Introducción
Amores cortesanos de la dos veces reina
¿Cuáles son los ensueños de esta púber de 14 años? ¿Dónde se refugian los suspiros? Anhelosos brotan de su pecho, hundida en él la daga de un mal presentimiento. La mirada oceánica fulgura. Se empaña, por instantes, como la superficie de un cristal, con la salitre de sus lágrimas. Las manos equivocan, una y otra vez, el punto en el hilado, que no logra concentrarla.
La dama de honor que la acompaña y dirige la labor, no se atreve a interrogarla. Teme un estallido. Eleonora puede ser suave como el roce de una pluma, o explotar con la furia de un ciclón. Cautelosa desvía la atención hacia los jardines: su otra pupila, la joven Alicia, se pierde atrás de la arboleda, persiguiendo una mariposa con un tul. Las hermanas son difíciles; el carácter determinado de ambas y el estrépito de sus arranques intimidan a la señora. Mejor usar el sigilo respetuoso, y la diligencia astuta. Desde el día que el padre de las muchachas partió para Santiago de Compostela, encargándole el cuidado de sus hijas, éstas han sido sus reglas. El viajero, a su regreso, sabrá retribuirle generosamente tamaña responsabilidad.
Tal vez por ser un año mayor, Eleonora es más peligrosa; salta de la fantasía melancólica como la de ahora, a hilvanar versos donde burla escandalosos enredos picantes que involucran a hombres y mujeres que conoce, tal como lo hacía su abuelo, el galante trovador Guillermo VII de Poitiers. La herencia no se detuvo solo en versos. De su padre, exhibe la fuerte contextura física, y la vehemencia para luchar por sus ideales... sin olvidar a su consanguínea... aquella mujer horrenda que entregó a la amante de su amado a la brutalidad de los soldados, para terminar con los ojos de la desgraciada, arrancados de las órbitas por sus manos sobre un plato.
Sí. La joven cubierta con la pesadez de la seda no puede ocultar lo inocultable: los senos empujan vigorosamente desde sus apretadas cárceles; ahí donde los pezones atrevidos pían sus soledades vírgenes. Las manos de Eleonora intuyen placeres que nada tienen en común con la rueca; y los ojos... esos ojos, marchitan las flores que yacen en su falda. Un ramillete recogido por Alicia, que se sabe la única debilidad de la mayor. Esta, perdida el alma en oscuros laberintos, retribuye el regalo con un gesto, alejándola, como si su presencia fuera una molestia agregada a las que ya padece.
El mal agüero turba a Eleonora desde la noche precedente. Intuición que se hace carne y dolor en ese instante: un cortejo de nobles se aproxima. Reconoce en el acto a Godofredo III, Arzobispo de Burdeos. Lo siguen, con idéntica expresión de duelo dos caballeros allegados a la iglesia.
Los hombres se arrodillan y besan el ruedo del vestido de las jóvenes, que se estrechan en el llanto. El extrañado, fuerte y amado padre ha muerto antes de llegar a Santiago. Están solas en la tierra. El siglo XII y el tumultuoso mundo cortesano al que pertenecen las espera. El amor y el odio. La envidia y la intriga, La pegajosa cohorte de aduladores, que las divertirán de a ratos, o las enviarán al cadalso sin lástima si el mero pensamiento sirviera de ejecutor. Presa de esos temores, Eleonora enjuga su pesar y levanta la barbilla. Es heredera también de las propiedades de su padre, Guillermo VIII de Poitiers, y es responsable de su hermana. Debe ser fuerte.
El Arzobispo lee un largo pliego redactado por el padre precavido. Va dirigido al Rey. Ruega protección para sus hijas... y ofrece la mano de Eleonora al príncipe Luis El Joven. No se conocen... ¿pero qué importa el detalle? Son jóvenes y poderosos. Juntos en la pasión, el amor llegará como consecuencia.
Documento en manos, Luis VI se regocija. La Ile-de-France, con la unión, pasará a poseer las tierras ricas y calientes de Auvernia, la Marche, el Angoumois, el Poitou, el Limousin, la Saintonge, el Pèrigord, la Guyena y la Gascuña. Tiene referencias de la vital belleza de Eleonora que , a no dudar, será capaz de contagiar energía a su rubio, hermoso y débil hijo de 17 años.
