31 cuentos de amor rosados y no tanto • Carmen Rosa Barrere
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

De los tiempos del tranvía

Por Julio Ravazzano Sanmartino

.................................
“El lompa ya no se usa
atado del tirador
ni existe el cuello cantor
que le batían palomita
ya se acabaron las citas
donde se escuchaba al vate
y el biscochito de grasa
que se brindaba con mate.

Hoy la vida es puro grupo
con mucha presentación
y todo es figuración
revestida de riqueza
ya no existe la pobreza
de aquellos tiempos floridos
ni está el amigo querido
que se sentaba a tu mesa”
................................

 

Regla número treinta y uno

“Nada prohíbe que una mujer sea amada por dos hombres o un hombre por dos mujeres”.

 

Detalle de “Cupido y Psique”, por Benjamin WestAlbergue transitorio

Mi nieta Elisa pasará a buscarme a las tres. Elisa está tan delgada, pobrecita. Se mata haciendo dietas, gimnasia, camina alrededor de la quinta y ahora agregó una cosa nueva. Treking o algo así. Me imagino que tanto sacrificio la pone histeriquita.

—Pero estate lista, Achu. Tu geriátrico queda lejos. Es domingo y la vuelta será de locos —¡qué imperativo categórico en el tonito de su voz!

Así que a las dos, ya estoy sentadita y preparada. Fui al baño dos veces. Aparte de estar vieja, tengo todo flojo. Las manos, que no aprietan ni abren nada. Las piernas, que me temblequean. Y los agujeritos, que antes cerraban bien, ahora, más de una vez, me hacen pasar vergüenza. No puedo ni reírme. Me hago pis encima.

Me levanto y espío el reloj de la cocina. Sólo pasaron diez minutos. Parece mentira, esto del tiempo. En mi juventud, los días tenían alas. No alcanzaba a leer el diario del domingo, y ya era lunes. Si apenas conocía a la novia de Alejandro, ya se estaba casando César, y otra vez los apurones para juntar plata y ayudarlos inventando coraje. Como tengo cinco, a veces la gente se ríe y cree que miento cuando digo: cinco hijos y once nueras. Sobre todo ahora, con mis compinches del geriátrico. Una que me quiere mal, dice que lo inventé para ser más importante. Que no puede ser cierto eso de los cinco hijos y once nueras. Escondo una pequeña venganza. Yo tampoco la paso a ella, menos cuando se hace la simpática.

—Si no, alguien más se ocuparía de vos. En tanto tiempo, la única que aparece es la rubiecita nariz para arriba.

—No remuevas la mierda, que da olor —Francis es malagueña, y de su Málaga conserva el gracejo y el tino para levantar la atmósfera, que se espesa. Levanta la voz para que la simpática de mierda la oiga, porque además, es sorda.

La fulana que no me cree, cruza las manos y sube y baja la dentadura postiza. Gracias a Dios, conservo los dientes. Lo que no agradezco tanto es la lucidez. Esta lucidez que antes era mi orgullo, hoy es una rémora que arrastro apesarada.

—Tiene un cerebro treinta años más joven —se ufana el médico que me hace uno de esos estudios complejos que se estilan ahora. Él espera que la noticia me alegre. Me hago la distraída y jugueteo con el interior de mis bolsillos. Si él supiera que es mejor olvidar, no estaría tan feliz.

Otra pasada por el baño. Otra por la cocina. Increíble. Todavía falta media hora. Mi ponderada memoria me arrincona con aquel poema adolescente: “Qué raudas pasan junto a ti las horas”... otras horas, otro tiempo. ¡Qué fácil caigo en la trampa del pasado! Serenate, m’hijita. A Elisita la descolocan mis lágrimas.

—¿Por qué llorás, Achu? Estás sana, bien cuidada... ¿te hiciste de amigas, no?... No seas egoísta, no pienses tanto en vos. Pensá en las pobres viejas enfermas, que no conocen ni a los hijos. Te compré unos kiwis, están re-ricos.

Nieta querida: detesto los kiwis. No son frutas de mi época. Mejor ato la bolsa y la acomodo entre mis pies. La cartera negra la llevo en el regazo, porque ya estamos en marcha.

