Sexo
“Cuando la mujer no puede tener orgasmo, el hombre tampoco puede realmente tenerlo, porque el orgasmo es un encuentro de los dos”.
Osho
Regla número diez y ocho
“Un buen carácter solamente hace a cualquier hombre ser merecedor de amar”.
Un hombre bueno
—¿Por qué te casaste con Ramiro? —un directo de la compañera de tenis que la enfrenta en el té. Está en uno de “esos días”, así que maltrata el llavero cuando habla.
—Por qué me casé con Ramiro. Mirá... la verdad, por varias razones...
—A ver, decinos cuáles... Ramiro no es buen mozo. Ramiro no es rico, no terminó ni la escuela secundaria, creo.
—No. No la terminó. Es cierto, no es ni rico ni lindo. Me casé por una sola razón —Ángela se lleva la tacita a la boca y saborea el té. Parece pensar en otra cosa; porque sonríe como para adentro.
—Nuestras amigas se hacen cruces —insiste la que largó el primer dardo.
Ángela deposita la taza suavemente. Nos mira desafiante.
—Me casé por una sola razón: Ramiro es un hombre bueno. Sencillo, sin tapujos. No me engaña con la secretaria, como te hace tu marido a vos —su índice señala a Sarita— ni compra autos que no puede pagar, como el tuyo —y me señala.
—¿Pero de qué hablás? ¿no te hartás de su falta de mundo? Siempre te gustó la aventura, los secretos. Querías ser la Bonnie del revólver... Querías recorrer el mundo en globo —Sarita es venenosa y tozuda. Lo de la secretaria ya lo superó. El sexo le interesa poco, más bien era una carga. Mientras Leo la mantenga, y los chicos sigan en el bilingüe, y ella tenga auto, tarjeta dorada con psiquiatra incluido, ¿qué más quiere? Lleva cinco años de terapia, esas cosas pasan. Unas lo saben. Otras no.
—No necesitamos hablar. Cuando me abraza, me abraza a mí, viéndome y tocándome a mí. Si vamos a comer, no cruza los ojos para calcular la dureza del trasero de la que pasa... Nunca fui brillante. Para Ramiro, soy tan valiosa que no se explica por qué pierdo mi tarde con ustedes.
(Pausa que no sé por qué me da un escalofrío).
—Ramiro es eso, no lo olviden: un hombre bueno, dulce y amable. Merece mi cariño y mi respeto.
En el baño Sarita se retoca el borde de los ojos. Yo lavo mis manos, pensativa. Me choca la frialdad de Ángela, me parece peligrosa. Pero mejor no echar leña al fuego, me callo.
—Esta Ángela me está resultando una tarada. Tenía razón mamá. Los defectos y las virtudes se agudizan con los años.
Nos entretenemos a propósito, criticando a otra que es más amiga de Ángela que nuestra.
Cuando volvemos, Ángela ya pagó y se levanta para irse.
Se despide muy tranquila. Sale derechita, radiante. Ramiro le abre la puerta del auto con vidrios polarizados. Se van, saludando.
Ángela se acomoda en el asiento, y suelta una risa que la hace lagrimear. Extrae de la cartera dos jabones protegidos por servilletas de papel.
—Esta es la copia de las llaves de la casa de Sarita. Estas, las de Mili. Vamos a ser muy cuidadosos, Ramiro, esta vez. Primero haremos lo de Mili. A la víbora la dejamos para el invierno.
—¿Sabés cuándo salen de vacaciones? —Ramiro conduce tranquilo. Su mano busca la de Ángela—. Menos mal que no viven en countries, allí la vigilancia es dura de pelar...
—Sí, es una suerte. Y otra suerte grande es haberte conocido, Ramiro. Sos un hombre bueno. Me das todos los gustos. Y lo mejor de todo: con vos jamás me aburro.
—Nunca, never, in the puta life —canturrea Ramiro. Estaciona el auto en la banquina, y me hace el amor en el asiento.