XIII
Heme aquí en la casa que me enaltece en albura y me obsequia a plenitud estas manos mías de niño. Puedo irradiar, desde cercanos entonces, caricias hacia unos senos de infanta descubiertos en la horizontalidad amorosa de la noche y su tictac.
El reloj une un cero superior a uno inferior e inventa una hora octava para que la puerta de calle se abra y permita entrar a Ayarí desprendida de luna y traje selenita al máximo blancor.
La casa incrementa el brillo de la cal y la tiza en procura de un ambiente cálido para dos almas mutuamente atraídas.
El día copula con la noche, ambos enmascarados como gatos. Ruedan complacidos sobre racimos de uvas oscuras y claras y los maullidos burbujean en el tránsito hacia la maceración del vino.
Ayarí bebe el vino del gato negro y besa la barba de su poeta, mientras la noche asiente y no pasa.
Ayarí sorbe el vino del gato blanco y el poeta posa sus labios bajo su ombligo, al tiempo que la madrugada dispone espléndidos abrazos.