XXVIII
Descubro el color de la lujuria hospedado en las pupilas de Ayarí. El perfume de rosas de su pubis atento flota en el éter que la casa emana. Quiero que ese perfume sostenga a la casa, sea su pilastra de perfección.
En este mes de descomunal deseo la casa me ha otorgado un corazón accesorio. Me tomo como un ser perdurable y en un abrazo se lo transmito a Ayarí. Su cuerpo se inflama y resulta notorio la ausencia de una hoguera.
Pienso en su cuerpo desnudo que subyace. Más veranos cabrán en él. Yo los convoco desde tórridas distancias y los alojo bajo su vientre. Un serafín de candela me quema. Me afirmo en su vulva que prorrumpe en magma y pone un rótulo sobre mi visión.
La casa, mientras tanto, procede de velas en circulación y luminaria y magnifica las pieles en su regocijo y en su sudor.