Poema número cinco
Pablo Neruda
(1904-1973)
“Para que tú no oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Collar cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.
Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.
Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú. Todo lo llenas.
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas mas que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.
El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.
Escuchar otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, es esa ola de angustia.
Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú. Todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
Para tus blancas manos, suaves como las uvas”.
Regla número diecisiete
“Un nuevo amor pone en vuelo a un viejo amor”.
El aviso
“Arquitecto, llegando a los sesenta años, separado, deportista, interesado en arte, desea relacionarse con dama bien parecida, iguales condiciones. Eventual casamiento”.
El aviso aparece en un diario de la mañana. Lo leo y releo con curiosa atención. ¿Qué clase de hombre será el que decide publicar algo así? Un solitario, seguro. O un aventurero. Pero no. Aventurero no. La propuesta ha sido redactada posiblemente por un alemán; el diario lo es. Eso me lleva a pensar en otra estructura mental, en otra educación. Sé que en Europa hay periódicos bastante populares que publican avisos de este tipo y de otros peores: “Pareja de tantos años, con tales o cuales preferencias busca intercambio multi-erótico, etc., etc.”. Pero me estoy yendo por las ramas. A ver... arquitecto. Me gusta la arquitectura como carrera masculina. Los arquitectos tienen una formación humanística que los aproxima a la gente. Piensan en nuestras casas, se chamuscan las pestañas inventando ángulos por donde pueda colarse un rayo de luz en minúsculas viviendas. A veces lo consiguen. Pero no tengo por qué adelantarme y mal pensar que este fulano va a resultar uno que construye casas que se vienen abajo o en las que nunca entra el sol. Puede que resulte un crío de Saarinen o de Le Corbusier.
También dice “deportista”. Debe ser delgado, gran caminador. Eso, si por deporte no entiende el ajedrez o el juego de billar. Sería lindo chasco, ¿eh? Por último, se manifiesta dispuesto a casarse. Y bueno, ésas ya son palabras mayores. El aviso, de simple aviso, pasa a ser un semáforo en verde, provocativo. ¿Y por qué no? Esta es una manera como cualquier otra de conocer gente. Pero no nos engañemos. No para casarse. Desde que vivo sola, nado a mis anchas en el agua de la independencia, a la que no deseo renunciar... Por lo menos esto es lo que digo. Pero... ¡cuántas elucubraciones tentadoras ocasiona el avisito!
A pesar del toque de atención, estoy tan aburrida en esta tarde de domingo que decido seguir adelante con el juego del single. Todo el mundo sabe que los hombres se mueren antes que las mujeres. Aquí y en la China, los fortachones de la pareja dicen no va más, y en una vuelta de los cincuenta o de los sesenta, se las toman. Pero no sin antes adoptar sus recaudos, ¡qué esperanza! Rebosantes de bondad, pensando en una, nos dejan los hijos, los parientes, los perros y los recuerdos. A los hijos los criamos lo mejor que podemos. A los parientes los sobrellevamos. A los perros los seguimos queriendo. Lo difícil de manejar en el paquete del legado son los recuerdos. Toda actitud del finadito que antes nos daba bronca, se idealiza. Los que eran defectos que ya no resistíamos, se purifican en un tamiz de amoroso encanto al transitar por los tiempos de la ausencia. Es legítima esa expresión mundial: “Pobre, ¡era tan bueno!”. Porque el solo hecho de verlos desaparecer de la faz de la tierra, de esta tierra llena de oportunidades y donde es tan fácil y sencillito vivir ¡nos mueve a lástima!
En un momento u otro de la gran soledad, las viudas nos sentimos como unas aprovechadoras de la inmensa suerte de sobrevivir. Los muertos se pierden las desilusiones, las crisis, los golpes de estado, las miserias cotidianas. ¡Y bueno! Pertenezco a la rama femenina, a la línea débil, a la de las extractoras de la energía de los machos, a esas habilidosas que consiguieron colocarles el anillo y el rótulo de casados, pero... Siempre hay un pero salvador: a las que les dan ocasión de pasar a la posteridad como víctimas. Algo es algo. Ellos no son capaces de parir, pero pueden reventar antes. Al cielo se sube por infinitos caminos...
