31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Soy hombre

Jorge Debravo

“Soy hombre, he nacido.
Tengo piel y esperanza
yo exijo por lo tanto
que me dejen usarla.
No soy un dios; soy un hombre
(Como decir un alga)
que exijo calor en mis raíces,
almuerzo en mis entrañas;
no pido eternidades
llenas de estrellas blancas.
Pido ternura y cama,
silencio, pan y casa...

Soy hombre, es decir
animal con palabras
y exijo por lo tanto
que me dejen usarlas”.

 

Regla número catorce

“El amor logrado fácilmente tiene poco valor; la dificultad para obtenerlo lo hace valioso”.

 

“Venus con Mercurio y Cupido”, por CorreggioLíneas convergentes

Parte I

Bar “La Goleta”, Marsella, 24 de agosto de 1944.

—Annette, en la mesa del fondo piden otra vuelta de vino —René habla a su ayudante sin mover la cabeza. Deposita la bandeja con pulso temblón. Las copas tintinean; él retiene su diestra con la otra mano—. Este Parkinson me cagó la vida —murmura entre dientes. El Parkinson, la guerra; el miedo que late en sus intestinos; la putona de su mujer, desaparecida con un rubio...

Toda su vida: una pura mierda. Piensa en castellano porque es español; llega a “mierda”, se detiene, y lo hace en francés. Detesta los diptongos: le restan fuerza, insidiosamente, a la palabra; nunca será lo mismo “mierda” endulzada con una “i”, que un rotundo “mérde”.

Observa el caminar pesado de Annette, el enorme vientre, las piernas hinchadas por el embarazo, la cara seria, pero saludable. Las bretonas aguantan el rigor de la vida... Mi gran incógnita es quién pudo embarazarla...; se esconde de los soldados alemanes...; otros jóvenes no quedan... Tamborilea distraído el borde de la bandeja. Bueno..., está el curita irlandés de la iglesia de la vuelta, o el monaguillo..., un niño..., aunque en estos tiempos de guerra los niños aprenden en una noche...

Marsella transpira dentro de un sudario de polvo y escombros. Un bombardeo tras otro, ¡y van tantos..! Sobrenada en el local un humo persistente, con emanaciones de pólvora y de cloaca... ¡Un asco! Los que se atreven a salir a las calles después de un bombardeo, lo hacen empujados por urgencias. Hasta ayer, con la taciturna cabeza entre los hombros eran zombis enmudecidos en un cementerio adornado con esvásticas. Hoy, hasta los niños conocen la noticia: las tropas francesas, al mando del general De Lattre de Tasigny, marchan hacia la costa mediterránea. Alemania se quebró en el Atlántico, rotas al fin sus filas de hierro. Hitler, irascible e histérico, tortura a sus secuaces más fieles. Francia entera conspira; las fuerzas de la Resistencia consolidadas, actúan sin miedo. Los maquis devuelven al invasor idéntica furia y odio; la sed de sangre les ha sido contagiada por el enemigo. Los franceses aprenden el rito satánico, desde el fango de la humillación y del sufrimiento. No quieren alemanes que se rindan; quieren alemanes muertos. ¿Cuántos amigos y parientes cayeron en la Línea Maginot, aplastada como castillo de naipes..? ¿Cómo acallar el corazón, desgarrado por la amada bandera arrebatada de los mástiles..? Y en el fondo, la desazón que ahoga: ¿cómo explicar la actitud de los franceses mal nacidos, que los quieren entretener con planes de armisticio?, ¿cómo comprender la cobardía del general Pètain, de Laval, de esa corte de alcahuetes que se desplaza por París en sus Mercedes negros, divertidos con mujeres caras, que toman champagne y bailan como si afuera no pasara nada..? No se cicatrizaron las heridas de los sucesos de Tolón, en noviembre del ‘42, cuando un grupo aguerrido de hombres de mar incendió en el puerto sus barcos de guerra: “Estos cañones no matarán a nadie de nuestro pueblo”: ¡compromiso de honor! Pero juntas, las lágrimas de aquellos marinos forman un río que nadie podrá enjugar, jamás.

René mira hacia fuera con simpatía. De golpe, tararea en voz baja La Marsellesa: Ya vienen, ya están cerca los muchachos del himno... Los transeúntes apresurados disimulan la alegría de las noticias.

