XXV
Esta noche puse en libertad a los indómitos versos. Junio giró la cabeza y recordó que el cielo bajo el tiempo no había mutado. Un tintineo de voces despertó a la casa y ella consultó su reloj para cerciorarse de que los granos de arena eran los mismos.
El barco de la noche atracó ventanas afuera. Trajo en su bodega la promesa fiel de los próximos meses y flores y uvas frescas para chuparles sus furores. Se nos colmó el pulmón bisiesto de la fragancia que el sándalo elevó en su celebración.
Los días todos de la semana se autonombran sábado y entonces Ayarí acude a la casa de siete puertas para que el poeta le organice un apasionado periplo, con la expresa constancia de que descubrirá el amor nocturno imbricado entre las sábanas.
La casa supo del encantamiento de Ayarí porque una areola de chocolate enriquecido le circundó los pezones.