“La mujer siempre será mujer, es decir estulta, aunque se ponga la máscara de persona”.
Erasmo de Rotterdam
(1469 - 1536)
Literato y filósofo holandés
Regla número doce
“Un verdadero amante no desea abrazarse en el amor con nadie más que con su amada”.
Misionando
Julio 16:
El jefe la contrató. Ella aparece y desaparece de los agujeros dentro de los que él se mueve; ahí recibe órdenes y contraórdenes. Ahí la gasta con palabrotas —conozco bien al jefe. Después, la manda a misionar. Cosas chicas, el primer tiempo. El jefe nos explica la palabra: misionar.
—Si nos agarran, no es lo mismo que confiesen: salimos a matar o a robar. Misionar. Ustedes salen a misionar, ojo. Esa era la palabra preferida de la prostituta que me parió y me tiró a la cuneta. No salía a putear. Salía a misionar —amargo y sarcástico, el hombre.
Cada vez que aparece el tema, suelta el botón del cuello, y afloja el nudo de la corbata. Más y más. Una vuelta pensé que a lo mejor en otra vida, murió ahorcado. Tiene fijación, o manía con la corbata. Me revienta que diga eso de la madre. La mía que en paz descanse, era una santa.
Agosto, creo que 2 o 3:
Dicen que el mundo es chico como un pañuelo. Parece que no siempre. Ni yo, ni mis cinco compinches le vimos nunca la jeta a la mina ésta. A lo mejor es una loba batalladora y tetona, que lo trae al viejo del bigote. Lo hace a propósito: nadie la conoce. Él dice que tiene más agallas que nosotros. Le gusta trabajar sola, no es una pendeja.
Agosto 23:
Este día sí que lo tengo presente. Sólo por cambiar, me arrimé lejos de los boliches conocidos. Entré, campaneando el ambiente y la merca. Para un olfa como yo, vigilante de alma, nada del otro mundo. Al rato de estar en la barra, me doy cuenta que alguien puso la moneda que hace sonar el aparato de música. Se me encoge el pito. Está sonando Volare. Volare es Sicilia, donde nací. Y toda Sicilia es Gianna. No el mar, ni la casa de piedras. Toda Sicilia es Gianna. Mi único recuerdo valioso. La piba que casi consigue cambiar mi destino. Gianna, la de los rulos negros, apretados. La de las axilas oscuras pobladas de vello. La del sudor nervioso arriba de los labios. De un saque me atoro con el vino. Cuando se casó con otro y salí para matarlos, mi viejo actuó rápido y me mandó a América. Despacio, me volteo para ver quién eligió ese, justo ese disco.
No es Gianna. No es morocha. Es pelirroja, usa anteojos de carey, y lee una novela policial. De tanto en tanto, recuerda la gaseosa y se la toma. Parece una estudiante que no conoce el rioba y se metió en ese bar por pura equivocación.
Setiembre 21:
Tabita y yo hicimos un picnic a orillas del río, en Olivos. ¡Me olvidé! La pelirroja se llama Octavia. Es de Salta, y en la casa, la llaman Tabita. Me costó un laburo de locos levantarla, ojo.
La veo poco. De día cuida chicos por hora, en la casa de algunos ricos de la Recoleta. De noche estudia. No se cuelga de mi cuello, pesada o insistente, como las otras.
—Hacé tu vida, que yo hago la mía —es su estilo. Para que me sienta en libertad.
Qué libertad ni qué carajo. Así consigue que me meta más y más con ella. Hasta ahora no sé dónde vive, ni el número de su teléfono. La cita es siempre en el mismo bar. Por supuesto, cree que trabajo con mi hermano en una fábrica fantasma. Ni hermano tengo.
—Si algún día no aparezco —dice vistiéndose con la velocidad de un galgo, puro nervio— no te asustes. Otra gente me llama, y cuido chicos por la noche. La guita no alcanza.
—Siempre usás pantalones —me quejo—, con semejantes gambas, si yo fuera vos, usaría sólo minifalda.
Soñoliento, miro el techo. Tabita es delgada pero musculosa. Es pelirroja. Es linda. Estoy enamorado, y no me gusta que diga “guita”, o “mejor guardá la poronga”, cuando yo insisto. Tampoco me gustó saber que es diestra en artes marciales, o que, como su papá era policía, decapita una botella con una sola bala. Eso pasó un día que fuimos a Capilla. Quise enseñarle, y tenía más pulso y más puntería que yo.
Mañana hay algo grande en carpeta. Mejor me despabilo. Si el jefe me ve distraído, me pone de campana. Odio ser campana. Me gusta estar en el medio, jadeando, con la adrenalina metida hasta el culo. El dedo listo en la culata. Una vez vi en la TV algo de Robin Hood. Una jodida historia blanduzca, de amor. Ese asaltaba para darle a los pobres, y destruir al tirano que los afanaba. El jefe roba para él. Es un bocho. Oscar, mi compañero, dice que tiene más de 180 de no sé qué mierda de inteligencia. No me puedo quejar. Vivo bien, tengo buen auto —de perfil bajo, orden del jefe—, no tenemos que avivar a giles. Si esta Tabita sigue rendidora, la traigo cualquier día a mi depto.