Empuja con el codo el disco donde Jean Sablon canta “Vous que passez sans me voir”. Antes de la guerra, lo colocaba una y otra vez en su fonógrafo RCA. ¡Si pudiera dar marcha atrás en el tiempo..!, refunfuña. Su mente, más ágil que su cuerpo, escarba afanosa en la búsqueda de otros momentos felices: sus escapadas a París..., sucesos de hace mil años.

No obstante, la pituitaria retiene el olor al humo del tabaco, del sudor, del perfume barato de los comensales, apretujados contra las mesas; en sordina, las voces y las risas se interrumpen: aparece ella, Lucienne. Canta entre el público; mira a los ojos como si sus tonadas dramáticas o pícaras se dirigieran a una sola persona, él mismo, seleccionado entre el montón. La hermosa voz lo sacude; Montmartre se estremece; los resortes del sentimiento, escondidos, estallan; le transpiran las manos; debajo del cuello de la camisa, la vellosidad y la piel se enervan conmovidas...

Una noche como esa, refugiado en La Butte, su mirada atrapa en un rincón a una morenita de pelo corto; delgada, parece un muchachito. Hay oscuridad, magia, un atávico llamado del sexo, nostalgia de otra mano y mucha soledad derramándose por su piel sarmentosa de sesentón.

La meretriz le indicó, esa misma tarde; a Titina su pupila: “Ponte el vestido rojo; en el cabaret podrás levantarte un buen pichón”. Distingue a René entre las cabezas; en la cara, estampada la honestidad; es el incauto de una noche. Agita en su dirección una manito de uñas pintadas. Gesto infantil, más sólido que un puente de hierro, que otorga el coraje necesario en estas lides. ¿Otro ingrediente?: dos días enteros encerrados en un hotelito, alimentados con sopa de cebollas, pan crujiente y vino rojo, rompen las últimas reservas de René. Se siente enfermo de amor, borracho de entusiasmo; se despeña como un chico en la pendiente de un tobogán que le corta la respiración, y al instante siguiente lo ciega o lo empuja hacia un vórtice caliente que lo chupa, lo suelta y lo deja siempre sin aliento. Ella lo lleva y lo trae por la peligrosa cornisa del sexo, veterana sin vergüenzas, divertida con sus calzoncillos de franela y su evidente inexperiencia.

En los descansos, insomne, él observa esa carita de niña. Es la imagen de la desdicha, sucia por el comercio al que, sin dudarlo, la arrojó la miseria; le cuenta las costillas, la piel sin brillo. Las tetitas de perra flaca, dibujan un ayer de hambrunas. Hasta el nombre es frágil: Titina; nombre de campanita de vidrio, susurra René con una sonrisa. Su machismo se agiganta en planes; advierte en ella la ignorancia absoluta de la moral; los arrebatos son pueriles; la evidencia de mal carácter. ¡Es tan joven y tan inteligente..!; estoy seguro que podré cambiarla. La sueña en el jardín de La Goleta; la imagina colgando cortinas. Resultará una buena compañera cuando se pula un poco...

Ella lo deja hacer: divagar, proyectar, esbozar en el aire ilusiones que no le importan; ¡total..!, ya le regaló una valija de cuero, tres vestidos y zapatos que hacen juego, un montón de ropa interior —la obligó a tirar lo que traía puesto—, y un anillo. A la semana se da cuenta que está casada, casada para siempre con un desconocido, demasiado viejo e inocente para sus dieciocho fogueados años. Cerrado y sombrío, cuando pretende entusiasmarlo con la idea de vivir en París, “su ciudad”. Esa ciudad que de noche abandona su pose solemne de museo para volverse peligrosa, emocionante, loca, estruendosa y, por sobretodo, brillante; brillante e intensa como a ella le gusta: “París de noche es como un guiso picante: lo comés sin darte cuenta”.

—¡Pero, querida..! —René menea la cabeza, entristecido—. En Marsella tengo mi negocio..., me gano el sustento... —y tiene ganas de agregar:— nunca estarás sola, y nunca más pasarás hambre —pero lo calla para no ofenderla. Algo, en la actitud hostil de Titina, le produce un ramalazo de miedo.

