La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XXXVIII

Mi amante todavía más embellecida me suele sumergir en la poza donde aletean secretos mayores y menores en procura de besos perpendiculares. Su avasallante permanencia embarga mi pensamiento con la imagen que se sigue proyectando en compañía de la alegría. Yo surjo único en la sala de la casa y de taumaturgia me reconozco y avanzo.

Le propongo a Ayarí la cacería de los grillos que consumen galletas de la noche. Seguimos el derrotero del no extravío y lanzamos cartas vegetales a lo lejos de los escondites. Con jaulas de dedos aprisionamos a los insectos chirriadores y luego la fatiga nos hace caer enredados por las cinturas.

Siguiendo la mirada augural de la casa nos adentramos en el aposento para viajar mil y una noches de alfombra. La travesía finaliza en litorales de estrellas arrojadas por las velas encendidas sobre el techo blanqueado.

La casa del fiel esparcimiento se acuesta para que los sueños de quienes la habitan la conduzcan a su merecida condición de señorío.