XXVII
Las tardes sabatinas me acrecientan los sentidos terrenales. Perdido en medio de mis hermanos los helechos ocupo a una de mis visiones en localizar a Ayarí. Luego, la traigo a casa, la casa que le es íntima.
Cambio de ropa ante ella y no lo descubre. Me peino al revés y ella vuelca su cabellera sobre mí, futurándome. Creo que me sumo en la matriz de la negritud y cuando emerjo, me manifiesto niño necesitado de sus pechos.
Por momentos toco su ombligo. Lo noto de flor extraordinaria hacia adentro. El cuerpo se me turba y da mi corazón un rebote en las paredes. Allí se enmascara. Como diablo negro y travieso se deja caer liviano —hoja de libro pornográfico— entre los muslos de Ayarí que lubrican un esplendor.
Después, los tres, la casa, Ayarí y yo, jugamos a la ronda de los desnudos cuerpos.