Ella cierra la valija groseramente. Sigue al marido desganada. El rencor crece, en oleadas, en su interior. El hijo de puta me tendió una trampa. Pero escaparé al primer descuido; escaparé sin mirar atrás. Se lo jura, cruzando los dedos como le enseñó el italiano que una vez se revolcó en su cama.

Tres meses más tarde, comparten la misma certeza: han sido estafados, René, en lo más hondo de su inocencia y Titina, que vio en la valija y en los trapos encerrada la golondrina que no le significaba la primavera. De día, ella lo persigue con insultos terribles: “Eres un gallego, un patán; te crees superior a mí porque leíste cuatro libros locos... ¡Cuánta razón tiene mi amiga: mucho seso, poco sexo! Debiste quedarte de cura, con tus sermones y tu moral de viejo...”. Una avalancha de injurias frente a los parroquianos. René cree que el piso se hunde; el sistema nervioso le falla en los músculos, el corazón cambia de ritmo, las piernas, súbitamente paralizadas, se niegan a caminar, y ese estremecimiento en las manos lo enloquece...

Un día Titina se esfuma con el dinero de la caja y su famosa valija. Todos saben que huyó con un rufiancito, atolondrado como ella, que será su macró, ese del que habla el tango. Recibe contenta los sopapos que él le propina. De noche, entre las callejeras, exhibe los moretones como prueba de la pasión de su amante. La entrega del dinero ganado en la oscuridad es una ceremonia remojada con bebidas y sexo “de verdad”.

En Marsella atardece. René endereza la foto de Maurice Chevalier. Hace tiempo, cuando nadie soñaba con la guerra, había otro retrato: el de Marlene Dietrich, que lo seguía por el local con sus ojos preñados de misterio; lo guardó en la profundidad de un cajón.

En la mesa del fondo leen un pasquín, de los que reparten los de la Resistencia. Los dos parroquianos son viejos amigos de René. Éste se aproxima, para terminar la tarde en compañía. Desde hace varias noches tiene un sueño curioso: sucede dentro del aula de seminaristas, en Salamanca, cuando estudiaba para cura. Como flotando, se le aproxima alguien que le resulta familiar; reconoce a su confidente, el anciano sacerdote que le enseñó latín; el sacerdote sostiene en las manos un libro cerrado. René silabea las letras doradas de la tapa: “De caelo et Ejus mirabilibus et de inferno”;1 el guía revolotea a su alrededor como un viejo angelote, le enseña con el índice las palabras, insistente. René despierta mojado en sudor; ¿se trata de un mensaje, o debe dejar de cenar para evitar las pesadillas?

—Bueno, se acaba la guerra. Tal vez sea momento de pensar en lo que nos espera después de la muerte —sentencia, al apoyarse con pesadez en su silla. Los amigos lo observan con franca sorpresa.

—¿Qué nos espera..? ¡Vamos, René, nos esperan los gusanos! —el que habla es médico; corona su cabeza una gorra de lana encasquetada hasta las orejas. Suda con el calor, pero no se la quitará, por cábala, hasta que acabe la cochina guerra. Mira al dueño, divertido, pero se rasca debajo del casquete, nervioso por algo que lo inquieta.

—Bueno, a los gusanos no los podemos evitar, ya que de carne somos. Pero lo otro..., lo otro me trae sin dormir... Alma, espíritu, nuestro indiscutible nexo con el Más Allá... ¿No pensaron nunca en eso..? —lía un cigarrillo con parsimonia; al rato consigue encenderlo—. Cuando era seminarista, casi cura, les diré, un sacerdote me prestó un libro, un hermoso libro; lo escribió, según mi memoria, un místico sueco... No, no se rían; esto va en serio. Habla del cielo y sus maravillas, del infierno y los diablos. La verdad es que despertó, como un campanazo, mi conciencia del otro mundo. No me gusta hacer daño, pienso en cosas... Cosas que nadie piensa hasta que se pone decrépito como nosotros —tose por el humo. Se queda esperando la reacción del dúo que lo enfrenta.

—¿Cosas como qué? —el otro viejo, el notario del barrio, retrepa su flacura en el asiento. Un ligero fulgor de interés asoma y se diluye en sus ojos—. ¿Qué cosa le puede interesar, fuera de saber si su hijo sobrevive en algún lugar del frente, o si sus dos sobrinos volverán a casa alguna vez? —se sobrepone. Espera una aclaración de René.

