La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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Lo dice el poeta y la casa lo secunda.

Ayarí es una flor joven de exuberante manifiesto. Su suave estruendo toma del tiempo lo que requiere y engrandece. A ella la sigue un rebaño de promesas y lo perentorio acaso compromete un quizás.

Ayarí también se sube al mundo porque le agrada girar al compás de las esferas. Si una lluvia, de improviso, descendiera, con seguridad, una risa le ampliaría el horizonte de las aguas en calma.

La casa posee su música para crecimiento de sus habitantes. Ayarí lo sabe; la casa la penetra. El poeta se abre a Ayarí y se declara estanque o pozo o tinaja llena para ser bebido. Moja Ayarí sus labios y un toque de viento del solar la empuja hasta el fondo. Cuando arrecia la hondura y la sed aprisiona, el poeta llama desde su pecho aniñado y Ayarí le da a beber su leche o su miel en su cuenco citadino y sus pezones tararean la comprensión.

Emplea su primacía la casa y siendo la anfitriona que se eterniza torna huéspedes a los amantes para que consuman la algarabía carnal.