31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Sobre las prostitutas

“En caso que alguien preguntara como nos sentimos acerca del amor de las prostitutas, decimos que deben ser absolutamente evitadas, porque es muy vergonzoso tener algo con ellas, y con ellas uno casi siempre cae en el pecado de la indecencia. Además rara vez una prostituta se entrega a alguien sino hasta recibir un obsequio que le plazca. Aun cuando suceda de vez en cuando que una de estas mujeres se enamore, todos concuerdan con que su amor es dañino para los hombres porque todos los hombres inteligentes reniegan de tener relaciones familiares con prostitutas y hacerlo arruinaría el buen nombre de cualquiera. Por lo tanto no tenemos deseos de explicar aquí la forma de ganar su amor porque cualquiera sea el sentimiento que las haga entregarse a un hombre siempre lo hace sin necesidad, por lo que no necesitas pedir instrucciones sobre este punto”.

Extraído de la página 36 del libro El arte del amor cortesano, escrito por Andreas Capellanus entre los años 1170 y 1176, a pedido de la Condesa María de Troya, hija de Eleonora de Aquitania.

 

Regla número quince

“Todo amante empalidece frente a la presencia de su amada”.

 

“Cupido”, por Jost ÁlvarezPálido, como muerto

Inés es la discípula preferida por madame. Como la señora se despierta cuando los bancos ya están cerrados, es la joven la que efectúa los depósitos —abultados— que se hacen tres veces a la semana. El grupo de trabajadoras es pequeño. Siete chicas, renovadas sin sentimentalismos idiotas, cada siete años, cuando se vuelven mañosas y la carne no es la misma.

—El siete es mi número de la suerte —gorgojea madame Yvonne, con un levísimo tono afrancesado.

Inés sabe que en los documentos consta que la señora nació en el caserío de lata de La Boca, con el nombre italianísimo de Anunciata María Capíscolo, y que de París solamente vio una postal de la Torre Eiffel. Postal que conserva en su santuario virginal, enmarcada en un metal plateado. Se la envió desde París el mismo rufián que la convenció de cambiar el nombre por uno “más vendible”, el mismo que la entalló contra sus genitales para enseñarle a bailar tango, la persuadió que el calvados era bebida de mujeres pícaras, y se fugó con las alhajas de “verdad” que la tana escondía tenazmente de ladrones atrevidos.

Y si digo que vive en un santuario virginal, no miento. Desde que se evaporó el amante, ningún hombre consigue ponerle la mano encima. Aprendió a vestir con estilo, usa perfumería tenue, mutó su intimidad de tules rojos por la vaporosa transparencia de gasas blancas o celestes. Gasas que recubren las ventanas blancas que brillan en el raso de los acolchados níveos... Y se percuden en la mullida alfombra. No tuvo el tino de comprarla anti-mancha, así que ni al gato se le permiten los retozos de antaño.

—Inés, te trajeron flores. O bombones. O una esquela. O un perfume —las mensajeras le hacen chistes procaces, se burlan de la última adquisición de madame, cada una con su bronca, cada una con su envidia.

—La verdad, esta Inés tiene un culo —Rosa es alta, bien plantada pero con un carácter de mierda—. Este fulano la persigue como un perro. Hasta parece enamorado de esta aprendiz de prostituta.

—Todos están enamorados. Si no, no vendrían. Nos buscan porque quieren amor. Si no se lo dan en la casa, pagan. Mi viejo —que en paz descanse— se leía hasta el papel higiénico. Un día me trajo un pedazo de diario. Un tal Escardó escribió que prostituto es el que paga, el que nos somete a su capricho sólo porque tiene plata. Mirá, me copié un pedazo: “Si hay indecencia en la relación prostitutoria ella proviene de la moral del cliente”. Nunca me creo culpable. Me usa, lo uso. Punto —Raquel es la más antigua. Un mes de aguante, y se irá de la casa de madame.

