La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

XXVI

Si supieras, le dice la casa a Ayarí, que existen hilos que enmadejan la vida e ignoraras quién dispone la aspadera.

Si conocieras, le afirma la casa a Ayarí, a los animales de fuego que calientan las mañanas, arderías con llama lenta y permanente y no te consumirías.

Ayarí piensa que la casa trata de transmitirle profundas verdades y queda un exiguo momento, en ausencia, intentando asir lo ignoto.

(Su poeta la observa desde un cercano tiempo emocionado y su nombre se le transforma en barba que crece para envolverla y gozarla).

Ayarí abraza al poeta y le alborota y le sopla el cabello. Calla su silencio para enunciar el único sonido de los besos. Muestra su pecho a la alegría de los dedos suaves.(Siempre un piano se oye, al fondo, copulando con sus partituras).

La casa quiere que Ayarí quiera y que anide la lengua de plumaje rojo en la abertura dispuesta a mutar el aleteo en intenso vuelo orgásmico.