La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XVII

Por las bocas de las perras insistentemente ladra la noche de la casa. Lo consigue porque le sobra pasión en reconocerse como un tipo elevado de animal, sombrío y luminoso.

La casa, en todas sus épocas, supo ladrar y atraerse la embriaguez de la luna llena. Nunca pretendió amilanarse ni esconderse en la espesura del pelambre blanco.

Indeclinables compañeras son en las actuales circunstancias la casa y sus canes guardianas. Exaltan los amores buscando observatorio sobre la hojalata del relente. Poseen el mérito de un eximio valor que las coloca de frente a la temporalidad sin transición.

El jardín de la casa colecciona verdores y los ilustra en álbumes de páginas con sabor a añeja impronta. Tal vez acaso un sí rotundo nutrió de esplendores las ramas pajareras y las dimensiones de los frutos en agraz.

La casa en proceso continuo engendra otra casa. El hombre que las habita se ingenia un especial pensamiento y éste se vuelve mujer. La mujer susurra el aquí estoy y quiero que hagas conmigo la plácida abertura del medianochecer para que titilen las nuevas estrellas y sea culmen el trasegar.