La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XII

Hace la casa maravillas de tantos gemidos y besos. De sonrojo en sonrojo, los sábados se tornan en noches que descubren el frutecer de amores antes remotos.

Mi escritura persistente sale en busca de Ayarí en el aire deseable y me siento caer de hinojos para ondear con el tiempo de los viñedos embotellados.

Sonríe en mí la casa y la sonrisa inventa una imprenta táctil. La coloco entre sus senos de niña para que se multipliquen los textos donde se recogen las urgencias de las caricias lectoras.

Confieso que es un vivir continuo su cuerpo por dentro. Asombro de ternura y devoción desparramadas en la profunda humedad.

La casa me indica el punto más turgente de su nombre femenino, donde mi dedo corazón deja una audaz marca. Así recorrí en cada momento los espacios exaltados de la vida compartida.