Octubre de mierda:
Estoy incomunicado en uno de los aguantaderos. Una vieja gorda —que debe ser muda— me trae la comida y se lleva la ropa sucia. Lo agarraron a Oscar, a Pedro y a la loba. El viejo anda rodando de un abogado a otro; uno que siempre se ocupaba, esta vez se abrió de piernas.
—Te pago el doble —el viejo le apiló los verdes como si fueran diarios sobre el escritorio.
—Ni por eso, ni por más. Esta vez fuiste demasiado lejos.
El viejo juntó la pila y le estrelló la cabeza de un tortazo. Menos mal que no lo mató, y se rajó a tiempo. El tordo no se puede quejar. Tendría que dar explicaciones, y no le convienen.
Octubre otra vez:
No tengo radio ni TV. El viejo no deja que me traigan los diarios. “Nadie sabe quién sos”. “Inventé que sos mi sobrino... que estás un poco loco”.
Los primeros días aguanté bien. Caminaba por la sapie, hacía gimnasia, o tomaba mate. Dormía maso. Hace poco empecé a extrañar. A Tabita. Los tragos. Hasta el Obelisco boludo extraño. Quiero caminar, escaparme al bar. Qué pensará la pelirroja. Que la abandoné, que le mentía cuando me amansaba y la dejaba atar mis manos a la cama... y yo la dejaba jugar, esperando para ensartarla en la ganchera. Mirá qué joda. Solo como un perro, invento que la llevo a Sicilia. Ella y Gianna se confunden. Al tener a una, las tengo a las dos.
Diciembre:
Si sigo aquí, de verdad me vuelvo loco. El viejo inventó una operación rescate. A los nuestros los van a trasladar. Aprovecharemos para liquidar varios canas y largarlos a ellos. Trae planos y horarios. Todo calculado y pensadito:
—Vos vas a ir en este auto —el rojo— por esta calle... A ellos los van a sacar por atrás. Los seguimos hasta acá... Yo iré en el camión-grúa. El Gringo va a tener lista la Van, la de vidrio oscuro... esperará a la vuelta de la avenida, a la derecha.
—¿Dónde averigua tanto dato? Hora, fecha, la puerta exacta —digo prendiendo un faso.
—La mosca abre muchas puertas —afirma—. Pero atendé... atendé bien. Primero, me cruzo con la grúa. Cagá de un balazo al chofer, yo me encargo del acompañante.
—Corré atrás y reventá la puerta, con esto —me entrega una Itaka con la carga—. Acordate que los nuestros van adentro, a ver si te bajás alguno sin querer.
Enero:
Hoy es el día. Me pasé la noche en vela. Tabita bailaba desnuda, y se reía. Me tuve que masturbar, pero igual me revolqué en la catrera hasta que cantaron los gallos. Soy un tanito tarado y calentón. Mirá que tomar temperatura al pedo con una mina que está lejos, que seguro se encontró otro tipo.
Todo va saliendo bien. Miro el reloj en el momento que el blindado arranca con los nuestros.
Una cuadra adelante, el Capo despega suavecito con la grúa. Los canas quedan en el medio. Según el plan, al llegar a la altura de Rivadavia al 9 mil, el semáforo estará rojo. Y rojo seguirá. Ahí el viejo se atraviesa, y empieza la acción. Aceitadita y prolija. Misionar con cautela —oigo la voz del jefe en el oído.
Lo que sigue es tan rápido que ni cuenta me doy. Bajo rajando con el arma en la mano, el semáforo en rojo. Me aproximo al blindado. No alcanzo a disparar. La puerta se abre, y saltan los milicos. Otros aparecen de unos edificios, como hormigas. Un francotirador, desde un techo, parte en dos al viejo. Furioso, tiro y tiro a los del camión, a matar.
Extraído de un periódico de Buenos Aires.
Noticia de último momento:
“Anoche, alrededor de las veinte, el barrio de Floresta se conmocionó con una balacera entre las fuerzas públicas —alertadas por un llamado telefónico— y un grupo comando de una peligrosa banda, que pretendía rescatar a tres de sus compinches. Éstos habían sido apresados en octubre, luego de asesinar a sangre fría en Las Lomas, partido de San Isidro, a una pareja y a sus dos hijos, en un intento fallido de robo. En la contienda perdió la vida una señora del vecindario que compraba en una verdulería. También dos policías. Dos asaltantes fueron abatidos desde un techo. Una mujer incriminada por el atentado en Las Lomas, que era transportada en el vehículo policial, salió malherida y falleció antes de llegar las ambulancias.
”Tenía un grueso prontuario. Entraba a las casas y a la confianza de la gente cuidando niños. De joven fue maestra”. El oficial a cargo promete más información para la tarde. Sólo agrega:
—Suerte que a la fulana la mató el compinche del auto rojo. Menos quilombos para nosotros, mejor.