La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XXIX

Determino que al despertar junto a Ayarí la luz del patio en la mañana sea una clara voz que traiga la semejanza de una gallina en su nidal. La casa se despereza y ahueca sus alas para servir el desayuno de las posibilidades. Los hijos de sus amores se nos suben, en tropel, al colchón y las risas confirman nuestra herencia. Sin huesos en el alma desfila un sol para dos.

Habitamos la casa a todos los niveles. Nuestros ombligos se envían señales desde sus buhardillas invisibles. Un sueño telegrafiado vendrá sin previo aviso.

(La memoria de la casa abre su puerta de gratitud y permite adentrarnos por los pasajes donde aún se escuchan llantos de niños al nacer o quejidos de ancianos que se derrumbaron o el resonar de cubiertos sobre platos de peltre o el relincho de viejos caballos de cuartel...).

Nos entregamos al disfrute de la casa y nuestros dedos se entrecruzan en su recorrido hacia los muslos. Gotas de estrellas resbalan del universo de nuestros sexos y las cinturas rutilan con el fenómeno que provocan.