Memorial 70
Jaime Siles (1951)
“Mi sangre iba a la luz por las corolas de tu vientre niño
mi sangre traslucía canciones de hielo ardiendo en el
malva atardecer de tu mirada herida
tu boca anillo-cadena-mazmorra aldaba toda de mi ser quemado
mi sangre atravesada por espadas de ceniza y de espino
mi sangre te llamaba sin querer evocarte alma de
dieciocho años saltarina del monte y de la fuente
mi sangre esa pantera roja que araña el horizonte cada día
te buscaba a través de las paredes exploradas de las sábanas
tras de tu cuerpo azul sultán emperador silvestre de los aires
mi sangre desentierra cadáveres perdidos
mi sangre pertenece a un tiempo que no es mío
a una muerte sin nombre, a un lugar donde yo
soy mi asesino mi dueño mi tumba y tu mirada”.
Regla número veintiséis
“El amor no puede negarle nada al amor”.
Cuando se desperezan los ángeles
La fragilidad del caserío resalta con la luz; detrás, la elevación imponente del volcán es una amistosa y gris visión en los días soleados. Se transforma, siniestra en los anocheceres de viento, cuando su bocaza escupe ceniza, oscurece las copas de los árboles y construye en los techados —casi todos de palma— arabescos tenues y móviles ante cualquier ráfaga.
Cuatro lunas atrás, su cólera ha aumentado. La piedra que le sirve de base, rajada, suelta chorros de gases sulfurosos y un calor intenso escapa por esas fisuras de miedo. Los habitantes están acostumbrados a sus cambios de comportamiento. Sus remezones son comentados risueñamente como “malos humores de mujer”. En el sembradío, los trabajadores del arroz ajustan sus conos de palma a la cabeza, abren las piernas y hunden sus pies en el verdor húmedo que los rodea. Como serpentinas vivas los escalones del cultivo se pierden hasta donde la visión no llega. Las casuchitas de caña para el descanso y la comida se distribuyen aquí y allá. Rompen la onda de ese mar fértil del que depende la subsistencia. La campana de madera suena: hora de comer. Enderezar la espalda, mirar al cielo sin nubes, sacudir la ropa transpirada, pegada a la piel, y caminar por senderitos angostos hacia el refugio es tarea de silencio y cansancio. Los días se encadenan apacibles: uno que se va con el otro que comienza, rutinarios y ciertos; tan seguros que a los ancianos contemplativos que ya no trabajan, tanta quietud les atemoriza.
Premoniciones de las que nadie habla, un poco por vergüenza y otro tanto porque así se hizo desde que cada uno tiene memoria. Con lenguaje sencillo, opinan sobre la cosecha del arroz; estiman si luego de alimentar a la familia sobrará bastante para vender; comentan la dolencia artrítica del sacerdote, que trabaja con dignidad su parcela, lado a lado con los hijos, sin esperar donaciones o regalos de otros tan pobres como él. No falta alguien más informado que murmura en voz baja si será verdad que el Jefe de Estado que los mandonea desde hace treinta años, intenta hacer heredero del cargo a su hijo, un joven disoluto y cruel, indiferente a la miseria del pueblo.
Imade, el anciano entretenido en su patio, limpia los depósitos de arena, los restos de comida y los excrementos que ensucian las jaulas de sus pájaros. Imade es tan delgado que parece a punto de quebrarse. Descalzo, se desliza silbando alrededor de las jaulas. Conserva unos graciosos mechones achivados de pelo blanco, pocos dientes en las encías sumidas pero mantiene el brillo de los ojos y la sonrisa le brota fácil. Las aves revolotean sin responderle. Presas de una extraña inquietud bailotean atentas, como si percibieran vibraciones o sonidos que nadie más capta del aire. Imade detiene su tonada y las mira absorto. Hasta su pequeño mimado rehuye la caricia. Está seguro que las aves envían un mensaje. Pero... ¿qué mensaje? ¿Cómo entenderlo?
