Canción
Por Andrés Rey de Artieda
(1549-1613)
“Cuando las desdichas mías
pienso que se han de acabar,
se vuelven a comenzar.
Con tantas veras me entrego
a tu potencia y rigor,
que al último extremo llego
de los martirios de amor,
que son fuego sobre fuego.
Crece el fuego con los días,
con tu desdén mis porfías,
con tu libertad mis daños,
y acuden los desengaños
Cuando las desdichas mías.
Este es el mayor despecho,
y la pasión mas aguda
que me descompone el pecho,
ver que el desengaño acuda
cuando ya no es de provecho”...
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Regla número veintiuno
“Los celos reales siempre incrementan el sentimiento del amor”.
El metejón
El tren corre más de una hora antes de frenar definitivamente en la estación Los Cardos. Y lo que a través de los vidrios empañados del vagón me había parecido simple llovizna, resulta un aguacero torrencial que nos empapa ni bien nos asomamos. Sergio baja ágilmente. Me ayuda y se adelanta a los demás pasajeros que también descienden, apurados. Muda disputa para encontrar un taxi.
—Voy a conseguirlo —dice señalándolo. Se aleja con grandes zancadas. Me deja desamparada bajo el agua, arrumbada junto a un galpón latoso. Ya está oscuro. Como desconozco el camino, no se dónde pisar. Troto a pasos cortos, de japonesita con kimono, sorteo el barro como puedo. Me malhumoro contra el clima, contra el viento que se sacude en mis flancos, contra mi optimismo. Todos los años la llegada del otoño me sorprende. No me resigno a tomar conciencia: el verano se acabó; hay que reabrir las valijas; desenfundar la ropa adecuada, ventilar el olor a guardado. Tiemblo de lo lindo con mi pantaloncito de hilo pegado a las piernas como una baba. Arriba, estoy apenas protegida por el saco de lana que encontré por casualidad, de pasada en un ropero.
Un único taxi, antiguo Mercedes, espera bajo el agua como escarabajo cachazudo. Brilla con el reflejo de las luces del bar de enfrente, que el conductor aprovecha para leer, medio de memoria, un periódico maltrecho que guarda cuando nos descubre.
—Qué tal, señor Sergio —exclama reconociéndolo.
—Bien, bien. Esta es la señora Marta —dice él a modo de escueta presentación.
El hombre me da la mano. Observa socarronamente nuestra ropa mojada y sin comentarios carga los bolsos adelante.
—Pero qué manera de llover y cuánta falta hacía, ¿no? —continúa Sergio apretándose dentro del coche donde ya estoy arrinconada. (Olfateo exudaciones de perro mojado. Se desprende de nuestra ropa de lana).
—Y, falta hacía, la verdá... A los Gorostiaga se les quemó un buen pedazo e’ campo la semana pasada. Estaba todo muy seco —dice el hombre dando contacto. El vehículo ronca asmáticamente, indeciso. Se para.
—Será el arranque —afirma Sergio aguzando su oído de ingeniero mecánico graduado en Alemania.
—Tengo que cambiarle el burro, sí —contesta el otro campechanamente. Tranquilo, sin aval de universitario. Pero quién le quita los años de estratega para hacer caminar al vejestorio aquel de épocas gloriosas.
—Está ahogado —rezonga sin emoción al rato—. Habrá que esperar.
Estamos nerviosos, al borde del asiento. Le vuelve a dar contacto. Otra vez. Otra, hasta que el armatoste obedece.
Sergio suspira y se recuesta a mi lado.
—¿Se quemó mucho? —reanuda la conversación francamente aliviado.
—Y... sí. Menos mal que estaba la pionada, que si no, el asunto hubiese sido pior... Igualmente, salieron unos cuantos chamuscados. Y el susto, ni le cuento.
El hombre conversa y de paso me espía por el espejo. Yo aprieto mi cartera con vergüenza. A cuántas otras conocerá. A cuántas otras habrá traído hasta la casa. Tal vez supone que Sergio y yo estamos casados. Pero no. Porque en vez de decir: “Le presento a la señora Marta”, hubiera dicho: “Le presento a mi mujer”. Me revuelvo incómoda en el asiento. Quisiera que no me importara pero sé que en realidad me importa. Bah, que crea lo que quiera. La gente del campo es así. Curiosa, suspicaz y malpensada. Siguiendo mi instinto, le sacaría la lengua y lo mandaría al diablo. Y si fuera menos burguesa, le sostendría la mirada sin darle importancia. Mi cobardía y las capas sucesivas de barniz están muy consolidadas conmigo: “Saluda a la señora, hijita. Ninguna mujer decente se acuesta con otro hombre que no sea su marido. Sentate bien. Las niñas nunca abren las piernas. No señales con el dedo. Una joven como vos no necesita esos revoques en la cara. Limpiate”. Códigos de moral y buenas costumbres casero, perfeccionado en el colegio de monjas, machacado en la escuela secundaria, médula de mis huesos.
