XL
Trepé definitivamente a la coyuntura del amor, embellecida una y muchas veces. Ayarí ascendió conmigo tras abrir las puertas emotivas de la casa y permitir el ingreso de las aves que se encienden.
La exacta hora nocturna disparó sus dardos contra nuestra púrpura palpitación. Crecimos de inmediato envueltos en el manto de la ternura, seguros de nuestro acierto.
Ayarí se colocó de espaldas a mí. Dos botones de fresa le brotaron del pecho. Mi boca chupó el néctar del imposible olvido y recorrí la cobertura interna de su hecho de mujer.
Fui de ofrenda en ofrenda brindándole tributos a la figura femenina, exornada por la piel sorprendente venida de los aleros de la oscuridad.
Sus gestos de placer y satisfacción me incumben hacia el alma alojada en los intestinos. Esta mujer trazó un arco en su parábola y me enseñó la grandeza de sus músculos, despiertos y musicales.
Quedé prendado de los labios de Ayarí y de la inteligencia que los fecunda. Ahora mis bigotes reflejan el bullicio labial y bailan, sin agotarse, sobre su espalda nunca apaciguada.
Noto cada noche, precedido de la casa que me habita, sus facciones en donde la elegancia y el ensueño se amaridan para que yo sea su hombre y la colme de poesía seminal y esplendente.