El matrimonio es bendecido en la Basílica de San Andrés. Transformada en salamandra de fuego, la novia se agita en comezones de urgencia, en tanto el Arzobispo alarga sus mensajes y bendiciones a los cónyuges. Luis no es apasionado pero no es de piedra. Sucumbe ante el resplandor de la consorte..., y entrega lo que buenamente puede.
En el viaje hacia París, Eleonora cuchichea en el oído de Alicia:
—Luis... NO SABE HACER EL AMOR...
La hermanita suelta una risotada vulgar, que alegra la solitaria campiña, y abochorna a las damas de la escolta.
Rato después, se detiene el cortejo. Los aguardan mensajeros reales que vienen de París. El Rey ha muerto. Luis El Joven ya es Rey, y Eleonora Reina.
La noticia recompone en el acto el mal genio de Eleonora; estruja el velo de novia y lo aventa hacia los aires de su amado Poitiers junto a su decepción de esposa. No es preciso adivinar. Sus sueños pasionales, negados con Luis, le serán ofrecidos por otros, mejor dotados. ¿Quién podrá regatear favores a una bella de 14 años, si además es Reina?
Nuevamente es la rudeza del mentón desafiante la que delata lo que la joven piensa.
—Prepárate para la guerra —dice en el abrazo con que aprieta a su hermana.
Con el esplendor decente que permite el duelo, en la noche de Navidad son coronados en la Catedral de Bourges. A la ceremonia no falta nadie. Todos son sorprendidos. La hermosura de Eleonora desborda; se desliza mas que camina hacia el altar. La corona le calza en la cabeza como si hubiera nacido para sostenerla. Todo hombre presente se encandila, viejos y jóvenes. Una ola de envidia enturbia el corazón de las señoras. Hasta para ellas, habituadas al escándalo y la confabulación, este vendaval campesino que portan las hermanas resulta excesivo... y peligroso.
La única alegría genuina es la del pueblo. Volcados en las calles, terratenientes de alma, festejan las posesiones que aporta Eleonora a su bien amada patria. No son propias, pero sí de su Rey. Alegres, abren las camisas no obstante el frío, levantan sus faldas, beben vino y ríen. Son ricos. ¡Que Eleonora les dé príncipes robustos y viva para siempre!
Alicia y sus trece años revientan la pólvora del primer escándalo palaciego: se mete sin titubeos en la cama del Senescal de Francia, el caballero Raúl de Vermandois. Por desgracia casado. Nada menos que con la batalladora Gilberta de Champagne, sobrina del brioso Teobaldo. Conmovida por las altas temperaturas de esta pasión, Eleonora pretende anular el lazo eclesiástico que une a Gilberta con Raúl. Esgrime el trillado argumento de un parentesco cercano entre ambos. Alicia, entretanto aguarda el veredicto del Obispo de Reims, se acurruca en los brazos de Raúl, mimosa como una gatita. Las estridencias de los encuentros sacuden la vetustez de los muros, y las carcajadas del goce erizan la nuca de los pobres guardias, apostados por si aparecen los esbirros de la esposa burlada.
El Obispo rechaza la anulación. Pero Eleonora anegada de amor filial, acude a un Concilio, que otorga el sí permitiendo a la pequeña Alicia apropiarse de Raúl. ¿Cuáles son los encantos de Raúl, capaces de provocar tales incendios? Es la oportunidad de dejar volar la imaginación. La historia severa no se nutre de detalles de minucia sabrosa. Se limita a las consecuencias político-económicas que estas lides traen como desenlace: la guerra, en la que morirán los mismos que ayer bebían vino festejando en las calles.
Gilberta consigue que Teobaldo declare la guerra a Luis El Joven; al frente de los soldados, éste vence a los de Champagne en Dormans y Epernay. Sitia Vitry y prende fuego a la ciudad. 1.300 compatriotas mueren quemados. Gana la guerra, pero en el corazón, los llora. Avergonzado, culpa a las hermanas del desastre. Confiesa su pecado a San Bernardo. El perdón le llega, condicionado: su penitencia es combatir infieles en Palestina; un Cruzado Real.
