31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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Una mujer desnuda y en lo oscuro

Mario Benedetti

“Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta el descifrarlo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte”.

 

Regla número veinticuatro

“Cada acto de un amante termina en el pensamiento de su amada”.

 

Postal de San Valentín (ca. 1909)Por sorpresa

Los dos campos corren paralelos, hasta donde la vista no alcanza, cerca de la frontera con el Paraguay. Por vecindad y por oficio, los intereses de ambos dueños son casi los mismos: rigorear a la pachorrienta peonada para que el engorde y la venta del ganado sea provechosa cuando a fin de año, lleguen las ferias de remate. Las mujeres se encargan de las cocinas. Fabrican quesos en los tiempos que abunda la leche, y en invierno cerdos y vaquillonas muertas son sazonadas con fórmulas secretas. Chorizos y quesos de chancho, orear el charque para la temporada de las lluvias, son tareas bajo su mandato. Las despensas desbordan, las pariciones son buenas, el pasto verdea como de esmeralda por las continuas lluvias.

Están tan ensimismados en su quehacer, tan lejos de los pueblos, que no se interesan ni siquiera por la política. Ningún caudillo se anima a penetrar en esas lejanías, donde todavía hay que sofrenar a los indios a punta de machete y restallar boleadoras contra los garrones carachosos.

La peonada murmura que en ambos cascos de estancia, debajo de las raíces de los árboles de paraíso que las rodean, los padres de los que ahora mandan, enterraron en recios baúles de hierro, la platería, las joyas y los lingotes de oro, para no ser robados por la chusma soldadesca en los tiempos de la Guerra de la Triple Alianza. Y muchos ven, en las noches de luna, cuando las vizcachas bailan tomadas de la mano, brotar de la tierra el reverbero inconfundible del entierro.

Los dos hombres, Tomás Centeno y Leandro Leyes son hombres de campo. No saben ni leer ni escribir, pero nadie es mejor que ellos con los números. Según mentas del fogón, cuentan el ganado por las patas, marcan sin escrúpulo toda vaca orejana que atraviesa sus tierras, y se divierten en las carreras cuadreras que se hacen una vez por mes. Corre el año mil ochocientos noventa, y en Corrientes no hay miseria.

La familia Centeno tiene un único hijo varón. Los Leyes no conocen la alegría que dan los hijos. Su niña mimada es Doñita, la ahijada y heredera forzosa de la pareja. Ellos envejecen solitarios, como esos papeles de seda que envuelven los chocolates que vienen de París, y solamente se premian en los veranos con la presencia de la chica.

Apenas terminan las clases en el pueblo, aparece Doñita por la estancia. La traen en una carreta tirada por bueyes, vigilada adentro por la china que la crió. Afuera, guardada por una escolta de peones armados hasta los dientes. Cuando baja de la carreta, en un revuelo de enaguas almidonadas, toda peinada con moños de organdí, relicarios de plata atados con cintas negras de terciopelo rodeando su cuello, y perfumada con heliotropo, la casa entera empieza a vibrar, desbordada por esa juventud dinámica que la alienta.

Entusiasmada con el bullicio de la ahijada, la madrina accede a cambiar los muebles de lugar; a las arañas les quitan los tules de mosquitero que las envuelven, para que no las ensucien las cacas de las moscas, la pianola retumba en valses y mazurcas, y las sirvientas corren por las galerías sirviendo pastelitos de dulce de membrillo y refrescos de lima y de limón.

Los domingos son días de visita. Llegan los vecinos en el sulky, incómodos los varones con la ropa de salir, remilgadas las mujeres que tratan de usted al marido, y no muestran los tobillos por decoro. Ninguna de esas matronas ha sido vista desnuda por sus cónyuges, y ya lleva, cada una, más de veinte años de casada. Esa exhibición es para las mujeres de la vida, que venden su mercancía como pueden.

Esa semana pasó la carreta del gitano Ramón. La conversación gira alrededor de ese acontecimiento, que sucede en el verano, cuando la tierra se raja en dos como una sandía y hasta las iguanas se esconden del calor. En invierno el río se sale de madre, los barrancos son traicioneros y nadie se atreve a vadearlo.

—Yo le compré unos aros de plata de Potosí y una pieza de nansú —dice una rolliza matrona de ojos verdes.