Vista de perfil, Elisita se parece un poco a cada uno de sus progenitores. Los ojos del padre. La mirada de la madre. El mentón suavecito. Cuando era bebé, conmovedoramente tierna. La vida no pasa solamente sobre mí. También pasa sobre ella. Aunque no manifiesta nada, adivino tristezas, planes postergados, alguna amargura en la inflexión de su voz. Cuando se agudiza, me pone sobre aviso. No me atrevo a estirar la mano para acariciar la suya. A lo mejor siente que tendría que mirarme con cariño, devolver el gesto con amabilidad, qué sé yo. Para olvidarme de la mano, miro hacia fuera. Son lindos los alrededores de Buenos Aires. De repente, diviso el fondo de una casa. La ropa de los niños al viento. Corrijo la chorreadera de mi emoción con un pañuelito de papel. La ropa lavada me transmite cosas que me emocionan. En ese hogar hay una mujer joven, que ama a su familia. Una mujer que cocina, lava, plancha. Coloca gajitos robados en latas de aceite pintadas, y se encarga que los visillos se emparejen. Siempre corajuda. Siempre orgullosa de la prole. ¿Te acordás, Martín, de nuestra primera casa propia? ¿Te acordás que antes de mudarnos, regalé la mesa donde comíamos porque no entraba en la nueva cocina? Hasta que Oreste construyó la otra, y pudimos agrandar la cocina, comimos sobre las rodillas casi un año. Cuánto me querías, Martín. Me querías tanto, que hasta me pedías que te cantara. A mí, que tengo una voz que ni sirve para pedir limosna.

—Cantáme, vieja; yo acompaño.

Vos sí que tenías voz. Alzabas a Pico sobre el pecho, y cantabas La Paloma. Pico, el ahora temerario Pico. Se ovillaba en tus brazos y lloraba como si entendiera esos sollozos habaneros.

—¿Estás bian? —a Elisita el marido la llama concheta. Debe ser porque habla así, medio a la inglesa y medio criollo. No les enseñan a vocalizar. Se les entiende la mitad de lo que dicen. Además, esa es la rúbrica orgullosa de las que fueron al colegio en zona norte.

Mi geriátrico queda al sur. Cerca de Banfield. Abro la cartera y rebusco adentro. A ver si todavía me olvidé algo. A ver: el portarretratos está... el holomagnesio para los calambres... la pastillita por si me ataca el insomnio... la billetera... dos pañuelitos de mano... la Cross que me regaló Emilio... la libretita para anotar boludeces, como dice otro de mis herederos.

La primera foto es la tuya, Martín. Luces serio; esa arruga del entrecejo me parece más pronunciada. Recostado contra el árbol, no tenés nada que envidiarle. Eras un tipo de raíces fuertes, y tu follaje siempre aspiró a ser nuestro techo. Vamos a comprar una hectárea de tierra —fabulabas—, una casa para cada uno, en las cuatro esquinas. El menor, con nosotros. Así, si yo no estoy, nunca quedarás sola —tu alma de guardabosque, pretendiendo vigilarme desde el cielo.

Abro la ventanilla, y una tierrita volandera me entra dentro del ojo. El Kleanex es un invento increíble.

Enfrentándote, el otro gran amor que tuve. Estoy hablando con propiedad: que tuve. Que tuve yo, por él. No él por mí. ¡Cómo se cobra la vida! Martín, que me amaba posesivamente, como Otelo. Inventaba historias de pañuelos con monograma para armarme escándalos con mayúscula. Los celos para casi todas las mujeres, son como una brisa del amor: nos elevan, nos hacen girar como una calesita, nos valoran, somos importantes para el otro. En el envoltorio rosa, nos halaga. Cuando el mensaje viene acompañado de resquemores, inseguridades o dudas, puede resultar dañino; tan lesivo que la gloria del compartir cae deslucida, incapaz de defenderse. Sucede así cuando el amor mata al amor.

Mi pequeño tiempo con René, que me observa desde el desleído azul de sus ojos, fue otra historia. En esta era yo la de los celos, yo la perseguidora, yo la insegura.

—Detesto el mar —decía René.

—Detesto el mar —afirmaba yo, muerta de amor, pero extrañando el agua.

—Te enseñaré el encanto de la montaña —y allá iba yo, gateando detrás de sus zancadas, sin atreverme a mirar el abismo, pero eufórica porque me elegía para acompañarlo.

—Ya llegamos —mi nieta tira el último cigarrillo y detiene el coche—. Como vos decís, Achu, a tu albergue transitorio.

Pretendo abandonar la bolsa con los kiwis, pero ella me re-coloca amorosamente el bulto en la mano.

—No te hagas la olvidadiza... mirá que te conozco.

Camino hacia la puerta sostenida a mi cartera negra. Mi cartera, mi último baluarte, mi posesión silenciosa y fiel.

El geriátrico no es mi último albergue. Mi último albergue, antes del otro último, es mi cartera. Mi cartera negra, con las fotos, la libreta de escribir boludeces y mi pasado, presente todo el tiempo gracias a la poderosa química de mis neuronas sanas.

Me doy vuelta para decirle adiós a Elisita, que ya arranca.

—¿Te das cuenta, hija, lo horrible que es tener memoria?

Ella levanta la mano y me contesta:

—No, no volveré por el Puente de la Noria. Buscaré un atajo.

La de los dientes postizos suelta el visillo con bronca:

—Irene es una fayuta. Lloriquea por todo, y mirá como se entiende con la nieta.