No obstante su mermada sexualidad —o tal vez por ello— obliga a Eleonora que lo acompañe en el azaroso viaje. Innumerables preparativos y enorme comitiva viaja con los Reyes, que salen de París el 1º de junio de 1147 hacia Tierra Santa. Atraviesan la Alemania, ribetean el Danubio por los parajes de Ratisbona. Se detienen en Belgrado, más tarde en Adrianópolis. Admiran la riqueza de Bizancio y Efeso, hasta lograr embarcarse y navegar por el río Nar-el-Así, para arribar a la rica, sensual, espirituosa y embrujada Antioquía.
El Príncipe de la ciudad es, ¿para bien, o para mal?, nada menos que Raimundo de Guyena, tío de Eleonora. Tío para el regazo, para la confidencia tierna... y para la cama. ¡Al fin, pobre Eleonora! Con un hombre hombre, que desconoce la palabra incesto, inmoral y divertido. Por cierto la apatía de Luis lo nausea. Algunos comentan que las noches de Antioquía permanecieron mágicamente azules acoplando estrellas novas al joyero nocturno. Parten como rayos hacia el cielo, desde la cama del cariñoso tío, mientras dura la visita regia.
Por más alta que se halle la cima del volcán, las llamaradas son visibles para el pueblo.
La lava corre por las calles de Antioquía. La murmuración es un grito: ¡Incesto! ¡Incesto!
Luis es débil pero no sordo, ni tampoco tonto. Con sigilo de esposo cuidadoso, desbordado del temor de perder las tierras de la voluptuosa consorte, hace arreglos con hombres fieles de su escolta.
Eleonora descansa —sola por casualidad— en su habitación. Un hoyuelo precioso en la mejilla, la languidez plácida del momento después en todo el cuerpo. La mata de pelo derramada en la seda.
Resulta fácil amordazarla y meterla en el carruaje, ya preparado para marchar a Jerusalén en plena noche.
Lejos de la influencia de Raimundo, liberada de manos y mordaza, ella escupe su ira:
—Raimundo te acusa también. ¡Tú y yo somos parientes, vivimos en pecado!... ¡Un pecado nada divertido, si lo tengo que soportar contigo!
A Luis le tiembla la mano en el pliego que dirige al Abad Suger, Regente del reino en su ausencia:
Debe divorciarse de Eleonora, el parentesco existe. Ambos están en pecado ante la Iglesia y el Dios en el que cree. Tropieza su conciencia con la ambición política de Suger: si se divorcia pierde las tierras de Eleonora; él convencerá al Papa para acallar escrúpulos molestos.
De regreso hacia París, la pareja es recibida en Roma por el Papa, alertado por Suger.
La reconfirmación del matrimonio por la máxima autoridad, la innegable belleza de los veinticinco años, expertos ahora, de la esposa, refuerzan la sexualidad del Rey. Esa noche, engendran una hija, que aquieta el pulso de Eleonora... por un tiempo.
Muerto Suger en 1152, otros Obispos ayudan a Luis a divorciarse. No es un secreto que la esposa cambia de amantes como de humor; con idéntica volubilidad, variable como una veleta. No se precisa de más. La Iglesia concede el divorcio. Eleonora festeja la libertad. ¡Por fin es ella misma! Puede hacer lo que se le antoje. Las dos hijas nacidas de Luis, quedan bajo la custodia del padre, beato hasta en calzoncillos. Está harta de París, añora la juventud en Poitiers, y sabe que las señoras de su palacio, que la conocen de niña, acallarán la murmuración —que inexplicablemente— la persigue. El conocido cosquilleo de una nueva flecha en el cuerpo la estimula: es la visión de Enrique Plantagenet, Conde de Anjou y de Touraine, bastante menor que ella. Desnudo, una provocación memorable. Ya se probaron en la cama en París cuando todavía era reina. Un amante brioso, a su medida.