—A mí me gustó el perfume de Roger Gallet... también hice quedar unas sartenes nuevas, unas telas de broderie, y cotines para renovar los colchones, que están apelmazados —la madrina de Doñita sonríe. No confiesa que también compró satén, para usarlo en la ropa interior.

Tomasito Centeno y Doñita pasean bajo los naranjos trémulos por el peso del azahar, observados por la familia y los sirvientes con la simpatía de un secreto a voces: cuando sean un poco mayores, estos dos se van a casar.

En la infancia no muy lejana, él le enseñó a montar en pelo a caballo, y se dejó ganar al dominó para no enojarla. Juntos desafiaron la picadura de las lechiguanas, para robar miel, huyendo del enjambre enardecido. Juntos... juntos hicieron muchas travesuras. Ahora todo un joven, siente por la chica un cariño firme y cree en la seguridad tranquila de un destino compartido.

—Mirá —muestra Tomás, señalando los confines del campo—. Cuando nos casemos, nuestras tierras se juntarán y nuestros hijos jamás van a pasar hambre.

A Doñita no le interesan los campos, ni los hijos, de los que no siente el menor llamado. En ese mismo instante Tomás no es Tomás, sino un árabe de ojos negros, montando un caballo retinto, sujeto en dos patas por el jinete que se agacha, la levanta a la grupa y se la lleva desmechada a una carpa caliente, con cojines de brocato desparramados por el suelo, colgaduras de perlas y olor a pachulí. Afuera el desierto se conmueve por el fragor de su pasión, por el sudor de sus cuerpos anudados.

—Falta mucho para hablar de hijos —dice sacudiéndose la arena del revolcón del sueño.

Tres años más tarde, los padres se juntan y ponen fecha al compromiso. Doñita ya terminó la escuela, donde las monjas le acomodaron un poco el carácter revoltoso y le enseñaron a bordar primorosas carpetitas en punto cruz. Está llegando el invierno, hay que acelerar los aprontes antes que los caminos se pongan intransitables.

Se resuelve de común acuerdo mandar a Doñita al pueblo con su ama y su escolta de gauchos, a contratar el Club Social, hacer los arreglos para la comida y conseguir la orquesta. Los padrinos, los padres y Tomás llegarán a la ciudad el día antes de la celebración.

El clima conspira en contra de los planes. Dos días antes del compromiso, el tiempo se descompone y llueve como en la época del Diluvio. Los del campo no pueden llegar, el río ruge desbordado, en medio de un estruendo de truenos y relámpagos. En el pueblo, los pollos están asados, las bebidas compradas y los músicos ya afinan sus violines. Deciden hacer la fiesta de compromiso sin el novio.

Doñita, bien marcado el talle por el vestido de raso, baila un vals con un primo. En un giro, descubre, parado en el zaguán, al candidato de su hermana Rosa, un tenientito mal mirado por los padres de las chicas. Conversa con él un moreno de ojos negros, mirada osada y porte aventurero.

—Pasen —dice Doñita—. La fiesta es mía, y a ustedes los invito yo —un desafío atrevido de una niña consentida (convienen las viejas).

El desconocido, un francesito apenas llegado al pueblo, la enlaza por el talle sin pedir permiso. Por eso que alguien llamaría casualidad, sus ojos son negros, y su oficio, comerciar caballos de raza. Ella esconde en el escote el anillo de compromiso, sin siquiera ruborizarse ni sentir la comezón del remordimiento.

Después de una semana, escampa. Penosamente, las carretas que vienen del campo atraviesan el caserío. En la casa de Doñita se viven momentos de drama. La madre no se puede recuperar del soponcio, aun si la friegan de noche con alcanfor y le dan tisanitas con brandy de beber. También, no es para menos.

Al otro día de la desventurada fiesta, Doñita se casó en las afueras del pueblo, en una capillita perdida, con el francés. Sin madrina, sin traje blanco ni azahares en el pelo. Por supuesto, con la complicidad de Rosa y las diligencias del tenientito aquél.

Los esposos refugian su pasión de incendio en la pieza del hotel. Recién al mes se los ve aparecer, tomados de la mano, buscando una casa decente para vivir.

Las lenguas dejan de moverse mucho tiempo después, cuando la pareja ya tiene cuatro hijos, de los once que procrearán en el transcurso de sus vidas.

