La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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I

La casa abre su muro exterior: la abertura precisa para que ingrese el garbo y la mirada alerta de una mujer con nombre de resonancia indígena.

Los helechos se trepan a la cabellera de la visitante femenina y la brisa nocturna viene al encuentro de ella para aligerarle aun más el caminar y entronizarla en su lugar que la aguarda ansioso.

Las paredes internas de la casa despliegan sus portentos de luces, candelabros y máscaras. El lejano oriente acorta distancias flotando en instrumentos musicales nacidos de materiales primigenios. Un estrechamiento de cuerpos detiene el avance de la noche y miles de besos se posan en la espesura del eros y su arcano.

Intima la casa con la mujer y le convoca plácidos sueños en alfombra de antiguos cuentos. Su fino perfil de hembra que apenas gime se va transformando en luna creciente y la luz es tan intensa que la casa se ha puesto a girar.