—Y..., miren... La certeza de que si actúas según tu conciencia, sin importar credo ni religión, cuando te mueras tu alma irá a un buen lugar, entre tus pares... En cambio, si vives a contrapelo de los preceptos, te esperan el fuego o los diablos.

—Ahí es donde los que arman las guerras quemarán su culo: ¡en el infierno!; ¡un infierno bien caliente, para que estos asesinos no salgan vivos!

El notario se incorpora con violencia. El médico se dispone a seguirlo. ¡Este René los pone de vuelta y media! ¡Miren que olvidarse de los bombardeos, de la loquita ladrona, de las tropas que están cerca, para endilgarles la historia del Más Allá..! Él es ateo; en lo único que todavía cree es en la amistad: ¡cuarenta años de amigos los tres, sin fallarse nunca!

—¡Qué calor hace! —rezonga cruzando la calle, hacia su casa, frente al bar. Entra en puntas de pie; no quiere toparse con su mujer, que con los años se ha convertido en chismosa, enterada de vida y milagros de la gente del barrio. “El hijo de Annette, ¿no será de René?, ¿o del cura?”; aunque ella está segura de distinguir, algunas noches, escondido en la oscuridad, un auto negro que “¡seguro, es alemán!”.

—¿Cómo haces para ver tan clarito, si estás casi ciega? —le retruca el galeno, harto de maledicencias.

En la otra vereda, René se quita los zapatos mientras Annette cierra el negocio.

—Voy a acostarme un rato —dice ella, doblando el repasador—. Creo que de hoy no paso.

—Sí, mujer, no te preocupes. Te recuestas. Dentro de un rato te alcanzo un té.

La mira con lástima. ¡Pobre chica! ¡Diecisiete años, sin los padres, y a punto de parir! Suerte que el médico vive cerca. Apaga la última luz y entra en la cocina. El agua en la pava, el té en el fondo de la tetera... En ese momento empieza el estruendo: ¡otro bombardeo! Tropieza, en el intento de llegar a la habitación de Annette; se detiene, agarrotado, a medio camino. Es la joven, descalza, quien lo ayuda a bajar al sótano.

—Despacio... —recomienda ella—. El cuarto escalón está suelto... Bueno..., ahora..., ya está...

Lo ubica en una silla con la paja rota. Pacientemente le endereza las piernas. En ese momento se corta la luz.

—No te vayas muy lejos, hija... Quisiera ayudarte si viene la criatura... —ofrece para alentarla. ¿Podrá hacer algo, entumecidas como siente las piernas, más temblores en las manos, con tanto nervio y emoción..?

La chica se recuesta en un rincón, sobre unas bolsas. El dolor de cintura es tan intenso que la obliga a buscar comodidad para el pesado vientre poniéndose de costado. Los ruidos de las explosiones estremecen las paredes. Se desprenden trozos de mampostería que caen como proyectiles alrededor de su cuerpo y su cabeza. Se ovilla para proteger al hijo. A cada estruendo el techo y la tierra tiemblan. Perdida la noción del tiempo, el miedo obstaculiza la salida de la criatura; la matriz lucha por expulsarlo, y el pánico, por detenerlo.

Tres días después, René abre los ojos, que se niegan a la claridad. El notario, sentado sobre la cama, le sonríe.

—¡Por fin, René! —se levanta y lo abraza; tres besos en las mejillas—. ¡Terminó la guerra! ¡París fue liberada!

René intenta sentarse, pero las sienes le martillean. Se da cuenta, palpando, que tiene la cabeza vendada y que debajo pasó algo, por el dolor intenso. El médico, sin el gorro, entra con un plato de sopa. Se abrazan los tres. El notario cuenta; el otro agrega datos:

—¡No nos explicamos cómo, esa noche del 24, Annette pudo hacer tantas cosas; parió sola una hermosa nena, sana, que se llama Elianne... Ató el cordón de su hija con una soguita negra, que parece de zapatos...; te arrastró hasta la cama, te limpió, me llamó para que te cosiera la cabeza. Al atardecer del 25, cuando la busqué, había desaparecido. La ciega de mi mujer jura que vio al auto negro de su paranoia arrancar con Annette y la hija. Yo no vi nada. Nadie más vio nada.

