31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Pinta brava

Milonga rea
Por Julio Ravazzano Sanmartino
Premio Nóbel a la literatura Lunfarda (Ciudad de Avellaneda)

“Percanta de regio vestido
ajustado a la cintura
que mostrás la curvatura
de tu cadera triunfal
flor y luz de arrabal
tentación boulevadier
que acelerás con tu cuerpo
la marcha real del querer...

Sos la papusa canchera
que embalurda al niño bien
la que rejuna el potiem
en la yeca de la vida
sos la percanta querida
flor de lujo de arrabal
una mujer en la aurora
de la bohemia inmortal”...

 

Regla número once

“No es correcto amar a una mujer de la que uno se avergonzaría al casarse”.

 

“Retrato del actor Ivan Yakimov disfrazado de Cupido”, por N. I. Argunov (1790)Caballero rubio de traje bordado

—La soledad lo mata a don Paco —las beatas de primera misa esperan que aparezca el cura; arrodilladas cuchichean sin explayarse sobre el porqué de la tardanza. La conocen de sobra.

—A la iglesia venimos a rezar, no a inventar historias —Manuela detiene el Ave María para acotar, y prosigue—. Santa María, madre de Dios...

—Pero si ya está aquí... y ahora ¡el tropezón!

Cada mañana es la misma historia. Don Paco, que no se despierta con los sacudones del monaguillo, que abrió hace rato los portalones de la iglesia:

—Para que las viejas vean que no estamos muertos —anuncia malhumorado el chico, que no consigue despabilar al cura.

—A ver... —el monago cuenta las botellas desparramadas alrededor de la cama—, cuatro... cuatro litros se bebió, y sin comerse ni los callos, ni el caldo. Ni bocado.

—Don Paco —un sacudón más enérgico—, levántese usted, que están todas aguardando. Lo empuja por la espalda y lo sienta. El cura le permite que le coloque los calcetines, luego los zapatos.

—Deja, deja, que yo puedo —aparta al chico y se tambalea hasta el baño.

—Esta es una borrachera de aquellas —el joven recoge el botellerío y abre la ventana.

Cuando don Pepe tropieza en el famoso madero que sirve de escalón para llegar al altar, a los feligreses les cuesta no soltar la risa. La mujeres se esconden en los pañuelos negros. Se recomponen cuando al fin el bonachón del cura se equilibra, consigue arrodillarse para saludar al Señor, suelta la tosesita, mira al fondo derecho de la iglesia, luego a la izquierda, y finalmente seguro de dónde y para qué está ahí, los saluda. Treinta años de lo mismo. Es que los años, en un pueblito como aquel, se vuelan porque nunca pasa nada.

—Ahora no pasa nada —rebate el bibliotecario que cuida los libros de la biblioteca—, pero antes... antes sí pasaban cosas. Este lugar era bien conocido.

—¿Y tú, cómo lo sabes?

—Por los libros, hija, por los libros, que hoy en día nadie lee. Todos corren, no sé adónde, pero corren. Si ya casi no nos quedan chavales en la villa.

En la iglesia, don Pepe amaneció ese día con más bríos que los acostumbrados. Termina la misa, y en vez de despedirlos, espantándolos con las manos que antes usó para bendecirlos, los arenga:

—Un momentito, nada más, escuchen.

El grupito se detiene receloso. ¿De qué se habrá enterado, o qué cosa irá a pedir?

—Treinta años hace que no reparamos la iglesia. Treinta años que no caleamos los muros, o barnizamos la puerta de entrada... ya sé, son pobres. Pero no tan pobres para que no puedan cambiar la putísima madera donde tropiezo cada día... No estarán contentos hasta no verme con la crisma rota. Junten el dinero y vayan con Dios.

Una semana más tarde, Rodrigo el joven, aparece con el pedazo de madera. Lo acarrean otros dos mocetones forzudos. Detrás, cerrando la fila, Rodrigo el viejo. El mejor carpintero de la región —nunca hubo otro, así que esto no se discute—, viste un delantal verde de loneta, provisto de un gran bolsillo donde carga martillos, serruchos pequeños, clavos, cola, lima para madera y otros elementos que jamás usa pero los tiene por las dudas.

Cuando el padre muera, Rodrigo el joven heredará el título y los clientes; entretanto, es el que toma las medidas, cepilla y da terminaciones más refinadas a la mueblería del anciano.

—Descarguen todo y váyanse —ordena el mayor—, esto lo quiero hacer solo. Este cura me casó y bautizó mis hijos. Será mi regalo de Navidad. También será el que me perdone cuando me esté yendo —esto último más para sí que para oídos ajenos.