—Colocaré otra ofrenda a Sarasuati...1 —se tranquiliza a medias—. Su inmensa sabiduría me indicará el camino —porque, ¿a quién puede él, abuelo de familia, transmitir semejante pensamiento?
Con destreza, sobre una hoja tierna, deposita flores blancas y azules. ¡Hay tantas en el jardín sembrado por Arisia! Aplasta un puñado de arena y clava en ella cuatro inciensos, uno por cada miembro de su familia. Remata la promesa con dos chirimoyas y un mango que resume jugo anaranjado.
La Casita de los Espíritus del hogar de Imade se eleva, importante, sobre el pedestal labrado, a un costado del jardín, que accede desde la calle al cuadrado de las habitaciones. Artesanalmente, con minucia y amor, fue construida por sus manos, apenas levantó el primer dormitorio de casado. Decorarla en oro y azul fue la tarea de Arisia, su bella y joven esposa. Cada habitante se enorgullece de su Casita, destinada a las ofrendas diarias a los dioses. Ni el más humilde pasaría delante de ellas sin dejar su oración y su dádiva.
La de Imade es tan hermosa que algunos turistas que visitan la isla detienen sus vehículos para tomarle fotografías. El anciano ha cavilado mucho sobre esas fotos.
¿Cómo explicarán en sus lejanos hogares, el sentido de la imagen que aparece en el papel brillante? ¿Sabrán realmente de la fe que los anima? ¿Entenderán la resignación con que aceptan los designios o los criticarán por el compás sin prisas de sus vidas? Hurgando en su memoria, no recuerda a ningún habitante de la aldea que haya mudado de país. ¿Serán los abuelos de estos atolondrados, muy diferentes de él? ¿Por qué trotan lejanías, apurados, cuando tal vez ni conocen sus propios horizontes? ¿Nadie les enseña a detenerse para oler el aire, para palpar el suelo? Hundir la boca en el frescor de una sandía, o a percibir —comprendiendo— el porqué de la alegría de sus hijos. Imade sacude la cabeza; este es un día de desconciertos. Primero los pájaros... luego la algarabía agresiva de los turistas. Y aparte, separado, en un estanco oscuro que no quiere aceptar, el miedo. Miedo por alguien a quien ama con cada fibra de su cuerpo. ¡Se asemeja a él en tantas cosas! Reconoce en el muchacho la misma pasión y el ardor de su mocedad. Pero lo apresa el miedo por Widiari, su nieto más joven, el soltero. Widiari retornó al hogar justamente la noche que el volcán tembló, para tropezar con la novedad: su hermano mayor está casado.
Vivió desde la adolescencia en otro caserío. Cuidó al abuelo materno hasta recibir su aliento final. Se desarrolló en otro ambiente; aprendió en la montaña a labrar finamente el oro, a engarzar piedras preciosas y a tallar el ébano y la teca. Nunca tuvo contacto con el cultivo del arroz; sus tobillos no conocen el cosquilleo que denuncia el brío con que brota la semilla; sus ojos no refulgen al atardecer, observando el oleaje de las escalinatas sembradas, voluptuosas como mujeres, al ser rozadas por la brisa. Es un joven tímido, pero tiene un físico fornido y esbelto. Callado, se desplaza por la habitación de los solteros, inofensivo y servicial. A Imade lo asusta, sin embargo, la fuerza de su mirada, casi feroz cuando la fija en Nimade, la esposa del hermano mayor. Una ferocidad inquietante, que esconde el más fuerte de los arrebatos: la pasión contenida. La misma que antaño, a Imade le sirvió para raptar a Asrisia, huir con ella, casarse y poseerla primero con fuego, y en las últimas noches, con ternura.
Widiari es como el volcán —el anciano se recuesta en su estera, en la penumbra que trae el atardecer—. Un volcán reposado en su apariencia, pero dispuesto a echar piedras y fuego en cualquier momento.