Pero le devuelvo la miradita y él se ocupa rápidamente del camino. Totalmente ajeno a nuestro duelo criollo, mi compañero sigue hablando: de las plantas, de los animales sedientos. “Tengo alma de campesino”, me ha dicho. No me mira y vuelvo a sentir ese desamparo de hace un rato, cuando estaba perdida entre el barro. De repente su mano busca la mía, se cierra sobre mis dedos entumecidos. Intuyo que intenta infundirme el coraje que me falta. Me aflojo un poco y resbalo el índice hasta su muñeca. Me gusta la tibieza dulce de ese trozo de piel. Detecto el vital correr de su sangre: tac-tac; tac-tac. Menos mal que el simplote que conduce se dedica al camino y no vigila.
Trato de no pensar en nada. En nada. En nadie. Desde que subimos al tren, desde el momento en que decidí acompañarlo a pasar este fin de semana en el campo me lo he repetido mil veces: no voy a pensar en nadie. No voy a establecer comparaciones. Ya las conozco, son odiosas. Se presentan de todos modos, sin que una las llame. Una vez instaladas, pueden hundirme en un pozo inquietante que me es muy familiar. “Es demasiado viejo para vos” —rezongo de Nelly y Lissel cuando se enteraron. “Qué porvenir te espera a su lado. Un hombre divorciado tres veces...”. Miradas de recíproco escepticismo, que pesco al vuelo. “Debe haber algo en su personalidad que falla” —puntualizan mis cofrades.
—Pero si no lo quiero para casarme. Si apenas lo vi cuatro veces, y dos fueron salidas al cine —me defiendo de las que me defienden.
Nuevas miradas de conciliábulo: “¿Qué bicho le habrá picado? ¿Es la misma Marta que tratamos a diario?”.
—Esta Ofelia es más loca que la de Shakespeare... No te puede endilgar un tipo al que apenas conoce —remata Liessel, que es anticuada y la ofenden aventuras desordenadas.
Ahora que di el gran paso quiero dejarme estar. Batallaré por mi derecho a esta pequeña escapada sin preocuparme por su futuro, si es que lo tiene. Está bien, es viejo. No confío en sus evasivas cuando hablamos de su edad: estoy llegando a los sesenta —afirmó sin mirarme. Me parece más bien arribando a los setenta. La tarde que lo conocí me conmovió esa fantasía casi femenina de pretender engañarme con la edad.
—¿Por qué dice que es anticuario, si en realidad es ingeniero? —regaño entonces, cuando hablamos de su profesión.
—Porque me parece que un ingeniero no resulta un tipo bastante interesante... Tengo más afinidad con el refinamiento de un bello mueble que con la pasión del cálculo. Me atrae el arte —dice concisamente.
Eso es, en cierto modo, justo. A mí me había gustado lo de anticuario. (Ofelia, cuando le dio mi teléfono creía que ése era su oficio) No lo es. No usa las verdades a medias, como yo, sino una lisa y vulgar mentira para promocionarse. Este viejo me está resultando un rico tipo. Ahora estamos sentados lado a lado. Mis pantalones húmedos pegados a sus pantalones mojados. Mi mano en su mano, con la única intimidad, empezada en las sesiones de cine donde fuimos juntos, de esta avanzada mía dentro del puño de su camisa.
Tengo muy presente nuestro primer encuentro. “La espero en el atrio de la iglesia”, propuso cuando resolvimos conocernos. Yo recibía mis lecciones de pintura en una casa que quedaba enfrente, de diecinueve a veinte. Convenimos que las cinco era una buena hora de la tarde para vernos. Lo ubiqué parado, con el Times que habría de ayudarme a reconocerlo, arrollado en la mano. Por mi parte, apretaba nerviosamente mi saquito de gato, puesto al mismo efecto de ser reconocida. Un anciano ligeramente encorvado. Un Jacques Cousteau judío. La cara muy delgada, surcada por hondas arrugas y un par de ojos azules chirles y remotos. Nada para un desmayo, nada para desbastar multitudes. ¿Por qué acepté esta cita a ciegas como una tarada? ¿Por qué la primera gran trasgresión de mi vida, es con este anciano, flaco, macilento y feo? ¿Dónde está la magia, el impacto que me desveló la noche entera, ensoñando como una adolescente?
Tengo el imperioso deseo de pegar la vuelta y salir corriendo. ¿Ya dije que soy una cobardona? Me quedo y empiezo a tartamudear:
—Mucho-gusto-cómo-está —aunque ya estoy viendo que muy bien no está, para qué vamos a engañarnos. Pero adelante negra con los faroles, no te vas a echar atrás y salir disparada.
