Martín Fierro
Por José Hernández (1834-1886)
“Si buscás vivir tranquilo
dedicáte a solteriar;
mas si te querés casar,
con esta advertencia sea;
que es muy difícil guardar
prenda que otros codicean.
Es un bicho la mujer
que yo aquí no lo destapo:
siempre quiere al hombre guapo,
mas fijáte en la elección;
porque tiene el corazón
como barriga de sapo”.
Regla número diez y seis
“Cuando un amante ve repentinamente a su amada su corazón palpita”.
Reyes y coronados
Por aquellas tierras y en aquellas épocas, las mujeres bellas eran redonditas, vivarachas en el ingenio y de incalculable astucia. Si además eran nobles y ricas, sólo las lides amorosas lograban rescatarlas del hastío. La eterna tapicería de las tardes, la presencia de algún trovador entreteniendo soledades o los cuchicheos sobre los últimos escándalos, en el momento en que se encendían los candelabros de los dormitorios vacíos de hombre, eran flaco consuelo. Al soltarse refajos y corsés dejaban al descubierto pieles sedosas, extremidades lánguidas y, en el centro, el pubis vacío, hambriento del complemento que sólo un hombre puede proveer. Para una mujer casada, la presencia de un amante era esencial, si el marido no resultaba viril; lo único prohibido era enamorarse y preñarse del suplente de turno.
La joven Berta era Condesa. Condesa de un Conde más interesado en otros Condes o en pilluelos de buen porte de las calles, o en vigorosos remeros del río, o en macizos soldados, capaces de ejercitar lo que llamaban el vicio italiano con total desvergüenza. La impunidad, lograda a través del título nobiliario y la riqueza del que los prostituía, los convertía en moneda de dos valores. Servían a su señor, en manoseos y escaramuzas ocultas. En los salones, adulaban a las señoras con esquelas calientes, las acompañaban a jugar a las escondidas o las ayudaban a elegir vestuarios y abanicos. A veces, las escoltaban a la iglesia; donde se inclinaban repletos de piedad, dándose el lujo de depositar en el bolso limosnero más monedas de oro que la misma dama.
Todos sabemos que el diablo nunca duerme. Esa mañana de domingo, andaba muy despabilado, acechando el instante para cometer su gran maldad. La cola agitada, demostraba su enojo. La ocasión se le presentó al descubierto, como cuando en un teatro se abre el telón y los actores aparecen desde bambalinas para mostrarse de cuerpo entero a la luz de los reflectores. (En esta ocasión, la luz provenía de la multitud de cirios encendidos).
La Condesita rolliza y solitaria (el marido diz que andaba de cacería) con su séquito de acompañantes, oraba con los ojos violáceos entornados, esperando piadosamente el oficio.
En la entrada del templo, un revuelo inusual. Luego ese silencio que el que lo produce interpreta como de respeto, cuando en realidad la gente calla para no perder detalle de los hechos, y también por miedo. Estaba entrando el Rey, de cuyo brazo colgaba la Reina, desmerecida en prestancia por la de su imponente marido. Que era alto, erguida la testa con orgullo, y el relámpago de sus hazañas viriles desparramándose a su alrededor como un viento anunciador de huracanes.
Dirigió sus pasos seguros a los reclinatorios reales. Se postró con respeto, con su Reina a la par, dispuesto a orar, a pedir perdón por sus irreverencias e intentar la paz con su conciencia enlodada.
Pero el de la cola lo distrajo. A través del pasillo de piso helado que los separaba, su mirada cayó primero en las manitos gordezuelas, juntas como en penitencia; luego en la redondez de durazno en sazón de los hombros; la mata de cabello rojizo, rebelde a peinetas, que le caía a la beldad a los costados de la cara, en tirabuzones que tentaban a sus manos a enroscarlos y desenroscarlos, como jugando y sin poder tocarlos. Con el fuego de su mirada, del pasillo helado que los separaba se levantó un vapor, como de incendio; acicateado, a no dudarlo, por el señor de la corrupción, vestido con ropaje rojo.
Esa noche de domingo se conserva, rigurosamente escrita entre los infinitos libros que narran los pecados, excomuniones, perdones, nuevas excomuniones y nuevos perdones que los grandes amantes reales y no tanto, han sufrido a lo largo de la historia. Excomuniones a veces extenuantes, que promovieron a un Rey famoso a abrir las puertas a una nueva iglesia, mas tolerante para los pecadillos nobles.
Berta, para el lunes a la mañana, convertida en amante real, partió de su castillo con sus damas, sus joyas y vestuario, a vivir en palacio. En una de esas alas secundarias, que los reyes —o reinas— iban adosando a las estructuras primitivas para alojar a los predilectos de turno. Cuando el Conde regresó de su cacería, su paloma había volado. Como eran épocas de caballería, muchos señores se armaban para acompañar a Pedro El Ermitaño en la primera Cruzada. El Rey llamó al Conde a palacio. La conversación, secreta. Lo que se pudo rescatar a través de las hendijas, fue la feroz filípica del Rey, que enrostró duramente al Conde sus desaforos sexuales, y el abandono de la pobrecita Berta, a la que los cuernos no le permitían levantar la frente por vergüenza. Que lo único digno que el tal señor podía hacer para borrar en parte tanta aflicción, era partir a defender la religión de ambos, como Cruzado. Una orden real que no admitía réplica.
Para despedir a los que partían hacia tan heroica y sacra expedición, el Rey programó un banquete de despedida. Un espectáculo con danzarinas exóticas, bailó a los postres ante una multitud de convidados. La reina, escondía la ira tras un bostezo protegido por un abanico de plumas. Berta, deslumbrante, con una sensualidad recién inventada por las habilidosas manos reales, la pierna entrelazada a la del Rey, entre cosquillas y secretitos de dormitorio, desbordada de dicha por el placer, tan próximo, en su palma; en un orgasmo casi público.
En el extremo de la mesa, el Conde coronado, se impacienta por terminar con la comida. Le falta asegurar la compañía del barquero a tan tremendo viaje, y la del joven Rolando, tierno e infantil que llevará como su ayuda de cámara.
Montado en una de las inmensas arañas, el diablo ríe, divertido. De pronto, un ventarrón siniestro golpea las recias puertas y ventanas, que se abren. Las velas se apagan. Muchos mentirosos aseguran, que al restablecerse la calma, luego que los criados asustados encendieran de nuevo los velones, cerradas ya las aberturas, en el aire flotaba un hálito extraño, sulfuroso... y el eco de una tétrica carcajada, se desgranaba en pasillos y salones. Y que en el desbande —por pura coincidencia— la reina, sonriente apareció entre los brazos protectores de otro príncipe, surgido en la batahola, como por encanto. Pero esta es otra historia de una moderna Sheherezade, que tal vez, logre mantenerlos en suspenso...