Por más jóvenes que seamos en el momento de quedar solas, retornamos a la arena con pesados puntos en contra. Primero: los hombres que cronológicamente nos corresponderían no piensan mirar a jovatas con hijos cuando por las calles, las pibas se les tiran por el solo hecho de que los maduritos están supuestamente más “entrenados” y con más plata que los jóvenes. O eso creen ellas. Segundo: que los que nos miran no son “Delones” ni “Sartres”, es una verdad de a peso. Un día recibí una carta de un pseudopretendiente, que habrá tenido muy buenas intenciones, pero en dos renglones cometió tres faltas de ortografía. Así que, sumados a los defectos que nos descubren ellos, tenemos una ristra de fallas masculinas que no estamos dispuestas a soportar: buenos mozotes, en lindos coches, que usan las esquinas para escarbar a conciencia los dedos dentro de la nariz. Vistos de cerca, suelen tener los cuellos de los sacos recubiertos de caspa. ¡Con tanto shampoo que la combate!... Y si salen del vehículo, pueden resultar ridículamente petisos, o panzones, o grotescos. Descalificándolos de antemano, arrastramos nuestra soledad, la monotonía de nuestros días, la angustia de nuestras noches, levantando la cabeza, orgullosas de habernos sobrepuesto, pero interiormente hechas pelota y tan anhelosas de encontrar otro hombre donde cobijarnos, como un pájaro que de repente se hubiera quedado sin cielo. Ya que el ser humano ha sido creado para vivir en pareja, estoy segura que ni en el paraíso ni en el infierno hay un libro negro que me sindique como violadora de nada, si luego de criar los hijos lo mejor posible decido tirar la chancleta, recogiendo este guante impreso que, además de ser una aventura en esta pampa cotidiana, sugiere una solución —eventual— como trasluce el avisito, al famoso estado de viudez.
La tarde de un domingo en un departamento casi vacío se hace larga. Por más vueltas que le dé, la reproducción de mi cuadro favorito no se anima. Sus colores no varían ni las figuras me hablan. Me acuerdo de una cuarentona —ésta con marido— que hablaba con la pared de la cocina. Era Shirley Valentine, ejemplificando con sardónico humor la soledad de las casadas.
Debe ser por eso que, repentinamente, estoy harta de mi imagen de madre trabajadora, prolija y crochante (en mis ratos de ocio ¡tejo!). Que ha sido buena y que, además, pudo aparentarlo. De no sé dónde me brotan unas alas. Quisiera correr a gastar los pocos pesos que tengo ahorrados para emergencias en un vestido loco, con ese escote en “V”, provocativo. Me lo calzo y no olvido un toque de “Femme” detrás de las orejas. Y tengo ganas de que me lleven a bailar al Sheraton, esa afrenta inaccesible, plantada ahí en Retiro, que no puedo dejar de ver todos los días cuando, como una laburante sin derecho a sueños, corro para tomar un colectivo con señoras opacas, que no tienen vestidito lila ni zapatos de lamé. ¡Y bueno! ¡Qué tanto dar vueltas! Le voy a contestar.
Si alguno piensa que este buen señor se retiró por el hueco del ascensor en su apresuramiento, o que llamó por teléfono al otro día, está muy equivocado.
Transcurrido el primer mes sin respuesta, pienso: “Claro, como es verano, debe estar de vacaciones”. No quiero ni imaginar que mi bella misiva, donde oculté cuidadosamente —usando el sistema de verdades a medias— el hecho de tener hijos, haya sido hecha un bollo y arrojada a la basura. Al segundo mes, no hay esperanza. Al tercero, en medio de una ajetreada mañana, me llama por teléfono.
