31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
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“Porque la experiencia es eso: una triste riqueza que sólo sirve para saber cómo se debería haber vivido, pero no para vivir nuevamente... Yo podría protegerte, pero, ¿te interesa mi protección? Lánzate a la vida desnudo, inexperto, inocente. Y sal de ella maltrecho o victorioso. Eso, al fin y al cabo, es igual. Lo importante es la pasión que hayas puesto en vivirla”.

Josefina Vicens

 

Regla número veintisiete

“Un amante nunca está satisfecho de la alegría de su amada”.

 

Detalle de “Cupido y Venus”, de Jacques-Louis DavidDentro del museo

Mi amigo está en París desde el once. Yo me distraje. No pude entregar mis planos a tiempo y cambié el vuelo. Recién nos veremos mañana. Me espera en el aeropuerto gracias a Dios. Gracias Vin por ser tan amable.

—¿Para qué llevás tanta ropa? —critica mi hermanito gemelo que baja mi equipaje. Pretende achicarlo para que entre en el baúl del auto y rezonga.

—Porque allá es invierno. Hace frío. La ropa es cara —enumero ajustando el cinturón y esperándolo.

—Si te podés patinar un mes de gastos en París... —pilcha más, pilcha menos, ¿qué te suma?... decime. Qué te suma.

Antes de enroscarme, le ofrezco un cigarrillo con banderita blanca. Lo acepta. Se calla y arrancamos.

Vince me abraza y me besa con tres besos apenas hago aduana.

—Aprendés rápido —le digo entregándole los tickets de equipaje—, estoy emocionada, Vin. Chocha. Rechocha. Mirá, ni frío siento, de la alegría —me quito la bufanda y la arrojo en el carrito.

—Tengo todo arreglado. El hotelito es viejo, pero céntrico, cerca del Louvre. ¡Ah! Algo importante: tenemos un baño en el medio de cada cuarto. A compartir, pero sólo nuestro. Este asunto del baño, aquí puede ser caótico.

Vin es mi socio y mi amigo. Está tan alterado como yo. Somos arquitectos; creo que nos conocimos en el último año del secundario. Mejor dicho, ahí lo conocí yo.

—Yo te miro desde segundo año, cuando me mudé a Belgrano y cambié de colegio —afirma muy rotundo—. Eras vos la que no me veías.

Corro a abrazarlo.

—Mi querido Vin. Qué haría en esta vida si vos no estuvieras a mi lado. Si no me tiraras las orejas cada vez que meto la pata con los presupuestos...

Él también me abraza. Pero no como yo, que lo hago víctima de mi abrazoterapia de oso. Me separa despacio, y sus ojos melancólicos sonríen un instante.

—Sos una loca —afirma como quien conoce el paño.

Me muestra un plano de los subtes. Lo que haremos día por día de la primer semana.

—París es una ciudad viva, como un cuerpo humano —dice mostrándome el Sena desde el puente donado por el Zar de Rusia.

—El Sena es la sangre. La historia y las obras de arte son los huesos, Chiquita. Los subtes son los músculos. Músculos de hierro.

—¿Y la noche? ¿Vin, qué es la noche, para vos?

—La noche es el alma. El alma que se suelta y deambula. Se detiene a charlar con Quasimodo, o dialoga con los muertos en Los Inválidos... o fraterniza desde la plaza con Colette, o llora en la Ville D’Avray sobre la tumba de Maurice... o cena en lo de la Patachou, con un cuadro de un desconocido bajo el brazo.

—Vin, te estás volviendo poeta —digo colgada de su brazo—, esta vena no te la conocía.

Y él, como quien arranca en primera, suelta:

—¿Te gustaría vivir en París?

Sin mirarme, sin tocarme. Distraído, más bien en la vida del río. Estira la mano y con la voz de siempre señala:

—Mirá esas barcazas, donde la gente vive. Fijate aquella, a la que le hicieron un jardín, una pérgola con bugambilias... están cenando, Chiqui, el agua los hamaca... seguro comen algo delicioso. Ni hablemos de su vino rojo...

Recompone el impulso a medida que habla. Gracias a Dios, Vin. Sos mi mejor amigo en el mundo. Pero nunca podría enamorarme de vos. Te conozco más que a mi hermano —monologo con mi razón infalible.

—Vivir, lo que se llama vivir... no. Pero sí tener plata para hacernos una escapada por año. Nos llevamos tan bien —me escabullo abrochando el tapado. Muy adentro, siento una campanita de alerta. La vocecita de mi guardia infantil avisándome el peligro.

