XXIII
Frente a la botella de vino tinto, dos pescados niegan la tristeza y piensan que la mujer de senos de niña debería comer desnuda y mostrar su apetito solar.
Del estío la casa ha pasado a una estación húmeda y fresca y el cambio recuerda, dulcemente, el florecer del musgo en la vereda de la luna.
El tejado se ahonda como una vagina entrelazada por los signos machos del cielo. Se oye su fragor de fluidos y de tiernos sonidos. Lo sentimos rojo por ser el color de la lentitud, la fortificación y el enaltecimiento.
Cual un estandarte de la proclamada vida, Ayarí ha desplegado un beso grande en mis labios señalados por la miel y por la espera.