—Bien, mucha gracia —trina él con vocecita aflautada y comiéndose las eses—. Ahí hay una confitería donde pueden servirnos un té —invita tomándome el codo y ayudándome a cruzar la calle.
Aprisionada por su mano y por mis eternas indecisiones me dejo conducir. Quiero, y no sé si lo consigo, adoptar aires de mujer mundana, acostumbrada a citas con individuos desconocidos en atrios de iglesias, despojada de toda timidez y entrando en materia sin trabas de ninguna clase. A saber:
—¿Así que usted es viuda? —pregunta mi candidato.
—Síííí, esteee... Mi marido murió hace ocho años —balo sin voz. (La lamparilla del cuartel de policía se balancea sobre mi cabeza).
—¿Cuántos hijos tiene? —prosigue impertérrito el cazador.
—Eh... cuatro. Pero todos son varones —subrayo infantilmente. Quiero restarle importancia al número. Es cosa sabida que los varones se independizan antes, que dan menos dolores de cabeza que las hijas. Pretendo convencer a este pesquisa que me arrincona contra las cuerdas sin piedad.
—¿Y no le parecen muchos, cuatro hijos? —dardo certero al centro de mi pecho.
—En su momento, cuando el padre vivía, éramos una linda familia. Y a pesar de lo difícil que fue criarlos, no me arrepiento de haberlos tenido —me recupero, de nuevo en guardia.
Me mira con sus ojos fríos. Observo el cuello de la camisa ajado, casi sucio diría yo. Una corbata antigua se enrosca alrededor de su pescuezo flaco. Pero como no todos han de ser defectos, me entretengo en sus manos. Son hermosas. Con dedos largos, nerviosos. Rematan ligeros en la plazoleta de las palmas. El dorso surcado por venas pronunciadas que resaltan en lo magro de la carne. Prodigiosamente, esas uñas son cortas, parejas y limpias. Está sentado un poco de costado. Puedo observar, ahora, el pie delgado, calzado con una botita marrón que hace juego —por milagro— con las medias tostadas. Y digo por milagro porque sospecho que no coquetea con la ropa. O que realmente la última de sus mujeres, que dice que todavía vive con él, no se la supervisa, como lo hacen las esposas por tradición y mandato inmemorial. Vaya a saber el estilo de sus relaciones. No cuenta mucho, ni yo le pregunto. Cuando me pide que lo llame por teléfono, y anota el número, advierte mi ligera vacilación.
—Puede llamar tranquilamente —dice—. Entre Isabel y yo no existe nada.
—Y si no hay nada... ¿por qué siguen viviendo juntos?
—No vivimos juntos. Lo único que hacemos es compartir la vivienda por razones económicas. Esto es largo de explicar. (Corte veloz para averiguaciones comprometedoras)
No entiendo muy bien la situación, pero no quiero parecer —ni lo estoy— muy interesada. No soy celosa ni desconfiada, acepto sin insistir. Ahora que lo he visto, entiendo por qué necesita mentir para despertar un primer interés en las mujeres. Caminamos despaciosamente hasta el lugar de mis clases.
—Qué casa tan elegante —comenta admirando la puerta bellamente tallada.
Cierto, la casa es elegante. Pero nunca se me había ocurrido calificarla. Voy, hago el trabajo, que me resulta entretenido y salgo. Pero este caballero medieval se fija en los menores detalles estéticos. “Qué lindo abrigo”, ponderó apenas nos habíamos dado la mano.
Al despedirnos junta prusianamente los talones, me echa una larga y cálida mirada —sí, cálida— recorriéndome de arriba abajo. Me pilla totalmente desprevenida. Sus ojos se han animado de pronto. Un insólito cambio. Alza mi mano y deposita en la palma un beso húmedo. ¿Me parece, o su lengua se apoyó un instante? Una oleada de sangre en la piel de mi cara me avergüenza. Pero... Reconozco. Su intención me transforma. Pego la vuelta para entrar sintiéndome otra. Ese minucioso, premeditado mensaje, ha producido el toque. ¡Touche! ¡Interesada! Me siento linda. Camino liviana como una pluma. Halagada, canturreo en el ascensor que me lleva al segundo piso. Si fuera mujer bajo tratamiento analítico, me tendría que pasar un buen rato en el diván hasta descubrir el verdadero porqué de este cambio revolucionario en mi interior.
¡Qué sola caminaba por las calles, para que este mínimo gesto me confunda de este modo! Su quinta está a tres kilómetros de la estación. Con razón se preocupaba tanto por conseguir un taxi. “Menos mal que las calles están asfaltadas”, pienso ahora estremecida. Los vidrios del automóvil se han empañado. Llegamos al fin a una tranquera verde, en medio de un bosque en quejumbroso movimiento por la fuerza del viento.
