La poesía de Horacio Castillo por Horacio Castillo • Alfredo Jorge Maxit
Horacio CastilloHoracio Castillo metapoeta

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Preliminares

Primero, las apreciaciones de Horacio Castillo a la edición de su obra poética completa y a la de un libro de crítica literaria a toda su poesía, excepto Mandala, no publicado por entonces; obra que el joven y talentoso crítico analizará después, como el mismo Castillo indicará.

A propósito de Horacio Castillo. Por un poco más de luz. Obra poética 1975-2005. Córdoba, Argentina, Editorial Brujas. 2005.1

Ha sido un regalo de los dioses, porque si bien ya habían aparecido otras recopilaciones, como La casa del ahorcado (Colihue, 1999),2 y la Antología poética del Fondo Nacional de las Artes (2002),3 es la primera vez que se recoge todo, inclusive el poema “Mandala”. De manera que el eventual lector tiene a su disposición todo lo publicado entre 1974 y 2006.

(SC1)

A propósito de Gustavo Martínez Astorino. Alegoría y tardo-modernidad: una lectura alegórica de la poesía de Horacio Castillo. Buenos Aires, Dunken, 2005.

Se trata de una tesis de licenciatura que intenta la aplicación del concepto de “alegoría”, en tanto categoría de interpretación literaria. Al margen de que el trabajo se refiere a mi obra, puedo decir que ha sido recibido como una valiosa contribución a la teoría literaria y, más particularmente, a la teoría de la poesía.

(SC1)

 

El poeta es el poema

En este trabajo, necesariamente acotado para obra tan grande, sigo los títulos de las cuatro entrevistas como un posible ordenador temático (ver 1).

El título arriba apuntado fue el elegido por Sandra Cornejo, en su primera entrevista a Horacio Castillo. Y la expresión señalada fue repetida por Castillo a los entrevistadores de la revista Atmósfera. Claro que “poeta”, “poema”, “poesía” abren un inmenso universo, del que, por ahora, queda excluido el de la creación del propio autor.

Contestaré con palabras de otro gran poeta, Alain Bosquet: “El poeta es el poema”. Esa, me parece, es la gran verdad. El poeta (con toda la carga histórica que implica esta palabra), el creador, el sujeto de arte, son entelequias: sólo existe —y es— el poema. Y el poema es un objeto que se muestra y calla, instaurando el abismo entre el autor y el lector. El poema mata al autor y asume su propia voz, una voz autónoma, que si es verdaderamente un poema dirá mucho más de lo que el autor quiso —y pudo— decir.

(SC1)

Yo siempre insisto: “El poeta es el poema”. Que me exprese correctamente o no... está ahí. Y el lector inventará.

(At.)

La poesía, la alta poesía nos recuerda o, más bien, nos hace patente, que somos por un instante conciencia del Universo y por esa conciencia el Universo existe. La poesía es esa conciencia, y gracias a ella se puede aceptar, no como una forma de resignación, sino como gozo, como asombro, haber sido parte ínfima, pero parte al fin, de la aventura colosal de la Creación.

(SC2)

Porque la poesía es una forma de percepción del misterio, o si no es demasiado, del Ser. El Ser es un logos callado: habla —paradójicamente— por lo que calla, por lo que no dice. Y ese Ser es nada más y nada menos que la más notable creación de la poesía. Por eso la “necesidad” de escribir poesía a que usted se refiere excede a lo personal: es, en rigor, la necesidad del ser de Ser. Como dice Max Picard, el ser hubiera terminado por estallar de no haber podido fluir hacia la palabra.

(SC2)

Como acabo de decir, la poesía es el instrumento del ser para Ser. Ergo, la palabra poética es, por su propio origen, netamente religiosa, o para usar su palabra, espiritual, no desde el punto de vista de la fe sino de ese estado hacia el cual ha evolucionado misteriosamente la materia. Teilhard de Chardin hablaba de tres círculos concéntricos de la evolución: la geosfera, la biosfera y la teosfera. Dios, decía, y en esto coincidía curiosamente con Rilke, está en el futuro. Y esa es, justamente, la responsabilidad de la palabra poética: elevarse, no en un sentido confesional, hacia lo divino.

(AM)

 

El poema de la transformación

Tal es el título, elegido por los integrantes de la revista Atmósfera, quienes vivieron lo que llamaron “situación mítica”, al encontrarse con Horacio Castillo, en La Plata, un sábado lluvioso de 2007. Ingresamos así a la escritura poética de Horacio Castillo.