Adormecido por la sopa y amodorrado con la charla, René cierra los ojos. Un pedazo de techo le rompió la cabeza, pero... ¿soñó o fue realidad? Antes del accidente, está seguro que el escalón flojo crujió bajo la fuerza de un zapato: ¡el zapato negro que ofreció el cordón para ayudar a Annette! Un loco se atrevió, por amor a la madre y a la niña, la buscó entre las bombas y la encontró en la oscuridad, para recibir el primer aliento de su hija contra su cara...; ¡el mismo que lo llevó hasta su cama y le lavó las heridas..! René sonríe para sí: ¡alemán o cura, a buen seguro, con este tipo me encontraré en el cielo!

 

Parte II

Buenos Aires, 20 de diciembre de 1977

Querida madre:

Dentro del block de papel, para que no se aje con el toqueteo, está la acuarela que me mandaste el año pasado para navidad. No puedo evitar las lágrimas, madre. Nuestra casita de Saint Malô se sale del papel, idéntica a la que conservo en la memoria. ¡Y el mar..! ¡Dios mío, cómo me gusta ese mar, con las olas quebradas contra las piedras, y tú gritando para que tenga cuidado y no me caiga..! No me caí en el mar... Me caí de verdad cuando llegué a París y me enamoré perdidamente, olvidando la moral y la razón, del padre de Elianne. En el tropezón posterior me asilé en el bar de René Duval, ¿recuerdas? Era un hombre filósofo, generoso y cordial. Estoy segura: jamás llegó a ser rico. Para mi sorpresa, fui ubicada mediante la embajada, y se me entregó el título de una propiedad en pleno centro de París: ¡René me incluyó en su testamento! Nunca se volvió a casar; no tuvo hijos. Mientras trabajé en su casa, desarrolló una gran ternura por mi vientre, que crecía y crecía; una vez me pidió apoyar la mano para sentir el movimiento del bebé; cuando la retiró, lloraba. Debe ser por eso que se acordó de mí, ¿no crees?

Esta carta te la despachará. Desde París un amigo de Elianne. Le tengo pánico al correo. Este país de maravilla, abierto a cualquiera, rico y hermoso, donde llegué con mi hija pequeña, ya no es el mismo. Una amiga acaba de confirmarme algo terrible: es real la tortura y desaparición de las monjitas francesas, esas que conocí en una fiesta de caridad. Primero secuestraron a Alice. Hoy supe de buena fuente que Léonie Duquet cayó en las garras del famoso —como es famoso el diablo— Alfredo Astiz, y que la torturaron en la ESMA.2 ¿Las habrán matado?

Me parecen irreales los tiempos que vivimos. Es como la guerra de Francia, pero peor, porque ésta es una guerra sucia, entre hermanos. Aquí no sabes quién es tu amigo o quién te denunciará porque te tiene odio. ¡Increíble, cómo los marinos, que siempre han sido lo mejor, lo más selecto de las Fuerzas Armadas, pudieron tener a su cargo, el año pasado, esas muertes masivas. Tomaban los presos, les inyectaban Pentotal para dormirlos, los cargaban en camiones hasta el Aeroparque y, desde un helicóptero, los arrojaban vivos al río o al mar, que está cerca. Hay miles de desaparecidos. Distraen a la gente con el fútbol; el año próximo se disputará aquí el campeonato mundial de ese deporte, favorito de las masas. Me dirás que, con fines parecidos, los romanos enfrentaban a los cristianos con los leones, y es verdad. ¡Piensa que Roma se vanagloriaba de ser una de las cunas de la civilización, y éstos recién deletrean el Derecho Romano! Antes, con Perón, sucedió lo mismo: pan dulce para Navidad, mucha sidra y muchos días feriados y de jolgorio, para disimular la ferocidad viciosa de la policía matando “enemigos” del régimen y así ganar las conciencias de los pobrecitos descamisados.

Madre, no te quiero entristecer con mis noticias. Te daré algunas buenas: la pareja de Elianne marcha sobre rieles, y Ana Pía, que ronda los 14, no hace más que hablar de ir a Francia para estudiar. Los genes tironean...

Miro tu última fotografía, sentada en la galería. Me pareces más delgada, ¿o me equivoco? Pero tus manos, apoyadas con placidez en la falda, y tus ojos que miran a lo lejos —hacia Buenos Aires, tal vez— me nublan la visión y aprietan mi garganta. Vigila mucho tus andanzas; no camines sola por la costa.

