31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Leyes de Manu, año 1280 A. C.

India, libro sagrado para instituciones religiosas y civiles:

Regla nº 154:

“Aunque sea censurable la conducta de su marido, aunque se dé a otros amores y esté desprovisto de buenas cualidades, debe la mujer virtuosa reverenciarlo constantemente como a un Dios”.

 

Regla número trece

“Cuando es hecho público el amor raramente perdura”.

 

“Marte y Venus”, por un alumno de Hendrick de ClerckMatorrales y lechos de dosel

El rey pensó en una fiesta que no tuviera precedentes. La ofrecería en los jardines, apenas se ocultara el sol. El marco lo aportaría la gentil primavera, explotando en los rosales que hacían famosos los exteriores del palacio en el mundo entero. Las viandas exquisitamente seleccionadas se expondrían sobre manteles bordados. La sillería de patas delgadas, doradas con oro, aguardarían dentro de las tiendas confeccionadas en gruesa seda, realzadas con flores y aves exóticas, en relieve. Los mozos harían el servicio de a caballo; animales enjaezados, al igual que los criados.

Proclamó un permiso especial: las calles de la ciudad debían ser iluminadas, y la fiesta se extendería a la gente del pueblo, la que recibiría comida, vino y músicos. Las prostitutas podrían bailar desnudas, y los borrachos beber hasta la inconsciencia. El rey aquel era generoso. Mucho más generoso desde la visita al país de los vecinos. Su mirada detenida en la belleza de Margarita en un flechazo de ceguera, fascinante. Una Margarita de doce años, que no conseguía esconder los nervios de sus manos entre la inmensa falda; temerosa que el repique del corazón, como tambor batido, fuera escuchado por las señoras de su corte, ella también tocada, y en lo íntimo.

Precedida por obsequios fastuosos, arribó al país de su elegido rodeada de parientes y damas de séquito, elegidas de antemano. Margarita pretendía ser conocida por el pueblo del que sería reina, aceptada por sus méritos, inteligencia y belleza unidas, antes de que empezaran las publicaciones de la unión. Unión conveniente para los dos países, con el aditamento —extraño en la época— que los que se casaban, lo harían por amor.

Con un redoble de tambores, se anunció el arribo del Rey. En el banquete los comentarios perdurables, dicen que jamás se vio rey vestido con mayor elegancia y lujo refinado. Que las botas de piel, fueron confeccionadas por artífices selectos, y que las piedras de la capa, colocadas en arabescos, remedaban espejos diminutos en un intento de reflejar la dicha de este enamorado.

Repartiendo sonrisas, un mar de cabezas inclinadas aplaudió su paso. Detenida por sus bellas hermanas, Margarita aguardaba para bailar su primera danza con el joven, tan feliz y turbado como ella. Bailaron, con los ojos prendidos, uno en otro. Comieron y bebieron, en medio de una algarabía que tenía su eco en la calle; las mujeres, en un desaforo inmemorial, convertidas en Eva, perseguidas por una jauría de machos desatados, el vino derramado, los chiquillos trenzados en bataholas por los restos, y de pronto... un tañir de campanas, en la torre.

Un sonar que impuso el silencio, como de amenaza súbita. Calló el pueblo y callaron las voces en las carpas. Los jóvenes trovadores escondieron en las mangas las esquelas con sus versos y colgaron sus cítaras calladas. Cada verso, una requisitoria amante para una casada infiel, que a su vez, le entregaría la respuesta al mensajero útil.

Los alcahuetes pululantes, estiraron las orejas para no perder detalle; cada dato, vertido en el oído preciso, engordaría su bolso y le otorgaría más poder. Participar en una corte, en esos tiempos, requería de astucia y oportunidad. Si lo sabrían ellos.

El rey, esperando, se entretuvo en un nervioso doblar y redoblar su servilleta. Un legado de lejanas tierras se agachó en su oído. Colocó en la mano un papel lacrado, que el rey leyó sin ganas. Pero... su palidez se hizo evidente, como su disgusto.

—¿Nos estarán invadiendo? —preguntaban.

—¿Murió la reina madre? —suposición factible para semejantes rostros.

—Les ruego un instante —recomponer la voz, para el rey, fue tan penoso, que no logró tranquilizar a nadie.

—¿Pues qué sucede, mi señor? —Ricardo, el primo del rey, lo tomó del brazo en medio del azoramiento general.

—El mensajero es de Roma... El Papa me comunica que Margarita y yo... somos primos en segundo grado. Me recuerda que hasta la séptima generación, estas uniones están y seguirán estando, prohibidas... —sin controlar el duelo, el rey lloraba.

Margarita, sonámbula por la angustia, fue llevada a su cuarto por las dos hermanas. Los mozos descendieron de los caballos para limpiar las carpas. Los invitados, urgidos, huyeron con el chisme a sus palacios. Dicen que las cosas de palacio van muy despacio. No era éste el caso. Más veloz que un reguero de pólvora, cada habitante sabría: el rey no podía desposar por iglesia a Margarita, o serían excomulgados por el Papa.

Ustedes saben que las historias a veces son reales, y muchas más, se inventan. Lo cierto es que Margarita, recuperada velozmente con la fuerza de la juventud, perdió esa misma noche la virginidad entre los matorrales más lejanos y privados de palacio. Que jamás abandonó el país. Que tuvo dos hijos de pecado con su primo. Relación de doseles confiables. Cama caliente a la que su señor llegaba por pasadizos secretos y oscuros, en sigilo. Donde el delirio, eludiendo consignas, albergaba a los amantes en jadeo hasta la primera luz del alba, una y otra noche, en muchos años. Pasa la efervescencia de la pasión visceral para dejar sitio a la relación de amantes sosegados. Maduros para las confidencias, tiernos en la mirada, y astutos para eludir la bulla de sus amores en salones y pasillos de palacio. El pueblo, que parecía tener ojos en las recoletas cerraduras, aplaudía a los amantes, y desdeñaba a la Reina que su Rey tuvo que desposar para simular ante dignatarios asustados por la falta de herederos posibles. La elegida era fría, bastante fea y con una osamenta huesuda, descarnada. “Cuando camina, se anuncia por el ruido de sus huesos”, era la burla menor que circulaba. Despechada, la joven entretenía el tiempo bordando tapicería o montando a caballo, esperando inútilmente al Rey, o que cayera nieve en ese país caliente, donde ella desentonaba, que jamás amó, y donde murió joven, virgen y reverente.

A la sombra de los árboles del bosque, el Rey besaba a su dama en la yema de los dedos, sensualmente, sabiamente, diciendo:

—No serán hechos públicos jamás, Margarita, ni nuestro amor ni nuestros hijos, pero tú serás mi reina para siempre. Tal vez en otro tiempo, esta ley, que es sólo de los hombres, no de Dios, caiga abatida por Su Mano, y mucha más gente sea feliz, como nosotros.

Entretanto, retomarla en los brazos y besarla, era alcanzar el mismo cielo altísimo que su religión colocaba fuera de su alcance, negando su usufructo al amor.