—Hace un calor de mil demonios —Rodrigo, parado delante del altar, seca su frente con un pañuelo a cuadros—; a ver, muchacho —dice al monaguillo—, sostenme aquí, que yo levanto este muerto del otro lado.

La cuña, bien metida, consigue al fin elevar el pesado madero.

—Podrido y viejo como está, la madera es de las buenas... pero anda, anda para afuera, que tenemos algo mejor —arroja el tablón al patio trasero, y se arrodilla para meter la mano y rebuscar restos de madera o basura que impidan colocar el trozo nuevo.

Halla unas cuantas piedras, un listoncito de metal, el aserrín que dejó la polilla en tantos años, porque la iglesia es antigua. Ya estaba cuando los Reyes Católicos, si será vieja. Los dedos artríticos tropiezan con algo duro. ¡Bah! Un pedazo de papel, doblado y redoblado, marrón negruzco de tanta oscuridad. Se lo tira al fondo del bolsillo sin mirarlo mucho. Debe apurarse para terminar antes de la misa de la noche.

—¡Faena terminada! —grita en la sacristía. Aparecen al instante don Pepe y el monaguillo.

—A ver —dice el carpintero—, hagamos como en el teatro... usted viene por aquí —empuja al cura hacia la sacristía—, camina para acá... bien... da tres pasos... ¡no se tropezó! ¡el trabajo salió como Dios manda!

—Tantos años —dice el cura muy risueño— tropezando sin atinar a cambiar el escalón.

—Bueno, bueno, don Pepe, a todo hay que ayudar... yo le doy el madero, y usted no le dé tanto al vino.

Entre risotadas, chanzas y bendiciones, el carpintero se despide.

Recién con el vaho del caldo de gallina, recuerda el papel.

—Léelo tú... mujer, que sabes de estas cosas —su mujer es hermana del cuida libros, por lo tanto, sabe.

No es que la mujer “sepa de esas cosas”. La triste verdad es que Rodrigo jamás aprendió a leer.

Las manos callosas de doña Lola intentan desdoblar el papel, que cruje y se parte al primer intento.

—Espera... espera —detiene la mano del carpintero—, deja que lo haga con cuidado, a mi manera.

La hoja es grande, pero se ha quebrado en varios sitios.

Ella las une para intentar leer.

—Hombre —dice—, mejor limpio las gafas. Estas letras no las entiendo. Parece español antiguo.

Lavados los lentes, prueba de nuevo.

—Es que la tinta se ha desleído, por los años —comenta al rato. El hombre terminó la sopa, y espera. De pronto se le ocurrió que el papel aquel podría ser el mapa de un tesoro. Pero no. Son puras letras.

—Pues anda, mujer, que eres lenta... ¿qué coños puedes leer?

Doña Lola, transpirada de emoción, ha buscado el aposento de sus nalgas en la silla.

—Es una carta... dirigida a la virgen... y tiene los años... no lo creerás... 1400 es... no se lee bien... aquí dice que cuando ella lo vio por primera vez, lavaba su ajuar de novia en la fuente frente a la iglesia... que verlo sobre ese caballo negro, los vestidos bordados en oro, el sol dándole de atrás, lo confundió con un ángel a caballo... que los rizos eran rubios... le flotaban al viento... los ojos de él, azules como el cielo, se pegaron a los de ella... tuvo ganas de huir, de repente advertida que ese ángel podría ser el diablo... que no pudo... ¡que traicionó a su novio! Espera, hombre... a sus padres... a su iglesia... que después de haberse entregado, riendo, él le dijo que con ella no se casaba... que un Comendador del Rey no matrimonia con una campesina... ¡Ay, mi Dios!... ¡Qué espanto!... Que entonces, en el segundo encuentro en el bosquecillo de sus sigilos, ella... ella clavó la daga sobre la cruz del pecho... ¡lo mató! Que no culpen al pueblo: ella lo mató,... despechada, loca —doña Lola lloriquea, los anteojos deslizados a la punta de la nariz.

—¿Hay alguna firma? —Rodrigo está desinteresado. Si no hay tesoro, ¿para qué tanto palabrerío?

—Sí, la hay. Una enorme L., y otro pedido de perdón,... esta para F. F. debió haber sido el novio, me imagino.

—No te imagines tanto, y arroja el papel a la basura. Si me traes la carne, me la como y otro día en paz en este pueblo. De verdad, aquí nunca pasa nada. Sólo este calor, que apesta.

—Y algunos muertos revolcándose en la tumba —doña Lola colige que larga será su noche desvelada, tratando de entender aquel misterio, que supo ser tan bueno que hasta engañó a don Lope.