A Él
Fragmento
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“¿Qué ser extraño era aquél?
¿Era un ángel o era un hombre?
¿Era un Dios o era Luzbel?...
¿Mi visión no tiene nombre?
¡Ah!, nombre tiene... ¡Era Él!
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Gertrudis Gómez de Avellaneda
Regla número diez y nueve
“Si el amor disminuye, falla rápidamente y raramente revive”.
Ambidextro
Viste, Jorge. Al final, reventé. No te culpo de todo, ojo. Cuando pasa algo terrible, como lo de hoy, y podés llorar a grito pelado, y romper una silla, y hacer añicos el portarretratos con la foto del casamiento y el teléfono suena, y los vecinos corren, y la sirena policial se para en el portón, estás a salvo. Yo estoy a salvo, al fin. A salvo de tus golpes. A salvo de tu ironía perversa. A salvo de tus críticas, más duras que las palizas que me dabas. También a salvo de tu encanto, de tu increíble sonrisa, del hechizo que tu contacto producía en mi piel, cuando me tocabas. Dicen que hay hombres que conquistan hablando. Vos no sabías hablar, Jorge. Pero qué bien tocabas. Palpabas. Hurgabas. Acariciabas. Te detenías. Una mano para el golpe. Otra mano para el sexo. Las dos en el mismo hombre.
Los uniformados están hablando con los vecinos, que señalan nuestra casa. El perro se escapó, y aúlla, como si alguien querido hubiera muerto.
No pienso defenderme. Pasó, nada más. En medio de lo trágico, me das lástima, después de tanto odio. Parecés un muñeco roto, y la sangre de la cabeza que te baña, te disfraza, como a un payaso groseramente ausente.
Abro la puerta de calle, los brazos en alto. Siento que perdí mi cuerpo. Estoy a merced de la brisa, libre. Libre, al fin. Liviana, como una pluma que se balancea sin culpa en el universo.