Erótica
Face to face
kiss to kiss
mount to mount
lips to lips
sex to sex
life to life
death to death.
Marcos Ricardo Barnatán
(1946 - )
Regla número veintidós
“Los celos, y por consiguiente el amor, son incrementados cuando uno sospecha de su amado”.
Los de a bordo
Esteban, el piloto.
El Boeing aterriza limpiamente, no obstante la neblina cerrada. Se come velozmente el primer tramo de pista, se desliza más lento, y frena sin dificultad. Un aplauso cerrado del pasaje, sonroja de satisfacción a los de la cabina, que recobran la compostura. El copiloto suspira y mira su reloj. Los demás, sentados, observan silenciosos los movimientos de la gente de tierra.
Esteban es el último en reaccionar. Mientras duró el vuelo, movido en varios tramos de la ruta, los nervios tensados le produjeron la descarga de adrenalina necesaria para que los pasajeros permanecieran confiados en los asientos. El aterrizaje, las últimas conversaciones con la torre, quitarse los auriculares, saber que tiene que bajar, colocarse la chaqueta y la gorra, salir de su cubículo y enfrentar los problemas de tierra, le producen una angustia extraña, que le envara las piernas.
Se inclina y toma el telefonito de su bolso.
—Hola... ¿es la clínica psiquiátrica? ¿con quién hablo?
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—Soy Esteban Méndez... sí, el esposo de Anaella...
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—Por favor... le ruego que le diga que aterrizamos bien... que la llamo del hotel apenas llegue...
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—Otra cosa Rosalía. Usted, que es tan paciente con ella... dígale que la quiero mucho. No lo olvide, por favor... Anaella necesita estar segura... todo el tiempo, segura. Gracias, eh. Muchas gracias.
Asiento 23 D
La anciana espera que sus compañeros de hilera desciendan. A solas, abre su carterón de mano. Hábilmente introduce la manta y dos juegos de cubiertos. Sin nervios, con la conciencia limpia.
—Todo lo que ganan estos gringos, con los aviones llenos; viajamos apretados como sardinas —murmura—, qué les hace perder una cucharita o dos.
Retoca con polvo la punta de su nariz, y se despide de la azafata con una sonrisa y un hasta pronto.
Javier, Comisario.
—Sí, señor... aquí está su abrigo —lo dobla y se lo alcanza al del asiento 30 C, que lo olvidó con el apuro por bajar.
—Cuando salimos, quieren subir primero... cuando llegamos, se desesperan por descender —piensa sin borrar la sonrisa que le permite exhibir las dos hileras de dientes blancos y saludables. Calcula el riesgo, y se arrima a Teresita, la azafata, que bosteza con disimulo detrás de su pequeña mano.
No hay tipo que no le tenga hambre a Teresita. Si se la mira rápido, es una rubiecita sin maquillaje, con el pelo anudado atrás en una cola. Pero si uno se detiene, y se fija en las piernas torneadas, en la gracia con que mueve las caderas, en la perfección de las diminutas orejas... se engancha como un imbécil, cualquier macho. Hay historias de pasajeros que le mandan flores. Otro mas osado la esperó en el comedor del hotel. Jamás aflojó con nadie. Qué piba sensacional.
—¿Querés tomar un trago antes de la cena? —suelta haciéndose el canchero.
—No. No puedo. Estoy cansada. En este vuelo hubo gente pesada.
—Sí , el borracho del 19 A ¿no?
—No. Al borracho lo atendió Laura. Tiene mas carácter que yo.
—¿Entonces?
—Es que ya vengo mal de casa... los chicos estuvieron con gripe... Lisandro aprovechó mi estadía para inventar un escándalo.. estoy harta. Har-ta —deletrea con la cara seria.
Sergio, embalado, siente que pierde el control.
—Vos sabés que no me quiero meter en tu vida... pero ¿por qué no te separás?
Teresita ya arrastra su carrito y el abrigo.
—No me separo por mis hijos. Me casé con Lisandro conociendo su naturaleza celosa, para darles el gusto a mis padres. “Es un buen partido. Lo conocés de chico”. Me taladraban. ¿Sabés lo que soy? Una cobardona. No asumo mis fracasos. Punto.
Laura, la azafata.