—Un momento, un momento —dice y forcejea con el portón hasta conseguir abrirlo.
Las luces del coche iluminan el nombre de la casa en una placa sobre la madera: “El Metejón”. ¡Vaya con el nombrecito! —murmuro. Sergio me toma de la mano, cortando mi monólogo.
—Por aquí... Ahora acá —me ayuda a sortear los charcos. Lleva mi bolso en la mano libre y carga el suyo a la espalda como mochila.
—Las mujeres criollas no saben calzarse para la lluvia —critica observando mis zapatos empapados.
—¿Ah, no? ¿Y qué tendría que haberme puesto? —respondo ofendida.
—Botas con suela gruesa —afirma rotundamente.
—Pero cuando salimos no llovía —porfío yo.
No confieso que quería impresionarlo. Bien calzada, con un poco de plataforma para parecer más alta. Me aventaja en algunos centímetros, que no justifican para nada eso de más alto que el término medio, longilíneo como se autodefine.
—Toscas son esas plataformas que se usan ahora. Con los pantalones parecen mutiladas —otra verdad de a peso, que anuncia sin esperar respuesta.
Menos mal que las mías no son “esas” plataformas. Por otro lado, tiene toda la razón del mundo, pero no me dan ganas de dársela. Este te digo y me dices no es un diálogo picante de una pareja en su primera cita a solas. Parece más bien el pan nuestro de cada día entre un matrimonio ajado, de dos que arrastran sus soledades aisladas y tristes por los bares de Buenos Aires.
Menos mal que ya llegamos a la casa. Abre la puerta aprovechando la claridad de un relámpago y entra para encender la luz. Estamos en una amplia cocina fría, con olor a encierro, propio de los lugares deshabitados. Deposita los bolsos en el suelo y se vuelve a mirarme compasivamente.
—Está toda mojada —echa una mirada en derredor y descubre una toalla en una silla—. Tome. Pásela por el cabello... A ver... a ver —me fricciona enérgicamente. Quedo casi seca. Otro hecho notable: no usamos el tuteo, pero me desarmo en sus manos, aliviada.
—Ahora sí, bienvenida a esta casa, y por mucho tiempo.
¿Hay como un asomo de calidez en su voz? Imposible afirmar, los nervios me bloquean. Me toma la mano, me da uno de aquellos besos —en la palma, ahora con intención evidente—. La deja caer como un trapo y me ordena:
—Si usted coloca la pava para el té, yo encenderé el fuego de la chimenea del cuarto.
—Sola otra vez. Menos mal que aquí no llueve. Este gringo es frío. Criado como pollo guacho, sin ternura —catalogo en una evaluación que tiene como único fundamento mi miedo, y su desparpajo para dejarme sola.
Rápidamente hago un racconto de mi situación: estoy en una quinta que no sé bien dónde queda, con un semidesconocido, en medio de un vendaval, sin teléfono. De noche. ¿Qué recursos tengo? Mientras no aparezca con un cuchillo, intentando partirme en dos, debo seguir mi impulso, el que me llevó hasta aquí; vivir, por lo menos una vez en la vida, una aventura antes de cumplir cincuenta.
La casa se viste de madera por doquier. En los techos, en las puertas ojivales con mucho de monacal. En los rincones se apilan rollos de cable, máquinas de cortar el pasto; un banco de carpintero, una montura encima y aperos de caballo. Mezcolanza de platos sucios, diarios viejos, ropa. La casa de un hombre solo, en la que resalta, no obstante, la nobleza de la carpintería.
Como sucede en estos casos, tardo un buen rato en descubrir el escondite de la vajilla. Un caminito de hormigas me señala el lugar del azúcar. Cuando al fin encuentro las tazas, resultan así: una celeste sin manija con un plato verde cachado. La otra —porque solamente hay dos— es verde más claro con el plato blanco. Acomodo la “porcelana” en una bandeja de madera y la deposito sobre la mesada. A este admirador del arte, no le interesan las tazas.
Avanzo para encontrarlo. Paso por un living enorme con una pared entera recubierta de libros. En la parte central, el muro se abre en una gran chimenea. En los espacios vacíos, dos cuadros camperos de Caribé, con caballos sin patas y mulitas de caparazón pinchoso, que al parecer, parlamentan con los gauchos. Otros dos más grandes son de Molina Campos. Recorro un pasillo en sombras y esquivo apurada el hálito helado que sale del baño. Descubro un dormitorio, y a él delante de la chimenea.
—¿Puedo ayudar? Me gusta encender el fuego —digo arrodillándome a su lado, sobre un cuero de vaca que sirve de alfombra.
—El tiraje está frío, pero ya se calentará —dice haciéndome lugar. Prepara un rollo con una hoja de periódico y lo arroja al humo.
—Acérquese más, así entra en calor —prosigue meneando la cabeza—. Al campo hay que traer ropa práctica.