—Holaaaa... —una voz delgada, mesurada—. Soy Alejandro.
—¿Alejandro?, ¿Qué Alejandro?
—Usted me contestó un aviso —dice educadamente.
—¡Ah, pero hace mucho! —exclamo sin entusiasmo. Pasó tanto tiempo que he perdido el embale que me llevó a responderle. Escucho a mi hijo menor, rondando. Doy un empujoncito a la puerta para obtener una privacidad que consigo sólo a medias. Este departamento es demasiado chico. Fue ideado por un arquitecto. En este momento no pienso que los arquitectos sean tan geniales.
Desde que tomé el tubo, mi hijo ya entró y salió dos veces del baño, que está ahí nomás. Me espía... Veo su sombra en la pared del pasillo.
Entablamos una conversación en la que Alejandro interroga y cuenta. Yo respondo con reticencia. El teléfono bloquea mi espontaneidad. Soy de las que necesita “ver” al otro para fluir en una charla. También quiero despistar a Luis, pero esto es inútil. Sigue dando vueltas por el corredor. “Con quién hablará la vieja”. Me parece oírlo. En toda la regla, siempre he sido una madre criolla, sin secretos, de ésas que atienden el teléfono con un: ¡Hola Ramón!, o Ángela o quien sea; gente conocida. Luis recela.
—Tengo una casa afuera —prosigue mi interlocutor—. La llamaré el domingo cuando vuelva.
Qué voz finita... ¿No será raro? Prejuicio número uno. ¡FUERA!
Luis se asoma, decidido. Junta los dedos en racimo y levanta las cejas. Interroga sin hablar.
Después se anima a preguntar: —¿Quién es?
—Un compañero de curso —miento sin cancha. Estoy segura de no convencerlo. No hay nadie como mi hijo para olfatear de lejos una mentira materna. Éste me persigue por el pasillo murmurando: “¿No-te-parece-que-hablaste-mucho-rato-para-venirme-con-el-cuento-de-un-compañero?”.
—¡Pero cómo no apagaste el fuego a las lentejas! —grito abriendo la puerta de la cocina. Hago de cuenta que no lo oigo murmurar. Avanzo entre el humo. Me envalentono aprovechando la situación.
—¡Es increíble que no puedas ni siquiera echarle una mirada a la olla! ¡Todo por chusmear quién me llama por teléfono! ¡Y qué olor nauseabundo! —digo, abriendo la ventana de par en par.
No quiero darme por enterada, pero estoy nerviosa. Me siento ridícula y acalorada, y no por el humo, ciertamente.
—¡Está bien! —dice él en tren de perdonavidas—, comeré dos huevos fritos y me voy. No quiero llegar tarde al colegio.
Cuando al fin sale, lo hace con cara de hambre. Cara de hijo defraudado, también.
“Esta noche le voy a cocinar algo que le guste”, me propongo con todo el amor materno a flor de piel. Cierro la puerta con apuro. Necesito repasar la charla con el tardío Alejandro.
Así entra en mi vida. En la semana que cumplo cuarenta y ocho años. Cuando ya llevo diez de viudez heroica y tres de mis hijos se han casado. Me contó que su primera mujer era alemana, como él. La segunda, “una niña de sociedad”. Esto, envuelto en un retintín que, vaya a saber por qué, me molesta. Me fastidia que me quiera impresionar. Es tan pueril el rebusque de lo “social” en esta burguesa clase media llena de privaciones que es la mía, y que indudablemente es la de él... Pero los hombres son siempre un poco niños. Quieren suplir los vacíos, la distancia que impone el cable telefónico con un detalle que nos deje postradas de la emoción. Así me enteré que se había casado la segunda vez con una chica socialmente importante. Lo es, realmente, porque hasta yo, que no trato a nadie que aparezca en sociales, escuché por ahí su apellido.
—¿Hay una tercera? —aventuro por decir algo.
