me tenés podrida! ¡Aguanté tus operaciones, gasté mis ahorros en vos!... ¡Porqué no te morís de una vez y me dejás de joder!
”A cada escándalo me achico más. Me encojo como un género barato. Creo que me estoy volviendo loco. Esto no pasa. Es una pesadilla. Imposible aclarar que el dinero gastado lo gané yo, solito, trabajando orgulloso para todos. Imposible hablar de su avaricia para relacionarse. De su frialdad eterna para la entrega. De la miseria —empezada en la cocina—, de nuestra vida juntos. Miseria que yo traté de tapar, comprando libros o instalando música. Me volví jardinero coleccionando variedades de rosas en la casa de California. Creyendo que las flores la harían sonreír. Como antes”.
Cierro el librito para pensar. Recuerdo haber estudiado —cuando joven— que los hechiceros prehispánicos curaban dos clases de enfermedad que afligía a la gente, causadas por el amor y el deseo. Una era este caso: la dependencia de otro, llamada Netepalhuiliztli. La otra, que también le cabe a este don Guillermo: la pérdida del alma. Me doy perfecta cuenta de mi terrible incapacidad para remediar un dolor tan intenso, que hace que un hombre se diluya en carne y sangre, como éste, sosteniendo un sueño; el equilibrio en un mundo donde lo predecible resulta inalcanzable.
Sigo leyendo.
“Pasé una mala noche, por eso me tiembla el pulso. Tu puerta está cerrada con llave. Me lo dice Isidro luego de llevarme al baño y vestirme. Bebo el té que me alcanza, en una nebulosa de recuerdos que mezcla los ratos buenos —pocos— con la carrera de obstáculos que resultó intentar seguir creyendo que algo de sentimiento perduraba. No mucho —ya que te conozco—, pero algo. Tal vez un cachito de misericordia, o piedad para el hombre que sabías tu subordinado.
”—¡Yo no creo en nada! ¡En nadie! —aullabas en el arrebato—. ¡Si Dios existiera, no hubiera permitido esta vida de mierda que es la mía!
”Por una fracción de segundos, entreveo que el amor, avergonzado, corre a esconderse del insulto.
”Isidro cumple las órdenes tuyas, Lucita. Los papeles firmados. El auto ronronea en el garage.
”Me llevo el librito de mis putos secretos, como vos decís, bajo el brazo. No quiero que te enteres de mi talón de Aquiles. Aunque me desprecies, o me odies, siempre serás para mí la bailarinita rubia de la cajita azul que te regalé de novio. La madre de mis hijos. La que a través del desdén afianzó mi hombría en el renunciamiento. Soy el que acepta sólo lo bueno que tenés, lo que mi amor inventa”.
A mí también me tiembla el pulso. Tomo una bocanada de aire, y entretengo este naufragio del casi desconocido en observar los jardines que rodean mi hospital. La primavera se acerca; se nota en el engrosamiento de los tallos que se hinchan, a la espera de explotar en flores. El mundo es bello. La vida es bella, en su experiencia inacabable. “Al hombre le corresponde continuar la obra de la Creación” —decía un jardinero alemán que conocí. Hablaba de belleza. De perfumes. De vegetales desarrollados para paliar la hambruna de los pobres. Frente a frente con la vida, Guillermo participó de la Creación. Que no se limita a la belleza, solamente. Se extiende al dolor o al sacrificio. La entrega final a la misma muerte sigilosa, que se instala, nomás. Sin nadie que lo llore, mas que nosotros, tres desconocidos: Isidro, Eloísa y yo. Mañana, porque habrá un mañana, tal vez sin nadie para recordarlo.
El cuarto escalón que deposita a los avaros en el terrible infierno espera, relamiéndose en el arabesco de una salamandra.