Crear un mundo. Una anécdota, un mito, una leyenda, una historia o recrear una. Como en el caso de la de Eurídice, donde me planteo el tema de que Orfeo la dejó a propósito. Se volvió porque no la quería llevar. Es la teoría del poema. El quería vivir de eso otro que no está en la realidad. Y bueno... son así esas recreaciones que a veces tocan otros temas también (...). Hablando sobre el tema de la mujer hay un poema que se llama “Eva revisited” en la que planteo una imagen muy linda de Eva (...). Porque ahí habla Eva en primera persona. Entonces se agravia, digamos, de que la hayan hecho responsable y madre de la culpa. ¿A mí que no estaba en los planes de la creación? Aparece después a medida de determinadas circunstancias. Ella habla de estas cosas. Entonces, ahí dice; carne de tu carne, sí, pero el alma es solamente mía. Ella representa la libertad, precisamente porque no estaba en los planes de la creación. Ahora, es una pavada, lindo o feo o lo que sea, pero te quiero decir que viene así..., no solamente con el mundo griego, sino con otras cosas viene esa transfiguración mítica, de un hecho, de un episodio...

(At.)

Hace algunos años escribí un poema: “Anquises sobre los hombros”, en el que el padre, de llevarlo él termina siendo llevado por su hijo. Entonces, ese procedimiento, de transfiguración... perfecto. No sé... yo quisiera escribirle un poema a mi perro, pero bueno... tendré que encontrar una idea. Pero ya tengo uno que se llama “el Cinocéfalo”. Que es un monstruo humano con cara de perro que se va comiendo todo. Resulta que nosotros fuimos toda la vida a San Clemente, y una tía de mi mujer, la dueña de la casa, tenía un perro de esos callejeros. Entonces, un día la gente se había ido al centro y yo me quedé solo en la cocina. Cerré la puerta. El perro se había quedado en el patio. De pronto se desata una tormenta. Y el perro empezó a rascar la puerta. Y lo dejé entrar. Nos hicimos amigos. Y entonces... no sé cuánto tiempo pasó... objetivé esa idea. Un monstruo que se va comiendo todo y todo nació de ese perro.

(At.)

No podría explicar desde cuándo mi poesía recurrió al mito, porque todo ha sido al comienzo un proceso intuitivo. Pero advierto que ya en Materia acre hay poemas como “Expedición al Everest”, “Anquises sobre los hombros” o “Un caballo canta sobre la tierra”, que son de índole mítica. Después, en los libros siguientes, se instituyen recreaciones de mitos clásicos, como “Dice Eurídice” o “A una rama de laurel”, y creaciones propias, como la cacería del oso blanco (Alaska) o “Mujer peinándose ante el espejo”.

(AM)

(A propósito de “Salto”, de Materia acre) En realidad lo que he tratado de hacer en ese y en la mayoría de mis poemas remite al tema del mito. El lenguaje de esos textos responde a una verdad profunda o una experiencia personal profunda, pero no en términos racionales sino estéticos. El que se proponga solamente encontrar el sentido no puede acceder al poema. El sentido, aunque inclusive puede partir de lo histórico, surge, al menos es lo que desearía, del impacto estético. Lo que denomino impacto estético, que lo ilumina una verdad existencial. Es, obviamente, el procedimiento del mito. Por eso, en el poema “Salto” el sentido puede ser la Caída, pero puede ser cualquier caída en la realidad, como ocurre también con “Expedición al Éverest” o “Generación”.

(AM)

 

Toda obra literaria es una obra en construcción

Expresión que aparece por primera vez en la segunda entrevista de Sandra Cornejo (SC2) y después en la de Augusto Munaro. Entiendo que la transcripción de algunos de sus poemas —más adelante— probará la unidad que existe entre el metapoeta y el poeta Horacio Castillo.

Toda obra literaria es un “work in progress”: una obra en construcción. Vicente Aleixandre me decía en una carta: “Mi poesía no se detiene, como no se detiene el río”. En mi caso, si es que se puede hablar de sí mismo sin pecar de egoísta, mi obra ha sido un proceso de lo simple a lo complejo, de lo concreto a lo abstracto, de lo fenoménico a lo metafísico, del significado a una ruptura del significado tal como lo conocemos.

(SC2)

Mi obra, como supongo toda obra prolongada en el tiempo, es un “work in progress”. Sólo que en mi caso, ese “progreso” es consecuencia de la vida, del “siendo”, el cual, al ser simbolizado por el lenguaje, requiere cada vez nuevos recursos.

(AM)

(Para quién se escribe un poema) Para un lector ideal, que es el propio autor, o alguien que leyera como el propio autor cree que debe ser leído. Lamentablemente, el lector es un “otro”, y nunca sabremos exactamente qué leyó, cómo percibió, cómo “sintió” el texto. Por eso, lo fundamental es que, más allá del significado, ese “otro” reciba un impacto estético: ese es el objetivo final de la poesía. El impacto de la Belleza. Porque la función ontológica de la Belleza, como dice un teórico del lenguaje —Gadamer— consiste en cerrar la brecha entre lo real y lo ideal. Precisamente, en uno de mis poemas titulado “Contrapunto”, uno de los interlocutores dice: “Serví a la Belleza, y a ella encomiendo mi espíritu”.

