La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XXXIV

Ayarí toma mis ojos en sus manos y los baja hasta la estrella ardiente que rasura su pubis. Ya el ígneo recodo ha puesto a transitar la sangre de los trópicos. La majestad del escenario se fragmenta en su propio beneplácito y alegría.

Se oye en las corrientes de aire de las tardes el sonido emergente de mi pecho. La casa presta mucha atención y escucha con pausada sabiduría, porque la duda en obtener una exacta conclusión no encaja en su signo.

Ayarí hace de mi pecho exaltado un piano en miniatura. Desnuda, se acuesta, boca abajo, sobre él. Brotan nocturnales, mientras las teclas blancas introducen su semen y las negras estampan un beso oscuro.

Al acercarse el obligado sueño del reloj, logramos ascender, verticalmente, desde el delicioso vértigo y concebimos un corro de caricias donde intervienen casi todos los dedos, la mitad de los pies y la movilidad de las lenguas.

(La casa nos espía desde sus ventanas y le caben las blancuras de su ser en el siempre sorprendente acto amoroso. Enigma y enunciación la modelan).