La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

XIII

Heme aquí en la casa que me enaltece en albura y me obsequia a plenitud estas manos mías de niño. Puedo irradiar, desde cercanos entonces, caricias hacia unos senos de infanta descubiertos en la horizontalidad amorosa de la noche y su tictac.

El reloj une un cero superior a uno inferior e inventa una hora octava para que la puerta de calle se abra y permita entrar a Ayarí desprendida de luna y traje selenita al máximo blancor.

La casa incrementa el brillo de la cal y la tiza en procura de un ambiente cálido para dos almas mutuamente atraídas.

El día copula con la noche, ambos enmascarados como gatos. Ruedan complacidos sobre racimos de uvas oscuras y claras y los maullidos burbujean en el tránsito hacia la maceración del vino.

Ayarí bebe el vino del gato negro y besa la barba de su poeta, mientras la noche asiente y no pasa.

Ayarí sorbe el vino del gato blanco y el poeta posa sus labios bajo su ombligo, al tiempo que la madrugada dispone espléndidos abrazos.