Bienvenida
Mario Benedetti
“Se me ocurre que vas a llegar distinta
no exactamente más linda
ni más fuerte
ni más dócil
ni más cauta
tan sólo que vas a llegar distinta
como si esta temporada de no verme
te hubiera sorprendido a vos también
quizás porque sabés
cómo te pienso y te enumero.
después de todo la nostalgia existe
aunque no lloremos en los andenes fantasmales
ni sobre las almohadas del candor
ni bajo el cielo opaco
yo nostalgio
tú nostalgias
y cómo me revienta que él nostalgie”.
(1920 - )
Regla número veinticinco
“Un verdadero amante considera que nada es bueno excepto que piense que aquello complacerá a su amada”.
Recursos humanos
—Hola... ¿es el 4000-7365?
—Sí... es el número... ¿necesita que lo atienda alguien en especial?
—Me dijeron que hable con Ricardo...
—¡Ah! ¡Tiene suerte! Yo soy Ricardo... ¿quién lo recomendó?
—........................................................
—¡Hola! ¡Hola! ... me cortó.
—Hola... ¿quién es?
—Hola... Por la voz, me parece que es Ricardo ¿no?
—Sí, soy Ricardo... ¿usted llamó ayer?
—Sí, llamé y hablé con usted... o iba a hablar.
—Pero me cortó.
—Es que de repente —y mire que soy de hablar mucho—, me quedé sin saber qué decirle... me intimidé, qué sé yo... me dio vergüenza.
—Usted me dijo ayer que me recomendaron ¿se puede saber quién?
—Sí, mi compañera de trabajo, Silvina. Es la que lleva los historiales médicos de la empresa... Bueno, se ve que leyó lo mío y le dio pena...
—Silvina es buena tipa, sí.
—Sí, es muy buena. Se convirtió en mi confidente. Al principio, yo no quería ni hablar de mi problema. Pero ella... es tan amable, me empezó a preguntar... le confié todo... y mire que hablar con una mujer de estos temas es difícil... hasta humillante... Me prestó unos libros, me enteré de soluciones, que antes no cabían en mi cabeza... ¿Usted conoce bien a Silvina?
—Buena pregunta. ¡Vaya si la conozco!... es mi mujer... en agosto cumplimos quince años de casados.
—Disculpe, Ricardo... ¿pero ella sabe lo que usted hace?
—Sí, lo sabe.
—¿Y no se enoja? Porque mire que es raro todo esto. Estas agencias, esta manera de intimar... Le aseguro que me asusta... Silvina nos mandó a mi mujer y a mí a dos conferencias sobre sexo, relaciones múltiples... ¡qué sé yo! al principio no entendíamos nada... pero de a poco, nos estamos “motivando”, como dicen ustedes. Le aclaro que al principio, me las quería tomar. Hablan con muchos tecnicismos, pero igual me sentía desnudo, rabioso. El bochorno me hacía sudar. Me tocaba la mano, para darme cuenta que era yo. Que me pasaba a mí.
—¿Cómo dijo Ud. que se llamaba?
—Lino.
—Mire, Lino. Ahora recuerdo que Silvina me habló de usted. Yo le voy a explicar. Clarito y sencillo, para que no haya confusiones ni reclamos, ¿está?
—Bueno. Dígame... Pero le advierto. Esto me duele y va contra mis principios.
—Todo eso me parece bien. Pero no somos animales. Mañana, de 10 a 12, usted pasa por nuestra oficina. Me ve. Me conoce. Le muestro mi historia clínica, para que se entere de mi salud. Perfecta. Le doy mi número de documento. Llena una planilla. Combinamos día y hora. Me paga. Yo cumplo y chau. Sin compromisos posteriores, ¿está? Podríamos decir que usted recurre a mí como a un dentista. Uno no va al dentista para que le haga el amor. Él presta un servicio necesario, que le hace bien a la salud. Yo hago lo mismo. Un servicio higiénico, sin amor. Por eso, deben hablarlo mucho, su señora y usted. Y estar de acuerdo. Si no, no hay trato.
—Perdone, Ricardo... ¿puedo saber qué datos pide en la planilla?
—Varios. Por ejemplo que su mujer no tenga HIV. Que no esté loca. Que esté absolutamente de acuerdo. Saber qué perfume le gusta. Si hay algún color que la desquicie. Si pretende extenso y tierno o rápido y a fondo. Qué música prefiere. Usted me sigue, ¿no?... Nada que la violente o disguste. Un toque especial.
—Este... sí, lo sigo.
—Pueden elegir el lugar. Un cuarto que no sea en su casa... Esta es una organización seria... tenemos todo previsto. Buenos ambientes, sin gente alrededor, confortables, seguros. Ningún riesgo.
—Sí, entiendo. Me duele pero entiendo. Mi mujer es muy joven. No la quiero ver sufrir, no la quiero perder. Es tan frágil y tan dulce... sólo que demasiado joven... A mí, esta operación me envejeció de golpe. Ella no protesta, no exige nada... hasta que en algún momento alguna amiga pirada la convenza... y chau... la pierdo sin remedio... los boliches, hoy en día, parecen antesalas de prostíbulo...
—No se dé manija, Lino. Cuando la deje en su casa, no la reconocerá. Será otra. Un lucero del alba, brillando sólo para usted, ¿qué tal?
—¿Seguro?
—Más que seguro. Yo, satisfecho. Usted, feliz. Ella, feliz.
—¿Le puedo hacer la última pregunta, Ricardo? ¿Quién le dio la idea de ofrecer este servicio?
—Pero Lino. Esto cae por su propio peso. Me la dio Silvina, que con esto, se hace sus buenas horas extra. ¿No se fijó cómo empilcha?... Otra cosa, ¿qué te parece si nos tuteamos, de ahora en adelante?... Aunque no lo creas, facilita las cosas, nos hace amigos.
—De acuerdo, Ricardo. Mañana paso. Pero amigos... tal vez, cuando digiera esta frustración que me hace sangrar las tripas, podamos ser amigos. Por ahora, gracias de nuevo y hasta mañana.