“Tu mujer no es una excepción”.
Jules Rostand
Dramaturgo y poeta francés.
(1868 - 1918)
Regla número veintiocho
“Una leve presunción hace que un amante sospeche de su amada”.
Amores de sofá
—¿Así estás cómodo? —Raúl arrima la silla de ruedas a la mesita del bar. El hermano asiente con un movimiento leve de cabeza.
—¿Qué querés tomar? —invita y llama al mozo chasqueando los dedos.
—Lo de siempre, pero insistile con el maní. Este gallego se lo olvida siempre.
El hombre hace el pedido, y abre el periódico delante del inválido.
—Mirá, de esto te quería hablar.
—Ya lo leí... pero no sé de dónde vamos a conseguir la plata. Si me dijeron que el especialista ése cobra como doscientos dólares la consulta. Entre la consulta, el viaje para dos, el hotel y la comida, no llego ni a la esquina. Ni hablar si tengo que operarme.
—Todo eso ya lo pensé. Hablé con tío José, yo tengo algo, y Marta dijo...
—Sacala a Marta de la lista. Ni me la nombres. ¿O te olvidaste que por su culpa estoy así? De ella, ni el saludo —Quinito está verde de la rabia. Se lleva la mano a la pierna sana, que le tiembla. En verdad, le tiembla todo. La mano, el cuerpo, el alma.
Cuando terminan la cerveza, el maní queda en la mesa, olvidado por los dos, cada uno con su preocupación al hombro.
—A las mujeres hay que tratarlas a palos. Si sos buen tipo, terminás como yo.
En silencio, Raúl empuja la silla hasta la puerta. Estas salidas del sábado a mediodía le amargan el día y la semana, pero Quino está tan solo, tan huraño que sólo accede a salir cuando él lo lleva. En la vereda, Quino escupe:
—Esta vida es una mierda. Si no me mato es solamente por Sofi. ¡Qué porvenir, pobre hija! ¡Una madre puta y un padre inválido!
—No podés llamarla puta porque tuvo una aventura... No, no te enojes. Hay tantas que se las dan de señoras, y se revuelcan en la cama de otros tipos... —Raúl trata de apaciguar la rabieta.
—Sí, se revuelcan en camas. Pero ésta, ni esperó tener cama. Se tiraba en la escuela, en el sofá de cuero marrón... ese sofá de cuero, que el Honorable Consejo de Educación mandaba a la dirección, como emblema de seriedad, de austeridad. Para una puta, cualquier lugar es bueno, hasta la escuela donde enseña.
El solo nombre de Marta lo convulsiona. Ni siquiera le queda el recuerdo de aquella Marta tímida, a la que llevó al altar estremecido de amor, con las ilusiones jóvenes intactas. La sorpresa de descubrirla virgen. Los rubores ante la inminencia de la intimidad. La llegada de Sofi. Él, con su rutina de empleado y ella en esa escuelita, enseñando. Ni ricos ni pobres, luchando hombro con hombro. En algún momento de esos años infantiles de Sofi, a él le empezaron esos desganos, que lo estacionaron en la mesa del club para entretenerse jugando y tomando. Una cosa lleva a la otra. Una vez, acabada la plata, se jugó el chequecito del sueldo de Marta. Ni un reproche le hizo. Siguió dando de comer a la nena sin mirarlo:
—No te aflijas. Devuelvo la alfombra... está en el paquete todavía... para llegar a fin de mes tenemos.
Al tiempo, empezó a darse cuenta que Marta volvía cada vez más tarde del trabajo.
—Hubo reunión de personal —o vino la Inspectora. O me quedé a revisar los informes que tenemos que mandar a Buenos Aires. Siempre de buen humor. Siempre prolijita y linda. Buena madre, mejor que cualquiera de las hermanas.
Una mañana, encontró en su escritorio un sobre cerrado. Sin remitente y sin sello postal. Un anónimo. Clarito el mensaje: “A tu mujer se la coge el director”.
Con un pretexto, consiguió un revólver prestado. Anochecía en la calle, solitaria por el invierno. El árbol de mango se estiraba en una rama sobre el techo de la escuela, justo sobre la dirección, donde brillaba una luz.
La furia le facilitó el ascenso. Tirado sobre las tejas, sacó el seguro al arma. Levantó una teja con sigilo. Otra, para ver mejor lo que no quería ver.
Marta, su Marta. Marta, la modosita, se retorcía, entre estertores, con el director aquél, transformada, chillando y riendo de placer. Apuntó, seguro de darle, primero a él. Después sería ella. Las malditas tablas podridas se quebraron. Cayó sobre los amantes, entre astillas, tejas rotas y arañas asustadas. No mató a ninguno. El tiro se lo pegó él mismo, a la altura del fémur. Partida en dos la pierna, llorando de odio y de dolor, a cargo del amante compadecido, que llamó la ambulancia y lo ayudó a subir a la camilla.