En algún momento, Ana Pía te abrazará por nosotros. Tanto amor, mamá, para ti y mis hermanos.

Annette

 

Parte III

París, diciembre ? de 1987

Querida mamacita preciosa:

Mi viaje a Saint Malô resultó estupendo. La campiña francesa es magnífica. Dos bellezas distintas, ambas conmovedoras para mí: la pampa sin límites de mi país, con ese encanto telúrico que brota de la tierra y se esconde en las copas de los ombúes, o se agita en la melena de los caballos, y esta serie de pueblitos pequeños, con las tierras cultivadas y las manzanas que crecen tan al borde del camino que pude, extendiendo el brazo, arrancar la más roja, hundirle el diente y relamer las gotas que se escurrían por los costados de mi boca. Pasé muy temprano, en la mañana, por esos rinconcitos. Hacía frío; había humo en las chimeneas, olor a pan, y hombres con horquillas y perros que ladraban, rumbo al campo. Comparo, sin querer, a esta gente sencilla con la de nuestras Salta, Jujuy y Santiago del Estero, que recorrí antes de viajar. La pobreza árida, los pozos sin agua, la criaturada morocha que espiaba detrás de los trapos que les sirven de puerta, moquientos y escuálidos; sobrevivientes de la tuberculosis, el cólera y el hambre, en un país de recursos millonarios. Los ojos grandes, sin esperanza. Desahucio sosegado de resignación del que sabe que mejor no pensar para no llorar. Se me requete afirma la idea de volver pronto, con los conocimientos precisos, tal vez algún socorro económico de una entidad, gobierno o lo que sea, para abrir un enorme dispensario-biblioteca gratuito, y así colocar mi granito de arena. Tengo un compromiso y haré algo por cumplirlo; pese a todo, mi orgullo de argentina no duerme.

¡Te das cuenta que no sirvo para político! Durante las campañas estos mentirosos lo prometen todo. Un embuste más, para la pobre gente. Cada día admiro más a Sarmiento, que tuvo huevos poderosos y se atrevió a contratar a las detestadas maestras norteamericanas para intentar abrir los cerebros de mis compatriotas; ¡lástima que Sarmiento se murió y no dejó herederos, así como tampoco dejó herederos juiciosos en política el legendario Hipólito Irigoyen! Vivimos en un país en el que a pocos le interesa que hay cuatro argentinos que recibieron el Premio Nóbel, o que tenemos un pintor —tu antiguo vecino— que se llamó Eneas Spilimbergo, que pintó como los dioses. En Francia se exalta lo nacional, se lucha por preservarlo; allá, el olvido y la dejadez invaden las calles; la tristeza del tango no es, ni más, ni menos, que el eco de nuestra desesperanza.

Te comento de Saint Malô. La familia me recibió con alegría pero muy emocionados al escuchar de ustedes; quieren saberlo todo. Llorosas me contaron de la última época de la Bis;3 sufrió mucho con su enfermedad, y se negó, aun en invierno, a que cerraran las ventanas: quería oler el mar y morir con el ruido del oleaje. Creo que más bien necesitaba soñar que Abu4 Annette entraba para, tomadas de la mano, esperar juntas su fin. Mostré las fotos de ustedes, y me hicieron hablar y hablar: de los sucesos político-sociales de Argentina, y de mis planes rurales para cuando regrese. El más entusiasta es Philippe, el hijo de Thérèse; es médico, altruista y loco como yo; de entrada tuvimos mucha onda; tiene una novia encantadora, enfermera de profesión, a quien le ma-ra-vi-lla la Ar-gen-ti-na; los veo como futuros compañeros para el norte —sabes que conozco a fondo la influencia de las débiles mujeres sobre los fortachones.

La Bis dejó varias pinturas para nosotras, muchos libros y su colección de discos de pasta; ¿dónde podré conseguir una victrola vieja para escucharlos? ¡Dios dirá!

 

Diciembre 18 - anexo.

Arreglar el departamento de París me está llevando más tiempo y plata de lo previsto. ¡No, no me mandes nada!; yo me arreglo: soy gasolera y vivo a baguettes y ensalada.