Mejor no pensar. Boca arriba, respira hondo para aquietarse... “Mañana hablaré con el sacerdote...”. “Antes de las fiestas de año nuevo, iremos los cuatro al Gran Templo...”. La sonrisa apacible se extingue y el sueño le coloca mariposas con la cara de Arisia, que lo llaman desde el lugar donde sus huesos azucaran la tierra.
Hace un rato Nimade despidió al marido en el portoncito del jardín; el hombre estará dos días en la Ciudad, lugar en que se pagan los impuestos anuales. Cierra el portón cuando la moto se pierde en la última curva del camino, se detiene delante de la Casita y recoge en una cesta primorosa que le tejió Widiari, las flores marchitas y los frutos rancios por el calor. El pelo lacio le cae sobre los hombros con la misma languidez con que mueve las manos, con una pereza que no conoce.
—Un baño con agua fría me hará sentir mejor —en su inocencia, resumen de una existencia sin pasiones, cree en la receta del agua fría, como cree en la fidelidad de una mujer casada, o en la benigna aquiescencia de las diosas del hogar, a las que pide la devolución del sosiego, perdido con la llegada de Widiari.
El agua fría cae cristalina desde unos peñascos que forman un laguito. Es el lugar al que suele ir a tomar su baño. Moja su pelo. El agua se desliza por su piel levemente aceitunada, le escuece junto al jabón en los ojos agacelados, donde aparecieron estrellitas brillantes desde que “eso” palpita en su corazón. Eso que eriza la pelusa de su nuca, instala diamantes en la punta de sus pechos, estremece su andar... y algo terrible: la agitada presencia de un pájaro que picotea enjaulado entre sus piernas, que grita por salir... “Necesito más agua fría y la asistencia rápida de las diosas”.
Ya en su casa, seca sus cabellos en la ventana. Sin analizar por qué se los anuda con una seda con flores amarillas, perfumada. Con sentimientos de ladrón, pero incapaz de contenerse, Widiari la espía. Cuando ella apaga la luz, él avanza a tientas. Ni cien hombres podrían detenerlo. Un guerrero que va a la pelea sin conciencia y sin memoria, urgido por lo que esconde. Aparta la cortina y ocupa en la estera el sitio de su hermano.
En el encuentro, la unión es tan perfecta como lo es el encastre en las maderas que labra y más dulce que el engarce del oro para las piedras preciosas. No oyen, no se miran... La intensidad de sus gemidos, el golpeteo de sus corazones, la velocidad de la sangre circulando atropellada en sus venas, los sumerge en una burbuja donde dos, en el abrazo, conforman el Universo.
¿Aullaron los perros? ¿Gritaron los niños? ¿Tembló la tierra una y otra vez? ¿Brotó la lava y el fuego incendió los árboles, se atrevió en los Templos, se introdujo en los patios, sepultó las jaulas, derribó paredes? Los amantes extraviados jamás se enteraron. Tres ángeles desperezándose al unísono, proyectan a la pareja al cielo o al infierno, a la vida o a la muerte de sus cuerpos y sus almas. La única certeza del delirio: sus sombras, abrazadas, se estrechan en los atardeceres en la cima del volcán Agún. Cualquier enamorado en su luna de miel puede observarlos. Dicen que su visión se descubre a ellos, a los capaces del riesgo atrevido de la entrega, en ese lugar de ensueño que es la isla de Bali: tal vez, el paraíso extraviado por Milton, reservado para embrujos amorosos. Bali, donde la brisa sopla desde el mar, meciendo olas infinitas. Sueños prometedores, para amantes dichosos. Codiciosos de eternizar cada minuto. Olvidan, porque son inexpertos, que la vida es energía en movimiento; ella no conoce la estática, no garantiza perpetuidad. La brisa soplará de nuevo, para dar su mensaje: Vive el ya con entrega, con fe, apasionadamente. Ningún libro se lee de atrás para adelante... Pero ten presente: la explosión del ángel del volcán azaroso del diario vivir, agazapado, espera.
- Sarasuati: Diosa de la Sabiduría.