¡Otra vez el tonito de superioridad alemana!
Pero sonríe con simpatía. Sus ojos de pájaro inquieto se sosiegan un instante en mi pulóver, suben por mi cuello, examinan mi cabello —que estoy segura parece el pelo apelmazado de las muñecas viejas. No sé si salgo aprobada o no. Vuelve a hundirse en su silencio, atento solamente a la marcha del fuego que está vivo y cambia, como nosotros.
Una llamita alegre se levanta. Sergio suspira: “Por fin”.
La llamita pelea por expulsar la humedad de la leña, avanza culebreando. Él me rodea el talle sin mirarme. Me endurezco en una expectativa inquieta. La llama, de pronto adulta, se alza siseante en un victorioso crescendo. Su luz ilumina el cuarto, alarga nuestras sombras. Enrojece mis cachetes.
La mano desciende, redondea mi trasero como un escultor modelaría un cuerpo. La mano es flaca y práctica. Presiona de una manera lateral totalmente exitosa los broches de mi corpiño. Me vuelve y se vuelve. Enfrentados y todavía de rodillas, levanta mis brazos y me quita la ropa con lentitud artesanal. No me habla pero me come. El acecho del cazador seguro, guardabosque sin titubeos.
—Cuánto llueve —digo como una idiota.
Mis pechos se sueltan. “Qué hermosos” —dice sopesándolos dentro de la palma. “Qué hermosos”, y me besa otra vez. Siento esa conocida erección de mis pezones que, de sonrosados y distendidos se transforman en botones oscuros.
—Unos nipples perfectos —pondera en su jerga erudito-ingenierosa.
Se levanta de un salto y abre la cama. Se desnuda en un santiamén. Alcanzo a vislumbrar las piernas flacas, un trasero chato y blanco, una funda larga alojando los testículos, que le golpetean las piernas al introducirse dentro de la cama. Tengo ganas de soltar la risa, pero estoy tan nerviosa como una novia de quince. Me enredo en las medias, me quito desmañadamente el pantalón. Parezco un astronauta caminando pesadamente en su primera marcha por la superficie lunar.
Con la misma gracia me instalo al fin entre las sábanas. Me pone de costado y su boca me busca ansiosamente. La mano, un haz de nervios, recorre mis caderas, alza mi pecho hasta su boca, me aprieta la espalda, me presiona contra él. Abrumada por esa efervescencia insospechada, correspondo solamente a sus besos. Me voltea con habilidad y se trepa encima mío. Sigue besándome concienzudamente. Su lengua me busca. Me encuentra, finalmente dispuesta. Vuelve a ocuparse de mis senos.
—¿Quieres que te bese? —ofrece recorriendo el vello del pubis, que enreda entre sus dedos.
—No, no quiero. No me gusta. No puedo —me resisto en estado de alerta. “Los alemanes tienen costumbres raras”. Lección número cinco en las reuniones “verdes” con amigas del colegio. Y éste es el primer alemán en mi vida. No insiste. Me mordisquea los muslos. Apoya su lengua en mi famoso ombligo. No me atrevo a bajar las manos buscando su sexo, que siento rozar blandamente apoyado en mi ingle. Deposita en el hueco de la mano un gran chorro de saliva, que lleva entre mis piernas como lubricante. Descubro que mi clítoris es masajeado suave, magistralmente. Este tipo no aprendió a hacer el amor por correspondencia. Es un habilidoso, disciplinado, atento y gentil amante, munido de un fuego contagioso y voraz.
Su erección se demora, pero él no se preocupa. Acaricia mis orejas y me mordisquea el lóbulo. Hace mucho rato que olvidé el resquemor que sus grandes dientes postizos amarillentos me habían provocado aquel día del primer té.
Me aprieta más. Percibo por fin su erección arribando en oleadas de sangre a su miembro. Lo introduce ayudándose con la mano. Nos ajustamos en el ritmo más antiguo y perfecto del universo.
—¿Te falta mucho? —cuchichea en mi oreja.
Yo me estoy diluyendo en un orgasmo contenido, largo, majestuoso. Un orgasmo olvidado, que me deja estupefacta y dichosa.
—No creí que podría de este modo —puedo decir al fin, abrazándolo.
—Ahora me viene... me viene, me viene —aúlla él con los ojos cerrados, en una concentración de esfuerzos. Abre la boca y su saliva se derrama sobre mi cara como caldo tibio—. Ahhh, qué bueno... —se desploma y limpia con el dorso de la mano la saliva en mi cara. Permanecemos abrazados sin hablar, sin movernos, los cuerpos sudorosos apretados, las entrepiernas húmedas de sudor y semen. Su sexo, desganado, permanece dentro de mí por un rato. Sus pies rozan mis pies. Sus manos se demoran en mi cara, en mi pelo. Una eternidad de paz. Afuera sigue lloviendo blandamente, un grillo se desafora en algún rincón.
