De William Somerset Maughan
(1874-1965)
“Las mujeres son instrumentos de placer y su pretensión de ser compañeras y asociadas es exasperadora; y resulta que ellas están siempre dispuestas a hacerlo todo por nosotros, menos lo único que de ellas esperamos: que nos dejen en paz”.
Médico y escritor británico
Regla número veinte
“Un hombre enamorado es siempre tímido”.
De glándulas y apéndices incordiosos
—A veces, cuando te veo tan joven... tan joven y arrogante... entro en pánico... no te burles... estoy diciendo la verdad... en el fondo, no soy más que un tímido...
El bulto al lado mío saca una mano y busca la mía. Yace boca abajo, preso de una letargia satisfecha. Recién, en el revolcón furioso del sexo, no nos constaba el presente, crepitante como un leño; una delicia de soles, pasajeros, que ya mismo añoro.
Es en el después del sosiego, cuando a mi mente acuden retazos de otras historias frustrantes. El instante de mis fantasmas, de mi eterna incertidumbre. Con la mano libre recorro mis carnes, despojados los músculos de su fuerza; palpo mi vientre blanduzco, que se desplaza hacia los costados, arrastrado por mis tripas, también laxas.
Mientras visitábamos, anoche nomás, esa muestra de pintura, un espejo sorpresivo me reprodujo. En el primer instante, creí que no era yo. Demasiado fofo, la boca en una curva hacia abajo, en una expresión de melancolía irremediable. El mentón engrosado... y mis ojos. Tan saltones y tristes que volví a mirar, incrédulo de esa realidad. Por lo tanto, mi humor de recién amanecido no es muy bueno. Quiero dialogar. Apresar la certeza de que alguien me ama, que sólo está oculto tras esa frazada a cuadros. Insisto.
—¿Te parecieron buenas, las obras? —mientras enciendo el cigarrillo, espero.
—Mmm... mmm... ¿por qué no te dejás de joder, y te dormís? —masculla y retira la mano.
—Y vos ¿por qué contestás con grosería?
No responde, y sigue boca abajo.
Un mechón de pelo oscuro es lo único que alcanzo a divisar. Tengo urgencia por abrir los dedos de las manos, y sumergirme en esa pelambre esquiva. Revolverla, darle pequeños tirones juguetones, provocar que se despabile, que su desperezar sea alegre. No me animo. Esa juventud eréctil, es también irritable y desparpajada. En esta relación tiránica, donde el que manda y gobierna es el otro, mi sumisión de perro le sirve como escalera. Cuanto más soporto y accedo, su látigo castiga mis carnes y me flagela con mayor crueldad. Me dolió verme en la insolente realidad del espejo. Esta otra insolencia podría llevarme a la locura.
—Voy a llamar a mamá —anuncio conociendo que, al bulto a cuadros, eso que haré le importa un rabanito.
Recién cuando cuelgo el teléfono, me doy cuenta de que no debí haberla llamado. La voz, que la pone en sordina, para que los demás de la casa no la oigan. Los suspiros de tristeza, como si estuviera sentada al lado de mi cajón, recibiendo pésames. Los ruegos, reimpresos y corregidos con los años pero cuyo original se mantiene vigente. Luego, el corolario de su moqueo sollozante, que me vuelven histérico y rabioso. No quiero envilecer la despedida. Le prometo visitarla a la tarde.
—Pero vení solo —detestable rúbrica para esta conversación, que ella no puede obviar. Obligándome a soltar el tubo, endurecido.
Lavo mis dientes sin mirarme en el espejo —la calvicie avanza a paso redoblado— me peino de memoria, pero el peine no se detiene en ninguna mata tupida. Se desliza y se burla:
—¿Qué querés peinar, pelado?
Harto de mí, preparo el desayuno para los dos: mi café —descafeinado— y el otro: con leche, tostadas —no muy tostadas— como ordena; algo de manteca —no muy fría—, mensajes archivados, que cumplo hasta alegre, diría yo.
El que acata órdenes con alegría, es porque espera un premio. Imagínense el mío.
Busco el florerito azul, y corto del macetero del patio seis violetitas fragantes. Seis meses de relación. Seis violetas.
En el cuarto, levanto las persianas. El sol ilumina millones de partículas, antes invisibles, descendiendo desde el voile de las cortinas. Empiezo a silbar Star Dust. Es como si ese polvo fuera de las estrellas nocturnas que, cautivas entre los pliegues, huyeran azoradas con la luz.
Mi bulto a cuadros saca los brazos musculosos velludos y se estira. Un bostezo sonoro. Se incorpora previo acomodo de las almohadas bajo la espalda.
—Pero mirá que jodés temprano —rezonga soportando la bandeja— y sí. La exposición entera era un bodrio. ¿Pero te diste cuenta el gancho que me tiró el artista?
Mastica tranquilamente el pan, sin mirarme. Me enfrío con la furia.
Bebo un sorbo de café amargo, con los párpados bajos. No me atrevo a levantarlos, porque un lagrimón gordo se me está escapando, y sí, soy tímido y sí, mi dolor me da vergüenza y odio.
Él prosigue, impertérrito.
—Me dio la tarjeta, y me dijo: Ché, fiolito, cuando te hartés del viejo, llamame. Podemos hacer algo a lo grande, nosotros dos. ¿Qué tal? Dice que te parecés al retrato de Dorian Gray...
Abre la boca para engullir otra tostada.
No le doy tiempo. No controlo la fuerza insana de la cólera. Me le tiro encima y aprieto. Aprieto. Aprieto su garganta. Suelto cuando mis garras chocan con los huesos.
Los domingos viene mi madre de visita. Me trae postres, libros y cigarrillos. No me reprocha nada. Desde que me enrejaron, está triste pero tranquila. Cree que estoy seguro aquí, libre de pecado. Hablamos mucho; me cuenta pormenores familiares. Ahora que los nietos navegan en Internet, me trae chistes.
La única vez que nuestra conversación cambia sus matices, es la tarde que me confiesa un secreto: “...después que nacieron tus dos hermanos mayores, yo estaba segura que serías una nena. Te preparé un ajuar rosado... hasta las cintas que sostenían el móvil con bailarinitas sobre tu cama era rosa. Te imaginaba rubia, graciosa y con enormes ojos azules. Te llamarías Carlota... Cuando el médico te levantó y diste el primer grito, enterada que eras varón, de pelo oscuro, me tapé la cara y no quería mirarte...”.
—¿Eso hiciste? ¿Me rechazaste? —aparto mi vista de ella asustado.
—Nunca me resigné, hijo... nunca. Te dejaba el pelo largo, te hacía colitas... siempre te compré camisas rosas... hasta te pintaba las uñas... me divertía... no sabía que te hacía mal... hasta que un día me llamaron de la escuela, las del gabinete de psicología...
No puede continuar, ni yo se lo permito.
—No te tortures, vieja. Eso quedó en el pasado, no te culpes... tal vez lo mío arrancó de otra parte... de mis genes... de mi glándula pituitaria... ¡qué sé yo! Ahora es tarde para todo. Cuando era varón quisiste hacerme nena. Nadie puede cambiar su propia naturaleza...
Se despide, esta vez con mucha ternura. Me recomienda un colirio para mis ojos lacrimosos, y camina derechita hacia la salida, confortada. Mi compañero de celda se arrima a los barrotes donde yo me apoyo. Me busca el lóbulo de la oreja con el labio, y su lengua me la moja. Su bulto rígido, metido entre mis nalgas, apostando a la noche.
No necesito tocarlo. Está ahí, y seguirá estando, sin posibilidad de escapatoria. Tiene para más de veinte años, como yo.