II
El reloj de pared decide cada noche dar sólo un número determinado de campanadas. A esas horas, salen de sus escondites las sombras de un tiempo impreciso. Bajan por las blancas paredes, desde distintos puntos, y se congregan muy cerca de la caja del reloj. Observan en detalle el movimiento del péndulo. Luego calculan el momento exacto para desaparecer absorbidas en los confines de zonas olvidadas.
Las lluvias sobrevienen al ser atraídas por ese insólito fenómeno. La casa aumenta su temprana exultación y detecta la celeridad de los principios celestiales. A medida que se acerca el límite pluvioso, un como trepidar conmueve los cimientos de la casa. La eficacia en poner su fortaleza hacia un impulso que trasciende queda una vez más patentizado.
Los charcos de agua son tan transparentes que el propio jardín se mira en ellos y descubre otra juventud.