En mayo de 1152, Eleonora y Enrique contraen matrimonio- Así, anexadas sus tierras, se imponen frente a Luis, quien les declara una guerra que pierde. Suger tenía razón, pero es demasiado tarde para borrar los hechos.
El flamante consorte es nieto de Guillermo el Conquistador de Inglaterra. El Rey no tiene hijos. El encanto de Enrique hace el resto: lo nombran heredero al trono de Inglaterra. En Poitiers, Eleonora mece en sus brazos al robusto hijo, al tiempo que la nostalgia de antaño la acongoja. ¿Otra vez Reina? ¿En un país tan frío, lleno de neblinas, sin el fabuloso sol de su terruño? ¿Sin la gente que de verdad la ama? ¿Resignada a refugiarse ante los leños, que no calientan como un buen amante?
Detesta la sola idea de cambiar de idioma, de moderar sus arrebatos, de frenar su festejo de estar viva y hermosa, para investirse con la letal carga de solemnidad orgullosa que es menester ante esa corte extraña que la critica severamente. La realeza es idéntica en hábitos censurables en ambas cortes.
Pero estos de la isla se cobijan en el disimulo apático, solapados sus actos, a cubierto. Deberá aprender a simular moral, a cubrirse de trapos. Tapar su naturaleza para intentar ser aceptada. Los escarceos de jardín, la tibieza del piropo en su jerga, la ironía burlona de los juegos de salón, donde la lengua se enrosca, divertida, punzando a hombres y mujeres, sus amigos, será una distracción que pasará al recuerdo. Pecadores cómplices, la censura no existe. Parte a Inglaterra como una desdichada. En la isla, Enrique es el fuerte, el poderoso. Tendrá que someterse a su autoridad. Patea el suelo con un berrinche niño, y con los puños cerrados, suelta palabrotas contra eso que algunos llaman suerte.
Esta nueva coronación la encuentra crecida en años. La energía de su fuerza campesina es idéntica, no obstante. Idéntico su fulgor. Fatal para las mujeres su belleza, que oscurece hasta las joyas que luce cada una. Mas de un flemático corazón masculino se perturba con la avalancha de ideas perversas que ella provoca con su sola presencia.
La codicia por las posesiones, enfrenta, a través de este nuevo enlace a Francia e Inglaterra. En una lucha que se inicia para dar lugar a la Guerra de los Cien Años.
El país es glacial y la gente altaneramente helada. Eleonora, sin alegría, tañe la viola o teje; nada la distrae... ¡Odia la circunspección, y la sangre se le escapa hacia Poitiers... que está tan lejos!
El recuerdo de Bernardo de Ventadour, un trovador delicioso, al que supo escuchar desde su ventana, cuando Enrique la invita a pasear por Francia, por las tierras que les pertenecen, la reanima.
“Yo no sé más gobernarme
y ya no puedo hastiarme
desde el día que ella permitió a mis ojos
mirarme en el espejo que tanto me place.
Espejo, por haberme mirado en ti.
Mis profundos suspiros me matan.
Si me he perdido en vos.
Como un narciso en la fuente”.
Canta el trovador, y Eleonora se conmueve por ese desgobierno del corazón, que su sola visión provoca en el joven juglar. Tanto la conmueve, que llora en sus brazos, agradecida y como domesticada por la ternura ingenua de las palabras. Le parece mentira. Siempre la trataron de brutal o de siniestra. Bernardo la llama espejo, narciso, fuente. ¿Podrán aunarse en un solo hombre, la virilidad imprescindible a su temperamento, junto al sosiego tierno y romántico que sigue al éxtasis? Un desafío para ambos, sin lugar a dudas.
Pero Bernardo es todavía un esbozo de sueño. Enrique, a caballo por sus posesiones, calentado a pleno con el sol, que se prodiga, la embaraza nuevamente.
El hijo, otro varón, será en la adultez nada menos que Ricardo, apodado “Corazón de León”.
Inglaterra la congela hasta en el pensamiento. Próxima una nueva Navidad el llamado de Poitiers se torna irresistible. Extraña. Suspira por su grupo de amigos. Las reuniones que se vuelven sabrosas cuando el sol se oculta. Las bromas maliciosas, las esquelas con nuevas citas, la impúdica disputa de las mas feas por las migajas que ella les arroja.