Este Sergio es un imbécil. Se tira con cada mina que se le cruza, debe creer que la calza de oro. Detesto hasta el perfume del desodorante que usa. Si se cree simpático se equivoca —cierra con energía los portaequipajes, y avanza por el pasillo vacío. El pelo renegrido, bien cortito. Los ademanes varoniles y el cuerpo fibroso. Vista desde atrás, podría confundir a cualquiera.
En la Aduana.
—¿Me puede mostrar el pasaporte?
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—Mmmm... hágase a un costado, por favor.
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—Walter... acompaña al señor atrás... No. Las valijas las lleva el señor. Usted acompáñelo, nada más.
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El Vista suelta una contractura en el estómago que le produjo el joven que mandó para atrás.
—Si lo agarro a mi hijo en una andanza de éstas... lo mato.
—El que sigue, por favor.
En el hotel.
En la habitación 303, Teresita se ducha sin canturrear, como lo hacía antes.
Laura ya recibió al camarero, y empezó a desvestirse apresurada. El uniforme a la percha, los zapatos a un rincón. Se desabrocha el sostén y se lo saca por la manga de la camisa.
—Demasiada calefacción —rezonga—. Qué vida miserable la nuestra. Ayer, Buenos Aires reventaba con la humedad y los cuarenta grados. Aquí, la niebla y el frío.
—Ya no me quedan museos por conocer, ni puentes que no haya cruzado. Un opio. Si no fuera por Teresita...
Separa de la bandeja dos crêpes de espinaca para ella. El vino blanco es alemán. Está tan frío que aparecen diminutos cristalitos en el exterior de la copa.
Espera que Teresita aparezca desnuda, como siempre. Las piernas largas, el vellón codicioso, la sonrisa. Los besos. La entrega. La notable virilidad de Laura está en guardia. Un acecho feroz de cazador que espera.
Teresita avanza envuelta en la salida de baño. Jamás la vio tan seria. Ya venía rara en el vuelo. Pero ahora...
—Quería que estuviéramos solas para hablar, Laura... Lo nuestro terminó. No aguanto más.
—Pero... si yo creía...
—No. Vos no sabés. No tenés hijos. No soporto la mirada de mi hija, Laura. Me desnuda.
—Pero si es una chica...
—No. No es chica. Ningún hijo es chico para observar a una madre, no la subestimes. Cuando mi viejo tuvo su famosa aventura con la secretaria, yo tenía 5 años. Me daba cuenta. Algo raro pasaba. Así que antes de salir, pedí en la oficina que me cambien a otra tripulación.
—¡Teresita! ¡No me podés hacer esto! ¡No te lo podés hacer a vos! —el reclamo y las lágrimas sacuden el cuerpo de Laura, que se arrastra para rogar.
—No, amiga. No hagas esto. No te tortures, ni me hagas sentir peor. Cuando empezamos, hicimos un trato: hasta que yo aguantara. Fue una buena época para ambas. Para mí, una experiencia que duró mucho, demasiado. Sos una hermosa persona, Laura, más fuerte que yo. Pronto estarás libre, y encontrarás alguien sin compromiso de quien enamorarte...
—Correrá mucha agua bajo el puente, antes que eso pase... Pero si es tu decisión, la respeto —va agarrando ropa de la valija y se viste con rabia. La mirada turbia. Las manos como garras, estrujan la cartera.
—Y ahora... ¿adónde vas?
—Una tarada que venía en el 6 C me dio una tarjeta. Hay una reunión esta noche, en su casa. De gente como yo.
El portazo retumba en el pasillo.
Teresita apaga la luz, y con los ojos cerrados, por primera vez en muchos meses, se relaja. Puede visualizar a su hija, sentada al borde de la pileta. El varón juega en el agua y el marido prepara el fuego para el asadito. Una visión imposible de lograr durante los largos meses de naufragio. Cerrar los ojos. Pretender verlos. Una quimera. Una alegría negada a su corazón, una y otra vez. Algo notable sucede: como en una secuencia, los sigue visualizando: la nena se ata un elástico en el pelo, como ella. Luisito le tira un sapito verde de goma y la pelea estalla.
—Señor, o como te llames, ayúdame. Ayúdame a ser mejor persona. Que no les pase nada, nunca.
Dentro de un rato aparecerán los abuelos. La abuela tenderá el mantel, y Lisandro discutirá con el suegro las últimas medidas imprescindibles que el gobierno posterga.
—Teresita estará el martes de regreso —dice Lisandro al servir la comida—. No veo la hora de mi esperado ascenso para tenerla siempre en casa. Todos la extrañamos un montón.