—Yo no me siento avergonzada —Lilí es rubia como un angelito de yeso, y fría como un reptil—. Mis dos hijos van a un buen colegio. No saben nada. Nunca sabrán —se lima las uñas sin mirarlas.

—Y volviendo a la boluda...

—Esa, de boluda no tiene ni un pelo. Hoy, con las flores, le mandó una cajita. Que me pateen si esa caja no traía un anillo.

—Señoritas... señoritas... hora de bañarse y elegir ropa. Los turnos de hoy están completos. No olviden sus celulares —Anunciata, en la orden, olvida el deje francés.

Madame es prolija y reclama lo mismo. Mientras están bajo su techo, tienen todo: revisaciones médicas semanales, exigencias con los preservativos, clientela conocida, comida balanceada, los alcoholes están prohibidos. Por culpa de la droga rajó a dos que eran muy buenas.

—Este no es oficio para débiles. Cuando se vayan deben haber aprendido que afuera, la calle es dura. Si no guardan algo de dinero como para abrirse un negocito, terminarán en la cuneta.

En el pasillo, detiene a Inés por un brazo:

—Inés, este tipo me da lástima. Dale una oportunidad. Llamó cuatro veces a lo largo del día. No aguanta más. Le prometí que a las 21 en punto estarías en el Royal. El conserje te dará la llave.

—¿Y si es casado, o un maniático? —la nueva suelta sus miedos, titubeante. Todavía no salió a trabajar afuera. La primera vez es dura.

—Casados son todos, y vos no lo querés para casarte, sino para sacarle plata. Que se deje de mandar flores y esquelitas, y te dé una buena propina. Y maniático... bueno. Tenés el celular. Me llamás y el sargento Rodríguez caerá sobre él antes que se baje el pantalón. ¡Ah! Y ponete un poquito de base... te veo palidona.

Preparada para salir, Inés se mira en el espejo. Cierto, está pálida. Y además de pálida, nerviosa. Como si los intestinos se hubieran mudado de sitio. En ese lugar parece haber un hueco. “Este anillo es idéntico al que me coloco hoy... El mío dice Inés. El suyo dice Javier”.

Esa nota llegó en la mañana, con la caja.

Los ramos siempre son frescos. Las cartas, seguro se las copia de algún libro. Y los versos, medio tontos pero emocionados. “La veo cuando va al banco. La sigo y no me atrevo a hablarla”. Debe ser un idiota. Si le conoce el oficio, ¿cómo no se anima?

El remise —madame las manda en auto— la deja en el Royal. El conserje la mira de arriba abajo atrevidamente, y le alarga la llave con un: que lo disfrute. Con tonadita de alcahuete que recibió propina.

Javier está acostado, con los ojos cerrados. Se quitó la chaqueta, y la arregló sobre una silla. Parece alto, es delgado y debe calzar por lo menos 45. A Inés se le estruja algo en el pecho. ¡Pobre tipo! ¡Qué paciencia le tuvo! Se debe haber dormido esperándola.

Se arrima a la cama, y amorosamente desata los cordones y le quita los zapatos. Él no se mueve. Hace lo mismo con las medias, observándolo para ver si reacciona. Sigue dormido. Tiene ganas de acariciarle los pies, donde las uñas están bien cortadas. Pies flacos —murmura— y fríos... ¡qué fríos!

Asustada, se pone de pie frente al muchacho. Le toca la cara, blanca como un papel. Frenética, tantea las manos, también heladas. Se agacha sobre el pecho. El hombre no respira.

—Madame —grita como una loca en el telefonito—: este fulano está muerto... que alguien venga para ayudarme con las medias y los zapatos... se está poniendo duro, y yo sola no puedo.

Desde el cielorraso, la última sustancia de Javier contempla al otro, el de la cama.

—Pobre Inés. Cuando al fin me conoce, me encuentra así: pálido, como muerto.