A las viejas todavía les dura el espanto, y tiemblan por el mal ejemplo. Cuando aparecen los domingos por la iglesia, seguidos por los hijos, envueltos en un vaho romántico y tormentoso, que huele a cosas prohibidas, se apuran a persignarse para que los demás las vean, pero soban sus escapularios con la esperanza de una aventura parecida.

Luis, que así se llama el francés, resulta un amante memorable. Pero es un pésimo administrador del dinero. Cuando su fortuna y la de Doñita desaparecen, malgastadas en apoyar partidos políticos perdedores, o en la compra caprichosa de formidables caballos de raza, o en las riñas de gallos de los andurriales, o en las partidas de naipes del Club Social, donde el que pierde paga con honor, se enferma una noche de farra por esos campos de Dios, y lo traen a la casa medio muerto, a lomos de una mula.

Doñita lo observa y tiene la certeza del final. Le cruza las manos sobre el pecho, lo llora sin consuelo, con un llanto inacabable, y usa, desde ese momento, un luto riguroso, con sombrero de siete velos que no se quita más que para realizar las faenas de la casa.

Los once chicos también son vestidos de negro. El hogar se cierra hacia adentro al atardecer, a la hora de la tristeza. Todos juntos rezan interminables Padres Nuestros por el que no está, y cada lunes desfilan con ramitos de flores y velas blancas hacia el cementerio.

—Tu padre sigue con nosotros —afirma Doñita—. La gente se muere de verdad cuando los vivos no los recordamos.

Su corazón, que conoció con el francés todas las gracias y desazones del amor, se clausura como una puerta pesada. A veces, los recuerdos se cuelan, sin permiso, y ella vuelve a temblar, azotada por el huracán que generaba, con sólo rozarla, el hombre excitante, apasionado y tierno que fuera “su Luis”.

Con espíritu práctico y una tenacidad que le durarán hasta la muerte, mira a su numerosa prole y decide arremangarse para salir adelante como sea.

Cualquier trabajo es honroso si se trata de conseguir dinero para que los hijos no dejen la escuela, y sean algún día, personas de provecho. Con las artes de hacer dulces aprendidas con las monjas, prepara exquisiteces para vender. Los domingos, de su cocina salen viandas fragantes para las casas de la mujeres que ese día no quieren cocinar. Las costuras ajenas se deslizan por sus manos habilidosas, y tiene tiempo y fuerza para arengar a su pequeño ejército, enseñándoles cómo se lucha por la vida, capeando la miseria con dignidad.

Cuando su hijo mayor cumple quince años, ya contribuye al sostén de la casa con su sueldito de protocolista en la escribanía de un amigo. En ese tiempo los protocolos se hacen a mano, y el muchacho tiene una letra hermosa y pareja.

Una tarde, en la que el hormiguero bulle con los respectivos quehaceres, se escucha un golpe de manos en la puerta. Una de las chicas sale a abrir.

—Mamá, la busca un señor... No lo conozco...

—¿Te dijo cómo se llama?

—Dice que se llama Tomás Centeno... que usted sabe quién es...

—La madre se sonroja debajo del cansancio.

—Que vengan tus dos hermanos mayores —ordena mientras se quita el delantal y se alisa el pelo.

Cuando los convocados aparecen, Doñita los sitúa, uno a cada lado. Hace pasar la visita.

Tomás Centeno está tan nervioso como ella. Da vueltas el sombrero entre las manos, indeciso. Algo más viejo, con algunas arrugas de desencanto y hombros pesados por las rudezas de la vida a campo abierto.

—Me enteré de la desgracia de la pérdida de tu marido... y vine a ofrecerte mi nombre y mi fortuna para criar tus hijos —dice de un tirón, maltratando el borde del sombrero.

Doñita no titubea.

—Y yo te digo, Tomás Centeno, que te agradezco mucho. Pero ya debías saber que soy mujer para un solo hombre.

La voz le sale pareja y firme, con una decisión que será lección de vida para sus hijos que espían y escuchan azorados.

Se levanta y lo despide sin darle la mano.

Esa noche, cuando todos duermen en la casa, ella tiene un hermoso, reiterado sueño: está bailando bajo las luces del salón del Club Social con el árabe de a caballo, que no es otro que su Luis. El hombre que consiguió domesticarla con caricias, hacerle once hijos casi sin que se diera cuenta, enredada en el torbellino de la pasión, para desaparecer un buen día por sorpresa, como había venido.