Trozo de la copla XXXIX
“¡Ay del que llega sediento
a ver el agua correr,
y dice: la sed que siento
no me la calma el beber!”.
Antonio Machado
(1875 - 1939)
Regla número veintinueve
“Un hombre vejado por mucha pasión, usualmente no ama”.
Águeda en el espejo
En el barrio nadie quiere tener tratos con Melitón Argüelles. Es borracho y pendenciero; mal bicho, dicen las viejas. Se acicala con un bigote finito de chulo pretencioso, que se atusa, en tren de conquista, cuando aparece alguna de las muchachas del barrio, que cruza inmediatamente la calle para no tropezárselo. “Este viejo baboso” —comentario bien merecido, y unánime.
La única presencia respetable en el quintón de Águeda la impone Elena, hija de Águeda y mujer de Melitón. Amanece cosiendo vestidos de novia y ajuares de madrina para todas las vecinas. A la pobre vieja no se la ve casi nunca, siempre en cama con esos tremendos ataques de tos y el soplar desesperado de los pulmones asmáticos.
A las dos de la tarde —nunca antes de esa hora— el hombre ya está listo para salir de correrías. Los pesitos que su mujer suda en la máquina Singer a pedal, los gasta en el boliche o en mujerzuelas rápidas a las que cree seducir. Vuelve de madrugada, espantando a los perros que le ladran hasta que acierta la cerradura para entrar a tropezones.
Hace rato Elena perdió toda esperanza de corregirlo. La conquistó —allá en la juventud— con sus modales rebuscados, que ella, inexperta, creyó que eran distinguidos. Y las palabras medidas, que interpretó eran de pasión contenida por respeto, no eran tales. El patán hablaba poco para que la muchacha no descubriera la fetidez del aliento a vino barato que despedía su boca.
Águeda nunca estuvo de acuerdo. Ni con el noviazgo, ni con el posterior casamiento. Se resignó porque su enfermedad se agravaba. Si seguía así y ella se moría, Elena iba a quedar sola, para vestir santos, en la casona enorme en la que indudablemente faltaba un hombre.
—Pero éste no es ni siquiera un proyecto de hombre —sentenció Águeda al poco tiempo de conocerlo—. No es nada más que un vividor sin familia, criado en los conventillos que hay en los alrededores de Plaza de Mayo. Un descastado borracho, que seguro castiga a mi hija cuando yo no estoy presente.
Un poco con las costuras, otro poco con la jubilación de Águeda y la venta de frutas en el verano, Elena consigue casar a sus dos hijas con cierto decoro, y en el invierno, entierra a la madre, que amanece muerta una mañana. “Ataque al corazón” es la traducción popular de las palabras difíciles del certificado de defunción.
Seis meses más tarde, Elena anuncia que se mudan a un lugar más chico. Abrumada —explica— por la cantidad de piezas vacías, llenas de recuerdos, los revoques descascarados, los baños que pierden agua y la inmensidad de los árboles frutales, que nadie está en condiciones de podar, rematan su argumento.
El quintón está desocupado todo un año. Los muchachitos del barrio, que entran a la propiedad por los fondos del alambrado a robar fruta, ya no se atreven a aparecer por los patios. Todos juran haber visto y escuchado cosas raras. Uno oyó un llanto contenido. Otros sintieron un resoplar angustioso seguido de las toses que solía tener Águeda. El más atrevido, que rompió el vidrio de la cocina para abrir la puerta, contó que apenas la entreabrió, lo empujó hacia fuera una mano huesuda y se arremolinó un viento frío que le puso la piel de gallina y el susto mayúsculo para no volver.
Este es un barrio. Al atardecer ponemos las sillas en la vereda y nos sentamos a abanicar un aire que no existe y por qué no, a chimentar rumores ciertos o inventados. Como todos los veranos, también protestamos por el calor y los mosquitos, que cada vez más grandes y agresivos se entretienen picoteándonos, resistentes a insecticidas, espirales o aceites.
Hoy es sábado. Los de al lado sacaron el termo y pasan el rato mordisqueando las facturas que compraron en lo del Turco Simón. El turco es dueño de una tienda que huele a jabón de tocador y colonia barata. Aparte, el expendio de bebidas. Los días de fiesta trae facturas de una pomposa panadería que se llama “La Perla de Pacheco”, que nos queda un poco lejos para la fiaca del verano.
En ese momento de sopor se alborota la calle con la aparición de dos camiones cargados hasta el tope, una camioneta y un automóvil de alquiler: una mudanza. Sin necesidad de hablar, el alerta nos atiesa en las sillas.
—Son los que alquilaron la casa de Águeda —resume mi marido, poniendo punto final a la discusión eterna con el vecino: si Pelé es mejor que Maradona y si ganaremos el famoso campeonato.
Del auto baja un señor bien vestido. Brotan de la camioneta y del auto diez criaturas de diferentes edades: cuento cinco mujeres y otros tantos varones.
Apenas en tierra, los muchachitos recobran la energía adormecida por el viaje y se trenzan, los más chicos, en una gresca a la que pone fin uno de los mayores, con recios tirones de pelo, que los decide, en cambio, a treparse al palo de la luz y a enredarse a las rejas de la casa.
