XIX
Oigo el palpitar de la casa en su savia que se desplaza de pared a pared, en la onda avasallante de la fuerza protectora.
Se denomina casa (haus, maison, house...) por lo rotundo de su misteriosa cohesión y la capacidad de acogernos en el vientre vacío para llenarnos y convertirnos en réplicas humanas de sí misma.
Habito mi casa interior y soy huésped y señor de músculos aptos para la ternura y nervios que se erizan cuando llaman a la puerta.
Anfitrión en el cuerpo-casa hospedo a la mujer que por ser regional crece universal y engrandece los aposentos del buen gusto y del buen oler.
Vasta, muy vasta, se dimensiona la casa tras el muro indoblegable y presto a la equidad. Ruedo por el patio, desnudo y sobrio, en señal de entendimiento y simulo medir el tamaño de la expansión. En realidad, yo también quepo en mí, que es como decir casa o teja con flor para guarecerse o cubierta de amatorio y sosiego.
Me enaltece la casa cuando se autonombra en vocablo ayarí y puedo ingresar por sus palpitantes puertas y emerger a través de sus ventanas para fortalecer la estructura suya con un pegamento húmedo y exquisitamente varonil.