Se abalanza el recuerdo del poeta: “Llueve sobre la ciudad como llora mi corazón”. Pero mi corazón no llora. Se despereza alborozado, voluptuoso, descubridor de ese doblez apasionado casi lujurioso, que con provinciana prolijidad venía escondiendo de mí misma.
No se baja hasta que lo empujo. Murmura pequeñas palabras: “Qué bien hueles”. “Ha salido perfecto”. “La sincronización fue la de un reloj suizo”. “Me gusta tanto besarte”. “¿Quién te enseñó a hacer el amor?”.
Yo sonrío y también lo beso. ¿Es este el mismo Sergio del atrio de la iglesia? Mi dedo recorre sus arrugas, se hunde en el pómulo delgado. La ternura agradecida lo impulsa:
—Tenía razón el cenicero —digo como para mí.
—¿Qué cenicero? —murmura sin perder el contacto con mis pechos.
—Uno que había en un hotelito, en una aldea de Francia. Decía: “Un buen gallo nunca es gordo”. Entonces pensé que era solamente una leyenda de humor.
—La gordura nos hace torpes —se levanta y se viste con la misma velocidad con que se desnudó—. Tú quédate en la cama. Yo traeré algo para comer.
En ese momento los dos nos acordamos del agua para el té.
Hace rato hirvió y apagó el fuego, claro está.
Al salir enciende la luz. Quince años de matrimonio firme con un marido que me amaba, que respetaba y en el que confiaba, habían hecho de mí esta señora gordita, casera y sin altibajos. En este preciso instante, necesito saber todo sobre Sergio. Su historia. Sus amores y dolores. Sus mujeres. Imperiosamente, quisiera oler su chaqueta, hurgar sus bolsillos, revisar su libreta de direcciones, tener la certeza de ser su historia única, memorable, definitiva; no ser “la mujer”. Pretendo ser la “última mujer”.
Respiro a fondo y reacciono. Me estoy chiflando, y la locura me desborda. Debo recuperar la cordura. Cuento tres vigas maestras, y siete más delgadas sosteniendo el cielorraso de madera que se pierde encima del ropero en una bohardilla abierta donde guarda tablones que asoman junto a hierros y pedazos de caños. Escucho el croar de las ranas de afuera. Juguetean en los charcos, zambullidas en la mansedumbre de las gotas. (Quiero entretenerme. Persisto en mi intención de no pensar en nada) El viento se arremolina frente a la ventana, las persianas se golpean. No lo dejan pasar, así que retoma su camino despeinando pasto y desgranando gotas. Qué fabulosa flexibilidad, la de la naturaleza agitada ahí afuera. Con un escalofrío me arrebujo en la áspera robe hedionda de naftalina que saqué del baño. No tuve la precaución de cargar en el bolso una propia. Sergio aparece con la bandeja. Trae el té —ha cortado rodajas de pan negro—, un poco de jamón y queso que serán nuestra cena. De su hombro cuelga un repasador-servilleta-pañuelo de color indefinido.
—Me gusta la lluvia —dice haciéndome prestar atención al llamado del agua contra los vidrios de la ventana. Se oye, simultáneamente, el sordo desgajarse de una rama en el bosque. Lo miro con miedo. Amo los árboles, pero conozco su poder destructivo al caer sobre los techos—. Los eucaliptos se rompen con facilidad. Por eso los he plantado lejos de la casa —explica con esa concisión a la que me acostumbro apenas.
Comemos con hambre. Se ha instalado una finísima red. Un entendimiento de pieles, de sexo que nos sirve para observarnos de vez en cuando con sonrisita cómplice. Un hilo frágil, inútil para resolver mis incógnitas o evitar la lejanía que implanta en nuestro diálogo cuando así lo decide. Súbitamente, se sumerge en silencios con imágenes perceptibles sólo para él. Me aparta de su presente. Se aísla. Corre a refugiarse en el pasado. En su pasado en este mismo cuarto, con otras mujeres a las que también amó, que también lo amaron. (Ahora estoy segura que es capaz de despertar pasiones)
La legión de Frauliens y Mademoiselles que lo educaron, lo sacuden. Reacciona haciéndome una caricia distraída en el cabello.
—Me gustan tus canas. No te las tiñas, por favor.
(El perrito que soy mueve la cola agradecido).
Arregla las tazas para devolverlas a la cocina. Hay otro dormitorio, pero de común acuerdo decidimos compartir éste, cuya cama es muy angosta. Me voy hundiendo entre las sábanas, lo espero despierta haciendo esfuerzos. Lo oigo en el baño lavando sus dientes. Levanta la tabla del inodoro y hace un pis largo a puertas abiertas. Este es otro tipo de intimidad al que me tendré que acostumbrar. Mi galán aparece al fin. La calva le reluce como un huevo y las piernas son realmente flacas.