—Sí, pero ya le explicaré —se apura él.
Menuda joyita —rezongo mientras lavo el pegote de la olla con las incomibles lentejas. ¡Tres mujeres! Y ahora busca una cuarta.
Yo, que estaba tan segura que los alemanes eran gordos, de digestiones lentas y poco o nada sensuales, me tropiezo con este tenorio, que dice pesar sesenta y cinco kilos y confiesa tres esposas. Tres mujeres... ¿Y quién me asegura a mí que en todos los casos el culpable no sea él? ¡A ver! ¿Cómo convencerme que tuvo mala suerte, que tropezó con señoras que no lo comprendieron, que fueron infieles o de mal carácter? Pero para qué adelantarse a los acontecimientos. No sé si él las dejó, no sé si lo dejaron. Tiempo al tiempo. Cuando me llame el domingo podremos conversar. Algún día lo tendré que conocer. No soy una belleza, tengo hijos. Plata, la imprescindible para vivir. No soy libre, ya que me cobijo en una sociedad estricta, que me tironea con llamados de conciencia: “Vos no sos mujer para aventuras”. “Qué dirán tus hijos si se enteran”. “Imaginate que los vea algún conocido”. “¡Pero estás loca, con un tipo sacado del diario!”. Y COMO SI ESTO FUERA POCO, como vocea el vendedor del tren, cargo mi famoso saco de recuerdos. Me paso el día añorando los HOMBRES-HOMBRES, capaces de verdaderos actos de arrojo por sus mujeres. Hombres sólidos, tiernos, arrogantes, inteligentes, casi sin ninguna falla, como el Príncipe Valiente, ese que no existe. Hombres con corazón de arroz con leche durante mis embarazos, con corazón de león para defenderme de la vida. Hombres capaces de darme todo, hasta su último aliento. Pero capaces también de frenarme, de contenerme: “La madre de mis hijos no trabaja afuera”. “Ocupate de ellos y de tus vestidos, que te los hacés tan lindos”. “Tenés bastante que hacer en la casa; para qué vas a romperte por unos pocos pesos”. Allá se iban mis ilusiones de independencia. Adiós a los programas que hacía con mis amigas, aquellas evolucionadas que fueran mis confidentes. “En cuanto pueda estudiaré teatro y trabajaré un poco para tener mi propio dinero”. Vanas ilusiones. Sometida mi voluntad desde chica, las cosas no cambiaban con el casamiento. Un hombre con corazón de león era protector pero mi falta de independencia era frustrante.
Claro, sometida antes, ¿qué me costaba este nuevo agachar la cabeza, si lo hacía por amor? Si alguna cincuentona pueblerina no pasó por experiencias parecidas, me agradaría saber cómo hizo para escabullirse del sinnúmero de lazos-ataduras de cariño con que éramos rodeadas en aquella victoriana sociedad... Vivíamos entre el “no se puede” y el “qué dirán”. Y no había escapado a nada porque no había caminos por donde escabullirse. La carrera de la mujer era casarse. Lo mejor posible, claro está, pero casarse. La profesión más comprometida, permitida sin recelos, era la de maestra madre, en una dulce prolongación del hogar. Bastante habíamos tenido que soportar en la familia, cuando aquella prima descocada tuvo el percance con el novio. La salpicadura de la maledicencia nos había perseguido en las insinuaciones chabacanas de la calle. En las miraditas intencionadas de los choferes de taxis que la conocían de llevarla a sus citas, que nos reconocían a nosotras. Así que cuando se presentó mi candidato, el futuro padre de mis hijos, rodeado de la aureola de su master en ingeniería en explosivos, grandote y sincero, con manos de changador y ternezas de niño, me enamoré como todos esperaban y yo ambicionaba. El juego del gato y el ratón, para el que estaba entrenada en mis escarceos furtivos con algún noviecito, se acabó. Descubrí que este no era “otro chico más”. Era todo un hombre, apasionado. Cuando nos casamos, el embarazo