Barrio sin luz
Fragmento
“Se va la poesía de las cosas
o no la puede condensar mi vida?
Ayer —mirando el último crepúsculo—
yo era un manchón de musgo entre las ruinas”.
Pablo Neruda
(1904 - 1973)
Regla número veintitrés
“Aquél que ama come y duerme muy poco”.
El último crepúsculo
Jean-Pierre ama a ese río. Siente que se pertenecen. Tan intensamente lo conoce. Según sople el viento, la vaharada de la corriente puede ser pestilente. Las sobras de las reses que matan los carniceros, arrojadas a las aguas, se pudren en las barrancas, detenidas en algún recodo. En verano, el sol y las moscas participan de la putrefacción y los peces engordan para que las aves sobrevivan.
Otras temporadas, el río cambia. Las olitas son pequeñas. Rompen contra las paredes que lo contienen como suaves cachetaditas en el muslo de una mujer. El agua huele a hembra, perfumada con las flores de los árboles que crecen en la orilla.
Al amanecer, lo despierta el griterío de los campesinos. Saltan de los carromatos. Se instalan en la orilla con animales de carne o aves. Verduras, frutas y bebida, infaltables. Venden, regatean y pelean con los sirvientes que hacen las compras para sus amos. Un chisme de palacio puede ser cambiado por un saco de manzanas, o por una botella de aguardiente. Hasta mediodía, el mercado vibra. La siesta tiene la pesadez del hartazgo de las sobras. Al anochecer, regresan cansados a las chacras con el hato de perros y el bullicio de los chiquilines. Las rameras satisfechas, vuelven también a sus casuchas. Las monedas para el mantenido suenan en los bolsillos. Requechos de carne y fruta machucada para los hijos, envueltos en el pañolón de lana. Mañana Dios dirá.
Invierno o verano, para Jean-Pierre, esa es la mejor hora del día. Desde los escalones de tabla que bajan al río, el horizonte le pertenece. Los ruidos se atenúan por el desnivel, y las risotadas llegan, pero lejanas. Otros boteros, como él, dormitan en el suelo de sus barcas a la espera de ser llamados por los clientes.
Los edificios sobre la otra orilla son bajos. Las estrías rojizas o violetas se alargan en el confín, donde el sol se va poniendo. El instante es fugaz, de una eternidad traslúcida, pero a Jean-Pierre le alcanza para soltar sus sueños. Sueños de pobre. Inalcanzables para un remero joven.
Hace un año cruzó a la joven, por primera vez. Desde entonces, el embeleso lo atrapa. Olvida comer, hasta que las tripas hambrientas se retuercen. No bebe por miedo a perderla de vista, y que sea otro el que la traslade. Ella escapa de palacio por una puerta oscura, envuelta en una gran capa, con el sigilo de quien se esconde. Capa amarilla, o azul, o castaña a veces de piel que recubre de pie a cabeza a su pasajera especial. No siempre usa sus servicios. A veces le toca a Esteban, otras a René. Murmuran que antes elegía siempre a Coquelén.
—Coquelén —cuentan— era hermoso. Tenía brazos fuertes y piernas largas. Un día lo desafiaron. Medirse con un aldeano, famoso por el tamaño de aquí —el que narra, señala, entre risotadas, la entrepierna—, sin sobarse, así nomás, le ganó al palurdo por lejos. Hasta que un día... ¡desapareció! ¡Se lo tragó la tierra! O el agua —concluye el narrador mirando para todos lados.
—El agua... ¿por qué el agua?
El hombre sacude la cabeza y se pierde en el mercado sin contestar.
Cuando Jean-Pierre hereda el bote de su padre, Coquelén es una leyenda más de las que rondan la costa cuando el vino suelta la lengua de los friolentos.
—Los elige... los usa una noche y los soldados los sepultan en el agua envueltos en una lona con piedras —murmuran— bueno..., mueren pero se dan el gusto ¿eh?
Otra de las intrigas de Jean-Pierre es la Torre. Todos la llaman así: La Torre. Está en la otra orilla. Se sabe que en la parte baja una guarnición de soldados vigila el río. Muchos boteros los conocen, de llevarlos y traerlos. Joseph, que habla como un loro, dice que no sólo cuidan el río; que adentro juegan por dinero, se emborrachan hasta rodar por los pisos, y las mujerzuelas entran y salen, de jarana en jarana, boconas contando cosas de palacio.
—Una vez pude espiar —Joseph morirá por la lengua— y vi que en la parte trasera de La Torre hay una escalera. Lleva a otro piso. La puerta es maciza, no hay ventanas. Dicen que ahí... ahí pasan cosas. Y que los guardias... esos son los que se encargan de tirar los paquetes al río.
—¡Mejor cierras el pico, Joseph! —brama el patrón del muchacho—, mejor que olvides todo. Si alguien te pregunta, álzate de hombros. Hazte el bobo. No sabes nada. No viste nada... si quieres seguir vivo, es lo que te conviene.
Las zancadas del viejo se apagan en la blandura de la tierra. Ha llovido. Hay barro por todos lados.
Esa semana, al anochecer, la dama de la capa a la que acompaña otra mujer —vieja y con cara de ogro— contrata a Jean-Pierre para un viaje.
El dedo anillado de la vieja señala La Torre.
—Llévenos allá —ordena secamente.
La joven se arrebuja en el abrigo, y sonríe. Jean-Pierre cree que vive un sueño. Toma una bocanada de aire, y el remo se hunde, rompiendo el agua, que salpica. Los dientecillos de la joven, húmedos. Como si, caprichosamente, el rocío se instalara en sus encías para siempre.
—Ten cuidado —ahora la dama— porque, aunque joven, lo de dama le cabe. No tengo tanta prisa por llegar... —el hoyuelo de la sonrisa, la manito enguantada, el perfume que escapa del envoltorio, celeste esta vez, trastornan el escaso sentido de Jean-Pierre. La historia de Coquelén, borrada. La magia, opacando la razón.
Perturbado, pretende no mirarla. Pero el viejo animal se despereza. Se agranda, en el arrebato. Su amuleto, enloquecido, quiere escapar de su escondite. Buscar el albergue justo. Ese que la joven mantiene oculto y palpita entre sus piernas. Ese al que lo invita su risa, abierta ahora, y la velocidad caliente del rayo de sus ojos.
Tres semanas más tarde, lejos de La Torre, donde la corriente baja, un briboncito de la costa descubre el bulto, trancado en un recodo. La lona está rota en varias partes. La cochambre ahuyenta a los pocos curiosos, que no se ocupan demasiado en averiguar quién es el muerto.
El patrón de Joseph remolca desde la otra orilla la barcaza de Jean-Pierre, sin comentarios. Esconde cuidadosamente en el bolsillo un abanico nacarado. Mira hacia La Torre se persigna y suspira.
—Fue tu último crepúsculo, Jean Pierre.
Homenaje parco pero sentido, de otro hombre del río. La luna, silenciosa hace arabescos de luz y sombras en la superficie, rielando ausente. Ni trágica, ni alegre. El vientecito que anuncia el otoño seca el lagrimón sincero del vejete, que se arrebuja al trepar hacia la costa.
En palacio, las luces encendidas llegan hasta los jardines. Adentro, a no dudar: Juana, calmada, toca el laúd con languidez de hartazgo. Felipe estudia nuevos impuestos para el pobrerío. C’est la vie.
En la vieja Francia, o en el Cambalache del tango nacional.