—Juntaré mi corte, las damas que me asistieron cuando me separé de Luis... Llamaré a trovadores y músicos. Mi vida necesita un cambio. —Otra vez, la barbilla altanera, y un verdor negrusco en el fondo de los ojos. Para colmo la chusma en Inglaterra murmura que Enrique se enciende en la cama de Rosamunda; damisela oculta y vigilada para no exponerla a uno de sus famosos arrebatos de furia.
Ventadour la espera en Poitiers, junto a la lumbre; iluminado el palacio, repletas las mesas de manjares. Las damas escandalosas, sin escrúpulos. Los caballeros, listos a complacer sus menores caprichos. Eleonora vuelve a sentirse joven y hermosa, reina en su corte de amor. La plenitud del cuerpo que sigue a la maternidad, el resguardo de esas paredes que la vieron nacer, se aúnan para que el resplandor de sus famosos ojos verdes suelten chispitas de alegría. ¿La insultan en la cama de una insulsa inglesita? ¡Viva el hechizo de Francia y los franceses!
—Cántame, Bernardo —murmura en el oído del trovador embelesado.
“Mi corazón desborda de tanta dicha
que todo me parece cambiado en la naturaleza.
Ya no veo en el invierno sino que
flores blancas, rojas y amarillas.
Con el viento y la lluvia
se agranda mi felicidad
mi talento se acrecienta
y mi canto se embellece.
Yo tengo en el corazón tanto amor
de placer y de alegría
que el hielo me parece flor
y la nieve verdura”.
Otros jugueteos del amor cortesano son festejados por el enjambre de invitados, olvidados en la sala. La dueña de casa arrastra a Bernardo hasta su lecho, lugar donde tranquiliza su conmocionado corazón con las endechas de los versos, y ese interior insaciable, que ni intenta justificar. Eleonora suprime todo rastro de remordimiento cuando estrena un hombre nuevo; máxime, si el hombre, sabiamente, la suaviza de a ratos con ternura, para instantes después sostenerla en la cúspide de una exaltación que desea interminable.
Mañana volverá iluminada a su reunión de amigos. Ha impuesto una moda: examinar las respuestas amorosas de los asistentes con unos divertidos códigos de amor. Códigos que posteriormente, en el año 1184, han de ser parte de un satírico y discutido libro: Tratado del amor cortesano. El autor es Andreas Capellanus. Contratado por la Condesa María de Troya, hija de Eleonora, que alienta su trabajo. Los 31 preceptos del amor cortesano brotan de la habilidosa mala intención de Capellanus quien, en la página 36 de su libro acusa a las prostitutas de ser dañinas en el amor. ¡Las mujeres de la corte no están consideradas entre ellas!
Al editarse el libro en francés, se perciben desde sus páginas las influencias de Ovidio, repleto de sarcasmos sobre las relaciones amorosas. Capellanus desata el debate lógico de la Iglesia, que a través del Obispo de París, Stephen Tempier, condena su lectura. Huelgan las palabras. La prohibición libera un oleaje de curiosidad depravada. En toda reunión galante, los preceptos son recitados, cuestionados y respondidos, entre risas y cáusticas acusaciones. Cada uno se ve retratado en una u otra regla. Nadie escapa a la delación burlesca, ni los reyes.
Cuando Eleonora regresa desganada a Inglaterra, entibia en el corpiño las últimas estrofas del bardo, en su arriesgada y desnuda despedida:
“Ella puede ahora negarme su amor.
Yo podré siempre vanagloriarme de haber obtenido el dulce testimonio”.
La vida borrascosa de Eleonora finaliza en la Abadía de Fontevrault. La que se llamara a sí misma: “Reina de Inglaterra por la cólera de Dios” tenía 82 años. Jamás le interesó ser reina... pero a su través, tuvo a todos los hombres a sus pies.
Si en algún momento logró amar a alguno de tal forma que la plenitud del cuerpo y la gracia del alma la tocaran elevada en la cresta de la ola, inconsciente y feliz..., sin dudarlo, valió la pena soportar el peso de la tiara.