Cuando entra a la cama me corro. Pasa el brazo por mi hombro con ternura. Está muy oscuro. Pero qué hermoso este reposo juntos, iluminados por los resplandores del fuego que atizó antes de acostarse. Me aprieta contra sí.
—No había imaginado que una madre de hijos como tú sería capaz de hacer el amor con tantas ganas —afirmación categórica, de esas que me dejan muda.
Por lo visto, también tiene sus casilleros cuidadosamente clasificados. Solteras sexy que saben. Multíparas gorditas que no pueden. (¿O no deben?) Yo misma no me sabía capaz. Como tampoco creía que de golpe y porrazo podría desembarazarme de prejuicios, miedos y preconceptos a tal velocidad. “Jamás podría hacer el amor con alguien que primero no me conquiste”. Sergio se ha limitado a darme un beso insinuante en la mano y a llevarme dos veces al cine. Nunca advertí que hiciera esfuerzos denodados por convencerme. Quizás porque él mismo no estaba lo bastante convencido.
“Ese tipo de piel” —aludiendo a la suya, blanquiñosa y con pecas. “Brrrr”. Y aquí estoy. Deseando que vuelva a la cama para tocarlo.
“Para que pueda besar a un hombre, éste debe tener dientes inmaculados”. Y ya hablé de su boca. Cuando se concentra la cierra herméticamente, como la de un pescado antipático. ¿Habrá pescados antipáticos?
—Marta, mucha gracia.
Se sigue comiendo las eses. Uno de sus pocos vicios de dicción. Estoy sorprendida de la vastedad de su vocabulario, y de los idiomas que habla; de sus enciclopédicos conocimientos, que desgrana sin ostentación, al pasar. Se vuelve de espaldas. Observa las llamas que agonizan. Se lleva un dedo a la boca, como un niño de nuevo perdido.
Nos ronda el silencio. Inmenso, casi de catástrofe. Arrimo los senos desnudos a su espalda y me cubro también. Mi mano busca su mariposa, que reposa entre las piernas, tibia en el cobijo del despoblado vello del capullo.
—El verdor del pasto depende de la habilidad del jardinero —susurro en el oído del dormido.
El miércoles, en la confitería donde nos encontramos ya habitualmente, me entrega su carta.
La doy vuelta entre los dedos con temor.
¿Se estará despidiendo?
—Por favor, no la abras ahora. Mejor léela en tu casa.
Querida:
Lunes, después de aquel viernes.
Fui a la fábrica aquella a trabajar. Todo el tiempo llevaba mis manos a la cara adivinando así tu perfume y el de tu fabuloso sexo.
¿Cómo podría pensar que bajo aquel aspecto de señora reposada —casi burguesa— se escondía todo ese fuego?
Tu cara, transformada por la pasión, diez años más joven. Tu piel.
He recorrido tus bosques y he besado tus valles para sucumbir en el glaciar helado de tu hueco. Qué terrible, insaciable y frenético ese aprisionarme y soltarme, soltarme y aprisionarme de tu magistral manera de hacer el amor.
Nunca nadie antes me recibió así. Nunca he tenido estos sentimientos.
¿Cómo pude esperar tantos años para encontrarte? ¿Y que haré después de ahora?
Te besa tu
Sergio
Estoy parada delante de la ventana del departamento que comparto con mi familia. Mira hacia las vías del tren. El mismo tren que nos instala uno y otro viernes a esos fines de semana en El Metejón.
Tal vez alguien haya observado bajo un microscopio la evolución de un diminuto huevecillo; con una lentitud que está instalada en sus células como una marca inmutable, crece hasta alcanzar tamaño y fuerza. En el fondo de su instinto, la sabiduría ancestral conserva un rastro: algún día será mariposa. Pero su permanencia en el estado larval puede ser eterno. Tal vez muera sin que sus alas se mezan en la brisa.
Antes de Sergio, yo era eso: una larva encerrada en mandatos obsoletos pero sólidos. Una prisionera de mí misma. En fin: una señora gordita, común, caminando por senderos planos y confiables. Me convertí como por ensalmo en una extraña. Río cuando él se alegra. Me aparto de mis amigos porque a él le disgusta compartir. Renuncio a mi bien amado mate amargo. Encuentro razonable que el famoso asado dominguero, una parte entrañable de mi folklore provinciano, sea desechado con desdén por Sergio. En el enfrentamiento, sus aciertos lúcidos me intimidan.
—Se sigue con el asado y con el mate, hábitos de indios, porque tus compatriotas son haraganes, buscan lo más cómodo. ¿Por qué no crían gallinas? ¿Por qué en lugar de arreglar el mundo en el boliche, no estudian algo para prosperar? —en estos diálogos, entreveo mi cuerpo colgado de una soga. Soy ejecutada por su lógica.