Despacio, como quien ha perdido la esperanza de ser escuchada, desciende una señora. La madre de la patota, sin lugar a dudas.
Entretanto, los de la mudanza empiezan a bajar las cosas. Lo primero que aparece entre empujones y mugidos, es una vaca seguida por un ternero, que se apura a largar una torta descomunal en la vereda. Luego sacan una jaula cuadrada, donde habrá por lo menos cien gallinas. Otra jaula más chica con dos avestruces temblorosos y un mono con trajecito colorado.
—Jesús —dice mamá—. Éstos no parecen gente, parecen del circo.
No son del circo. Son una familia correntina, del campo, que se viene a establecer al suburbio. Eso lo sabemos al día siguiente, cuando uno de los hijos mayores cruza a lo de Simón para comprar vituallas de emergencia.
—Tenés una tonadita provinciana —aventura el turco envolviendo el azúcar.
—Sí, somos de Santa Lucía, un pueblo del interior de Corrientes.
—¿Y tu papá, qué hace? —el turco tiene que estar seguro que le pagarán si algún día le piden fiado.
—Mi papá es vendedor de ganado —dice el muchacho sin hacer lugar a más preguntas.
Los vecinos que lindan con la parte de atrás de la quinta ya pasaron algunas noticias esa mañana, en la carnicería: “Los varones no durmieron en las camas. Se pasaron la noche subidos a los árboles, comiendo naranjas y silbando. Nadie pegó un ojo, porque le dieron al mono una pandereta. Entre eso y el cloqueo de las gallinas desorientadas, sin palo donde acomodarse, estuvimos en vela hasta el amanecer. Y esta mañana, temprano, uno de los avestruces se tragó el reloj de plata con tres tapas del padre. Los vieran, corriendo detrás del trasero del bicho a ver si lo largaba”.
Los “nuevos” se hacen enseguida de amigos en el barrio y cuentan los sucesos extraños que pasan en la casa: las puertas de los armarios se abren solas, la harina aparece derramada por el suelo, los muebles se quejan en el silencio de la noche. Se perciben movimientos fantasmales en el aire, que los estremecen de frío en pleno verano. Se extravían los espejos, los perfumes se evaporan, el sillón de hamaca se mece como si hubiera alguien sentado, los llaman por sus nombres con voces finitas y explotan las bombitas apagadas de la luz. Los chimentos de fantasmas y aparecidos desorbitan los ojos de los reunidos alrededor del narrador de turno.
El espanto mayúsculo lo vive Silvia, la mayor. Una tarde, mientras se está arreglando frente al espejo del baño, aparece, tapando su imagen, la cara de una mujer vieja, peinada con rodete, con ojos legañosos, que se lleva un pañuelito a la boca y tose lastimeramente. Espantada, escapa a la calle a grito pelado. La madre de los diez hijos, mujer de carácter, no la toma en serio. Está dispuesta a combatir con fe estas que llama fantasías de sus hijos. Mudarse no es cosa fácil, así que no la amedrentan aparecidos ni sombras que se menean. Al atardecer cubre con trapos los espejos, junta la harina derramada antes que los hijos la descubran y manda llamar al cura, para que riegue la casa con sus bendiciones, ahuyente los espíritus burlones y moje las paredes con agua bendita.
Una noche, en el boliche del turco reaparece Melitón Argüelles. El hombre viene haciendo eses; se desparrama en una silla y pide un vaso de tinto. Empieza a hablar solo. Le contesta a la pantalla del televisor, que está pasando el noticioso: “La policía de la provincia promete aclarar todos los robos y crímenes de los que se viene quejando la población”.
—Qué van a aclarar..., qué van a aclarar... —el borracho mira la pantalla con desprecio—. Si yo maté una mujer y ya pasó más de un año y nadie se dio cuenta... —cierra los ojos y suelta un eructo—. No pasó nada... y acá sigo yo, tomando mi vino, como siempre...
La mujer del turco lo escucha y ata cabos.
El turco Simón tiene tres formas de andar bien con la autoridad: se hace el desentendido con las copas que los milicos beben en el mostrador; colabora con la Cooperadora Policial con unos pesos que le duelen mucho; o sopla algún chismecito gordo, como éste. “Siempre hay algún cabito que quiere ascender”, se regocija frotándose las manos.
Cuando lo llevan preso, Melitón no atina a negar nada. “Volví una noche a mi casa con unas copas de más. La vieja arpía tosía como si le faltara el aire y no me dejaba dormir. La tapé un ratito con la almohada, sólo para hacerla callar. Les juro que no quería matarla. Pero me olvidé la almohada puesta y amaneció toda dura, con la cara negra”.
Eso pasó un tres de marzo. Desde esa misma noche, en la quinta todos pueden dormir. La madre asegura que es por la visita del cura. Los demás, que somos supersticiosos, pensamos que recién ese día el espíritu vengador de Águeda pudo descansar en paz. La terrible conjetura de algunos que pensaron que Elena ocultó evidencias luego de la luctuosa noche, por miedo o por vergüenza, va perdiendo fuerza con los años. Ahora todos somos más viejos, y la vida con sus golpes, nos ha hecho más callados y por lo tanto, más sabios. Nadie es capaz de culpar a la pobre Elena, vejada antes y después por esa lotería llamada casamiento.