Cuando me vuelvo, la magia se eclipsó. La luna de los enamorados oculta por la nube que esconde su pálida presencia. El viento del río, frío de repente.

Cualquiera ama a París. Pero recorrerla peldaño a peldaño con Vin, que nació aquí, es una experiencia notable. Subir y bajar la Torre, treparnos al Arco para ver circular autos como hormigas mecánicas, tocar el pedestal dorado de la estatua de Juana de Arco, vagar por los jardines del Palacio Bagatelle, asilo de amoríos reales, o descubrir en un bistrocito oscuro la verdadera sopa de cebollas. Es como reconocer la montaña de la mano de un guía centrado, que le pone pasión a la aventura.

Una tarde casi pierdo la sensatez en el Museo Cernuschi con los kimonos de Kubota Itchiku.

—¿Cuánto valen? —pregunto como la típica ignorante sabihonda que soy.

—Estos kimonos no se venden —me contesta el guardia sin ninguna simpatía—. Pertenecen a colecciones privadas de Japón... Son parte de la historia. Pero si quieren... en esa sala exhiben cómo se eligen las tramas, se elaboran los diseños y se bordan —el desdén es perceptible, aun para mi francés, que no es muy bueno.

Casi al final de la estadía, Vin elige una visita a un museo privado. Llovizna y hace frío, pero igual salimos.

—Este museo es más que museo —explica—, es una historia de pasiones. Pasión por el arte y mucho dinero para gastar, por parte de este caballero —el caballero que señala es un terrible buen mozo de bigote, barbita y peinado romántico, de mirada distante que me observa. Viste chaqueta, una media capa bordada y un chaleco dorado sobre pantalones rojos. Morrión de plumas y espada, un objeto en cada mano—. Era un solterón codiciado, un extravagante, que viajaba por el mundo adquiriendo obras de arte para este palacio. Un día vio un retrato que pintó una mujer, una desconocida. La llamó para que lo pintara a él. Terminada la obra, decidieron casarse. Vivieron siempre aquí, esta era su casa.

En la sala de música me coloca un audífono para que escuche la misma música barroca que ellos escuchaban. Un embeleso que me diluye. La sensación de haber sido invitada a un concierto. Los palcos iluminados tenuemente. Dos parejas que tomados de la mano, vibran, con un largo sollozante de Corelli. Una pareja es la del hombre del cuadro con su dama. Los otros, Vin y yo.

Los del balconcito de ese pequeño teatro donde la música desencadena sentimientos que jamás creí poseer, somos nosotros. Me resisto a salir de la sala. Vin me empuja para continuar. Tropiezo con la maravilla del mármol de las escaleras, diseñadas para no perder de vista lo que se va dejando atrás. Los dormitorios de la pareja. Soñar con sus vidas privadas en esos cuartos, me produce rubores. Rubores infantiles que creí enterrados. No me reconozco.

Ahora soy yo la que me tomo del brazo de Vin como una náufraga.

—Si me quedo un rato más, mi envidia no tendrá remedio —digo moqueando.

—La felicidad no está en la vida de los otros, Chiqui. La encontrarás a la vuelta de la esquina, cuando te des permiso para verla —casi no resisto la ternura de sus ojos.

Me guía por el codo hacia el restaurante del Museo. Almuerzo en silencio con la vista baja. La caída del Muro de Berlín no se compara con el estrépito que se produce en mi interior.

No nos quedamos sólo un mes. Mi hermano y la madre de Vin serán los padrinos de nuestra boda-bombazo ultra rápido, que los hizo volar a Francia.

Mi hermano me lleva al altar.

—Siempre supe que Vin era el tipo para vos. Inteligente y astuto ¿eh? Te sustrajo de la oficina, donde era uno más en el equipo. Se desnudó de alma para abrirte los ojos, hermanita testaruda.

Antes de regresar a casa, Vin me acompaña a tomar otras fotos de la cueva de Cupido, el museo. Le saco una al cartel de entrada, donde una bella mujer con boquita rococó sonríe apenas.

“Le musés des chefs-d'oeuvre,
le chef d'oeuvre des musées”.
Jean Cocteau

No todos los años, por la llegada muy seguida de nuestros hijos —pero siempre que podemos— retomamos con Vin el recorrido del arco iris que es París. Bajo su llovizna, que parece eterna. A solas, recuperamos la magia de redescubrir la pasión. Ardua estrategia en un hogar con cuatro niños. No preciso ya que abran mis compuertas al amor. Miro a Vin, y el que ayer era esquivo amor, hoy me fluye dulcemente, colmándome y colmándolo.