de un mes rebullía en mi vientre y yo tenía despertares con arcadas atribuidas a los nervios, pobre chica... Cada vez que miro las fotografías con el vestido largo, me pregunto por qué me sometí a la farsa familiar de aceptar un traje blanco, si la virginidad la había dejado en aquella casa de madera del chofer amigo, entre forcejeos y apurones, ignorante de la fertilidad de mi vientre saludable y de la velocidad con que se desplazan los espermatozoides, de a millones, corriendo a cumplir con su mandato genético. La casa se la prestaban a mi novio en la presunción de que la utilizaría para llevar algún “programa” como se decía entonces, y no a su novia. Eran tiempos en los que se usaba ser farsante en todo. Con una se calentaban hasta quemar las sillas y con la otra calmaban el acaloramiento. Entretanto, la pobre virgen, se las tenía que arreglar para enfriarse de la manera menos evidente en un hogar lleno de hermanos, sobrinos y madres que no te perdían pisada. Y no era en el año mil ochocientos diez. Hablo de la famosa década de los cuarenta. Solamente que vivíamos en provincia, llenos de remilgos, atentos al “qué dirán” hasta la exageración.
Estábamos habituadas a aceptar órdenes y vigilancias degradantes sólo por salvaguardar el famoso honor y buen nombre, todo ejecutado en pos de valores que en otros países ya se recordaban como acontecimientos de antaño.
De uno de estos países venía este Alejandro. De esta otra sociedad procedía yo. ¿Qué posibilidades tendría esta nueva relación? ¿Podríamos allanar, congeniar, apartar lo que fuera molesto, insidioso o inútil?
Me meto en el baño perseguida por los mordiscones de tanto interrogante en la carne. Ahora que intuyo en el hombre cierto encanto, cierto arrastre con el sexo débil, me examino con otro interés el cuerpo. ¿Cuánto tiempo hace que lo tengo olvidado? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquella vez en la que era consciente del atrevido asomarse de mis pechos en alguna blusa? ¿Cuánto desde que Esteban me susurraba: “Tienes buenos pechos, duros como limones dulces”? ¿Cuánto desde que yo no me consideraba una mujer a la expectativa, una mujer a la espera de un hombre?
Me empiezo a angustiar. Observo con desazón las estrías de los embarazos, la insinuada flaccidez entre las piernas, con bronca ese ombligo sin gracia ni lógica, plantado en medio de mi panza. Paciencia, la ropa me queda bien. A la primera cita iré vestida. Todavía no sé si le gustaré, no sé si me gustará, si luego de este encuentro arribaremos a un segundo. A otros en que intimemos, a momentos en que nuestras respectivas decrepitudes pasen inadvertidas.
Antes, en aquella época de fuegos artificiales, hacíamos el amor con luz; podíamos mirarnos, recorrer nuestros jóvenes cuerpos, sorber nuestras salivas sin asco. Pero la vida se cobra. Ahora soy como una revista vieja. Tengo impresos en el vientre, en sus arrugas, todas las noches del amor y sus frutos. Desde las comisuras de mi boca espían los desencantos: las bicicletas que me negaron, tanta otra expectativa frustrada. Las ilusiones cuelgan de una percha, marchitas en el ropero del olvido. Reviso los conflictos conmigo y con mis hijos. Esos, subyacen en mi entrecejo fruncido. Soy como un mapa marcado con cruces, con leyendas, con un pasado imborrable. Tengo ganas de quemar mis barcos pero me atemoriza el agua.
Con ese pánico, de a sorbitos bebo mi tesito nocturno. Trato de dormir. El último pensamiento consciente no va dirigido al turbador desconocido, sin embargo. Pienso que mañana voy a llamar a mi hermana Elisa para consultarle cómo hacer para sacar de la cacerola los restos de las benditas lentejas sin estropear el fondo de teflón.