Pero tengo un esbozo de noticias. Te cuento: el domingo salí a comprar una plantita para mi balcón; París es la ciudad de las flores, ya sabes; pero, por mi presupuesto, a lo único que accedí fue a un malvón rojo y su maceta. Antes de llegar a mi esquina, caminando por Henry Bocquillon, desde un balcón alguien me regó, no, no me regó: ¡me bañó de un baldazo!; hacía frío, el agua me hizo tiritar sin enfriar mi boca; levanté la cabeza, furiosa, y vi a un morocho joven, asustado; gritando disculpas. Señaló su maceta con una madreselva; me explicó que la acababa de plantar, que no sabía la capacidad de absorción de la tierra, etc. etc.; estaba tan afligido, que me ablandó: le aseguré que no importaba, que ya nomás llegaba a casa, y me escabullí por el zaguán de la calle Serret, corriendo, más que corriendo, huyendo. Creí que escapaba de la mojadura. No fue así, madre, me asustó, esa sonrisa con encanto, las manos huesudas —mis preferidas— explicando. La sensación de pisar hielo resquebrajándose bajo mis zapatos, el temblor de mi carrera. Encima, ¡estoy segura de conocerlo de otro lado..!

¡Los quiero tanto! Besos, besos, besos.

Anapi

 

París, enero 16 de 1988.

Madre - princesa - amada:

(carta sólo para vos)

Seré muy breve, ya que hablo tanto por teléfono (menos mal que inventaron el cobro revertido). Sólo te contaré lo ultimísimo: mi relación con Cristian mi vecino aguatero va viento en popa.

Se nos endurece el trasero, sentados en el suelo escuchando la trompeta de Armstrong; si vamos a un museo, los dos elegimos las pinturas de Gustav Klimt; a-do-ra el puchero que cocino, y yo a-do-ro su famosa mano hurgando con ternura mi cintura, deteniéndola en un recorrido delicioso sobre mis párpados o acariciando mi detestable pelo ruloso, que parece disfrutar estirándolo o enredando un rizo con el dedo. Mamá, ¡yo no sabía que se podía ser tan, pero tan feliz!

El día que descubrimos que vivíamos en el mismo piso, puerta de por medio, casi nos dio un ataque. El ascensor llegó abajo sin dar tiempo a todas sus disculpas, así que tuvimos que tomar un café. Charlamos hasta por los codos. Él es francés por los cuatro costados; se reía cuando le expliqué que para mí el francés es tan dulce que sólo debería servir para hablar de amor.

—¿Y el italiano?

—¡Ah, el italiano es para cantar el amor! —dije convencida.

¡Ay, mamá! ¡Lo amo! El sólo pensar en él me hace subir un calor que no coincide con el frío y la nevisca de afuera. Ahora entiendo: cuando en Buenos Aires me entusiasmaba con un candidato y me advertías: “Anapi, no vayas al sexo por deporte; enamorate a fondo, para conocer lo que son dos energías que se funden; sentimiento y sexo: ¡imbatibles!”.

Aquí va lo que te importa: en la cama es un genio. Me mima; me reconoce como si yo fuera su mapa personal, y él, mi navegante solitario. Me besa con ternura, me toma con pasión, que yo correspondo, ¡por cierto!; se detiene sobre mi cuerpo con la placidez que se instala después del fuego, apoya su mejilla en la mía, su pie me roza y me frota, en una permanencia que trasciende la eternidad. Deseo que así sea el último día de mi vida; ¡no me importaría morir en este instante!

No muestres esta carta a Abu Annette. Las emociones violentas no son buenas para su frágil corazón. Amor, amor para todos:

Anapi

 

23 de enero de 1988
Llamada telefónica desde París, a las 18 horas.

—¿Mamá? ¡Suerte que te encuentro! Sí..., ya se que siempre estás... Estoy tan nerviosa que ni sé qué digo...

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—Mamá, ¡me pasa algo horrible! Escucha bien: quiero que hables con Abu Annette, y le preguntes, pero que no se dé cuenta del por qué: ¿quién era ese René que le regaló este departamento? ¡Es cuestión de vida o muerte..!

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—Porque ayer, hablando con Cristian, resultó que su departamento también fue un regalo de un tal René de Marsella a su abuela... ¡Estoy tan nerviosa que volví a comerme las uñas! Mamá..., ¿no seremos parientes Cristian y yo..? Por las dudas hoy no le abrí la puerta. ¡No sé qué hacer..! ¡No paro de llorar..!

