XXXIX
El poeta mora en casa afuturada con enlaces vegetales y piedras de agua para mirar las alegorías y la contentura. También el agua suele precipitarse desde las copas de los árboles entrecruzándose en círculos que alteran las leyes domésticas.
El rostro del poeta se surca de maravillas al intuir la aparición de Ayarí, envuelta en halo de plenitud y expectación de certezas amatorias.
Profunda se torna la aspiración ecuánime de los amantes bajo la nocturnancia. Palpan y se encrespan las epidermis para lo rotundo que se incrusta en la infinitud del corazón.
La medianoche trasborda su hito y un relámpago que resopla inunda los desvestidos cuerpos tentados por la permanencia.
El soñar, aprendido de la inteligencia de las caricias, coloca nubes en las horizontalidades que aprehenden trashumancias para desplegar lo íntimo y veraz.