En instantes, como si nada hubiera pasado, se transforma. Me abraza. Caminamos bajo los árboles, tomados de la mano. Inventamos un pic-nic tirados sobre una vieja lona, escondidos en un rincón del bosque. Hacemos el amor. Ya no pendo de la soga. Me balanceo de un extremo a otro del arco iris.
Con la misma velocidad con que me enamoro, adquiero chifladuras que siempre detesté. Reviso sus libretas, huelo su ropa, busco en los cuellos de sus camisas el rastro del rouge. Estoy saturada de miedos. A perderlo, a que encuentre la famosa flaca alemana intelectual, con la que podrá leer a Goethe en su lengua, o discutir los orígenes de Wagner, o si el cuadro de Egon Shiele que cuelga en su living es auténtico. ¿Valdrá 10.000 libras el pectoral egipcio de turquesas que se subasta en Christie’s? ¿Es mejor Fader o Quinquela? Diálogos en el mismo nivel.
Este descubridor de mi sensualidad es mi mago y mi Satán. Lo persigo con interrogatorios celosos. Exijo tiempos que se reservaba. Agoto el fondo de su paciencia. Estoy resultando lo que él temía: una burguesa dependiente. Pretendo cercenar su preciosa libertad, su albedrío que maneja sin necesidad de compromisos.
Una cosa es hacer el amor como el ejercicio de un arte. Otra diferente es la entrega.
Con la frialdad que le conozco, elegantemente, instala esa línea continua que marcan los monitores del hospital cuando alguien se muere.
“No nos veremos más. Comparto otra relación”, reza el telegrama que me envía. Telegrama idéntico al que nos despide de un trabajo.
A tropezones, cegada muchos ratos, por el flujo interminable de mis lágrimas, me arrastro un dilatado año, enmarañada en el caos. Finalizo el duelo una mañana diferente. Puedo por fin afrontar el brillo de las vías, y los trenes que pasan no hacen temblar mis piernas. Las huellas visibles se acurrucan en mis ojeras y en mi piel sin lozanía, pero mi corazón casi logró el sosiego.
Desfilan por mi memoria una cantidad de mujeres que conozco. Mujeres casadas, con buen pasar. Sobrellevan relaciones resignadas, pero permanecen encadenadas, sin coraje para afrontar sus verdades. Evadirse de un aro seguro, donde los baches ya son conocidos, para abrirse paso otra vez en la arena, no las tienta. La evidencia del fracaso es, sin embargo, inocultable. Está en el rictus amargo de la boca, en la estridencia de la voz, en la urgencia por someterse a masajistas, peluqueros de moda, viajes en los que no se aprende nada, o partidas de naipes donde es estaqueada sin rubores la intimidad de las amigas. Son mujeres sin paisajes, sin música. Cansadas del sexo sin matices, eluden el contacto físico con un argumento infantil: dolores de cabeza o malestares en el vientre. Olvidaron hace rato el andante vivacce de dos cuerpos. En este instante, algo gracioso se me ocurre. ¿Qué pensarán los hombres de la idea de abrir aulas de asistencia obligatoria pre-pareja, en la que mujeres con especialidades médicas, psicológicamente inteligentes, émulas de la escuela de Van de Velde o Masters y Jhonson, cautelosas y conocedores, les explicaran paso a paso, la organización y funciones del cuerpo femenino? ¿Se convencerían que muchas mujeres no son frías, como anuncian, sino solamente mal trabajadas? ¿Entenderán que a la mayoría conmueve más un pequeño ramito de violetas, o un chocolate que brota de un bolsillo, que las promesas a futuro de un galán inmaduro? ¿Saben que el espíritu del baile huye asustado cuando los jóvenes se sacuden como marionetas epilépticas, incapaces de emocionarse con Patsy Cline cuando canta Crazy? Mi pensamiento trae un rebote melancólico:
Aquellos atardeceres otoñales, en nuestro dormitorio-nido. Mi mano en el cobijo de sus dedos atesorando la memoria del mapeo de nuestros cuerpos en la noche pasada, expectantes para la experiencia que se avecina. Los rescoldos del fuego que agoniza entibian la piel de nuestras espaldas. Advertimos el solaz blando de la lluvia en la ventana, y reímos del grillo que canta en el ropero. Afuera está la sumisión del árbol ante el viento, el bramido del trueno, la luz del relámpago que lo sigue.
Los relojes se detienen. La humanidad entera está feliz.
Mi Houdini transformó mi conejo, y dibujó el nuevo horizonte de mi cielo para siempre. ¿Qué puedo decirle, sino gracias? La tierra no puede enojarse con el sol que embiste la corteza hasta lograr germinar su entraña.