La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

XXXVI

La pasión por Ayarí se acrecentó al percibir el aroma del mar en su piel, vestigio de su último baño. Su figura paseó a lo largo de la playa y un tributo de frutos marinos alimentó su deseo de fósforo y llamarada.

Durante la noche de un sábado ingresó a la casa. Se abandonó a su protección y comenzó a jugar con sus cabellos, a descifrar nuevos signos para los sueños que se anunciaban a discreción.

El poeta se desprende de un alero de la casa (donde suele meditar) y desciende a acariciar la belleza que la mujer, Ayarí siempre, propone al tacto por demás enternecido.

La mujer habla con mesura de su pertenencia a la vida extática del coito, almeja nunca apaciguada por la permanente perla. Acuerdan cenar los amantes y sus ojos ríen.

El festín se abre en comestibles pétalos oriundos del mar y las profundidades. En cada bocado se oye el galope de inquietos hipocampos.

La pareja se entrega a la comunión de las bocas y las pieles enfebrecidas.

(Las sillas de la casa aplauden con ecos de maderas y clavos cabezones).