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—Sí, tengo pañuelo...

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—No, no me asusto ni me ahogo en un vaso de agua. Pero me quedo aquí, agarrada al teléfono para esperar tus noticias. Mamá, ¡no lo puedo creer!, ¡no entiendo nada..!

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23 de enero de 1988
Llamada desde Buenos Aires, a las 20 horas.

—Anapi... Te pido te quedes tranquila, por favor...

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—¿Sí..., estás bien..? Bueno..., la historia es ésta: René era el dueño de un bar en Marsella, cuando la guerra... Sí, en el ‘44. Yo nací en el sótano de ese bar, y como René, al parecer, no tuvo hijos y se encariñó, o le tenía lástima a mamá, le dejó esa herencia.

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—No, yo no soy hija de René... Mi historia es dolorosa para la abuela; no quiere hablar... Pero está segura de quién fue mi padre, y se espanta al recordar cómo lo asesinaron la noche del 26 de agosto del ‘44, delante de sus ojos, cuando trataban de huir en un auto a Suiza.

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—Eran tiempos de guerra...; pasaban cosas raras..., lo sé. Entiendo tu susto por esta coincidencia, pero...

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—Me parece bien. Anotá el nombre y la dirección del escribano en Marsella; vayan a verlo juntos; aclaren todo... Este amor de ustedes no puede terminar en desgracia; ¡no debe!, mejor dicho...

 

25 de enero de 1988
Conversación telefónica desde Marsella, a las 18 horas.

—¿Señora Elianne? Soy Cristian. Lamento los sustos, y lamento conversar por primera vez con usted de esta manera. Escuche: el escribano es el hijo del antiguo notario, amigo de René. Nos recibió. Durante tres horas nos contó quiénes fueron nuestras abuelas y la historia de René. Lo más importante: ¡no somos parientes! El grito que largamos Anapi y yo llegó hasta el mar, señora...

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—Mi abuela fue la esposa de René. Se enamoró de otro y desapareció rumbo a París con su amante. Se llamaba Titina Duval; el apellido era por René, sí.

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—Claro... Yo soy Duval porque mi padre, hijo de Titina, heredó el apellido de casada con René. La pobre, que en paz descanse, no tenía ni una foto, ni supo qué hombre la embarazó...

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—Lo más importante de este enredo es lo que queda al final: Anapi y yo nos casaremos en abril...

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—Sí..., ya sé... Les daremos la fecha con tiempo, por supuesto...

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—¡Claro!, también por iglesia. Será en Saint Severin. Usted no lo creerá: un mes antes que le tirara agua desde el balcón, Anapi y yo tropezamos en esa vieja iglesia; yo estaba ahí para escuchar el coro, y ella, acompañando a una amiga...

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—Esa iglesia..., sí: la que tiene ese magnífico órgano que donó Luis XV... Le cuento: a una señora se le abrió el monedero; Anapi y yo le juntamos las monedas desparramadas...

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—No, ella partió con su amiga; yo me fui a mi casa. Pero hoy, Elianne, ¡hoy soy un hombre feliz! Quiero conocerla, a la Abu Annette también..., y conocer Buenos Aires... Anapi parece frágil, pero ya convenció unos cuantos para trabajar con ella...

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—¡Quédese tranquila, Elianne! Anapi ya le contó: estudio arquitectura y ciencias orientales. Me encanta la filosofía budista. Como pareja, vamos a seguir la recomendación del Buda Rimpoche a su consorte, escuche bien, por favor: “No veas nada como defecto; no consideres nada como virtud. Libre de expectativas, miedos y dudas, entrénate en dejar que todo surja, permanezca y cese naturalmente”.

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—Sí, futura suegra. Creo, como usted, que el amor es la única fuerza capaz de conmover este infierno, y esos otros universos, los de Sagan, que nos atisban, aguardando la evolución que se aproxima, de la que nuestros descendientes serán testigos...

 

Notas

  1. “El cielo y sus maravillas, el infierno” - Emanuel Swedenborg.
  2. Escuela de Suboficiales de Mecánica de la Armada.
  3. Bis: abreviación de bisabuela.
  4. Abu: abreviación de abuela.