(SC2)

El poeta, como Homero, como Támeris —un poeta mítico que se jactó de superar a las Musas— es ciego, entiéndase bien, o por lo menos tuerto como sugiero en Tuerto rey, para ver el mundo fenoménico, el mundo de las apariencias. Sólo puede ver el misterio, palabra que viene del griego “mysterion”, que a su vez deriva del verbo griego MuO: cerrarse, estar cerrado, lo que alguna vez he llamado con un neologismo, “misteriosidad”; es la cualidad de todo lo que es en tanto lo que es por el solo hecho de haber sido arrancado del no ser; ergo, arrancado de lo divino. Hölderlin es el paradigma, otro sería Dante, y el Paul Celan de su poema “Tenebrae”; “Señor, estamos cerca”. Hacia ese lugar se dirige, o debe dirigirse, la mirada del poeta. Yo he tratado de hacerlo en la medida de mis posibilidades.

(AM)

 

En mis poemas estoy yo revestido de una máscara

Título de la entrevista de Augusto Munaro, publicada poco tiempo antes del fallecimiento del poeta. La confesión de Castillo pone en claro el valor del trabajo crítico de Gustavo Martínez Astorino, a quien cita expresamente en el texto segundo. Escojo tres respuestas, la tercera se refiere al poema “La cabra”, de Cendra.

Hay varios episodios que permanecieron en el inconsciente y, andando el tiempo, afloraron en mi poesía; episodios que me atrevería a asociar a lo siniestro freudiano. Uno de esos episodios fue la inundación de 1940, cuando el agua alcanzó los dos metros de altura y obligó a los vecinos a refugiarse en las pocas casas de dos plantas o con altillos. Algo de esa experiencia —yo tenía seis años— quedó registrado en mi poema “Excavaciones”: Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro. / Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel (cuando bajaron las aguas, efectivamente, había quedado en las paredes la marca del punto hasta donde habían llegado). Otra experiencia terrible para un niño fue el incendio del petrolero “San Blas”, ocurrido en una madrugada de 1944. Recuerdo todavía el resplandor del fuego, la gente temiendo que el fuego avanzara sobre la ciudad, casi una escena que luego, reviviría al leer la Eneida. Este acontecimiento también aparece en un poema, “Bosque en llamas”: Aquí edificamos, en el fuego. También pertenece a este acervo de miedos el paso de los arreos de ganado frente a nuestra casa, a medianoche: primero un rumor sordo, lejano, confuso, hasta que de pronto, como salida de la tiniebla, la procesión de vacas arriadas hacia los frigoríficos por hombres a caballo que gritaban revoleando el rebenque. Era un espectáculo sobrenatural: la fuerza de lo oscuro, de lo terrible, del destino, de lo siniestro. Otras veces el ganado era transportado en trenes, todo lo cual hace clara la fuente primordial de mi poema “Tren de ganado”. A estas experiencias podrían agregarse los ejercicios de oscurecimiento durante la Segunda Guerra Mundial y un puente levadizo de origen holandés, idéntico al pintado por van Gogh, que menciono en el poema “Auto de sombras”. En rigor, toda mi poesía está basada en experiencias de vida despojadas de su materialidad y sublimadas mítica o alegóricamente.

(AM)

Yo me atrevería a decir, paradójicamente, que hay una “impersonalidad personalizada”. Quiero decir que en todos mis poemas estoy yo, mi experiencia vivida, hechos concretos, pero todo revestido de una máscara que lo despoja de lo anecdótico para convertirlo en un objeto mítico. Como dice Martínez Astorino, que ha dedicado un libro a mi poesía, lo que yo trato de construir es una alegoría, esto es una máscara. Al no estar la cosa de la que habla el poema (la referencia, por decirlo de algún modo), hay un envío, una suerte de anamnesis que es en realidad lo que el lector puede recuperar.

(AM)

He aquí, una vez más, la “máscara” en acción. La imagen de la cabra, animal que suele verse al borde de un abismo, encubre la representación de un ser que va hacia el amor como al sacrificio (“con cintas en el cabello y el cuello desnudo”). Esta criatura, que se manifiesta al narrador del poema como idea y deseo, sólo existe en sus sueños, en un sueño “joven” (joven por reciente y joven porque la persona representada por la cabra es joven) que mañana no se concretará: “objeto muerto del futuro”. Dicho de otro modo, lo onírico, en el caso, es mera apariencia, porque se trata de una realidad enmascarada.

(AM)

 


  1. Con prólogo de Esteban Nicotra. Por un poco más de luz.
  2. Con selección de Jorge Boccanera y estudio preliminar de Pablo Anadón: El ojo núbil de la noche. Lectura de la poesía de Horacio Castillo.
  3. Horacio Castillo. Antología poética. Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes, 1996.